Los que llevamos más de 3 décadas a nuestras espaldas recordamos nuestra infancia con cierta nostalgia. Se que suena a la típica frase de “abuelo cebolleta” pero antes nuestra diversión era mucho más sana, cuando no dependía de una conexión a internet sino de cuántos vecinos del barrio estaban en ese momento en la calle. Jugábamos en la calle con los amigos, nos fabricábamos nuestros propios juguetes y si nos hacíamos un arañazo nos ponían mercromina -ahora retirada- y a dormir.

Aquí os dejamos ya unos cuantos juegos para hacer con vuestros hijos buenos, bonitos y baratos pero hoy lo que vamos a hacer es tocaros un poco la fibra sensible y recurrir a la morriña que da recordar nuestra infancia. Os presento (mejor dicho “os recuerdo”) 11 juguetes caseros, de los muchos que nos fabricamos, con los que pasamos nuestra niñez los ya entrados en la treintena.

El Yo-yo de fleje

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Los flejes de los paquetes nos proporcionaban la diversión suficiente para pasar el rato durante horas. Estas cintas de plastico se enrollaban sobre si mismas y luego las pasábamos por agua caliente para que se quedase con esa forma. Siempre había alguna amíguete con un padre que trabajaba en una fábrica y era el distribuidor de estas cintas en la pandilla. Nunca olvidaremos los ratos que nos hacía pasar el sube y baja de este yo-yo.

Pulseras de cables

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Los críos siempre han tenido predilección por las cosas de colores. No era de extrañar ver a un grupo de niños rondando las obras a medio hacer por si alguno de los electricistas o instaladores telefónicos se había dejado un manojo de cables en la puerta. La moda en la infancia es muy grunge y si no tenías pulseras de cables… no estabas a la última.

Las chapas

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Las chapas ha sido el juego universal en los pueblos y ciudades de todo el mundo por décadas. Antiguamente cada uno se hacía sus propias chapas, me explico. Pedías las chapas a al camarero del bar de tu barrio y luego en tu casa recortabas, con más ilusión que destreza, la fotografía del cromo de tu jugador favorito, ciclista o personaje de los Fraggle favorito. Con una gota de pegamento o un poco de plastilina ya tenías lista tu chapa. Existían algunos chicos tan perfeccionistas que forraban la foto con celofán o cualquier otro objeto transparente fácil de recortar. Más tarde cierta marca de refrescos empezó a incluir las fotos de futbolistas en el anverso de sus chapas, pero si no te lo haces tú mismo, ya no es igual.

Radios de bici coloridos

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Ya hemos dicho que la moda infantil era muy grunge. Al principio se ponían trozos de goma de butano, esas piezas redondas que indicaban la talla en las perchas o un simple trozo de cartón sujetado con un pinza. El caso era hacer ruido y llamar la atención. Años más tarde alguna empresa se dedicó a fabricar unas pequeñas piececitas de plástico cuyo objetivo era este, pero claro, al no ser tan artesanal perdió parte de su gracia.

El tirachinas

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En aquellos años el peligro no existía en nuestro vocabulario. Prácticamente todo niño de antes de los 90 tenía un tirachinas. Podías hacerte con uno en cualquier quiosco pero todos sabíamos que un buen tirachinas es el que surgía de una mezcla de suerte (por encontrar un palo con forma de “Y” perfecta) y tu habilidad para darle más tensión a las gomas. Un arma mortífera en toda regla, se ve que antes estábamos hechos de otra pasta.

El tirahuevos

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Esta fue la segunda versión del tirachinas, algo más moderna pero igual de efectiva. Con el cuello de una botella de agua y un globo te fabricabas un tirahuevos que podías transportar en cualquier bolsillo. Los mejores proyectiles para este “juguete” eran sin duda los garbanzos.

La ballesta casera

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Aquí ya empezamos a hablar de “armas de destrucción masiva” con una tabla, un par de clavos, una goma y una pinza de la ropa nos construimos este subfusil tan rápido como mortal. La verdad es que visto hoy es un juguete un tanto peligroso. Demasiada suerte tenemos de seguir conservando los 2 ojos. Bueno, mi amigo Pedrito no, el pobre fue una víctima de estos tiempos.

Las Tabas

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Este juguete era bastante menos violento que los anteriores pero igualmente macabro. Su origen se remonta a la antigua Grecia. Las tabas eran una serie de huesecillos (normalmente de cordero) que se utilizaban para lanzar a modo de dados y dependiendo de como cayesen seguías tirandolas o no. Los más creativos pintaban sus tabas de colores. El juego tuvo un resurgimiento apoteósico a mediados de los ’90, cuando se empezaron a comercializar los Gogo’s, que no eran más que unas tabas de resina, con diferentes colores y caras estrambóticas.

gogos

Una cordelillo

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Y con una cuerda nos pasábamos horas y horas. Había gente capaz de hacer autenticas maravillas y malabares con ella. Figuras imposible que todos intentábamos imitar o, los más aventajados, inventar algunas nuevas para estar en la élite de este juego. La repanocha de este pasatiempo era cuando entraban en juego varios pares de manos, ahí es cuando se desataba la locura máxima.

La máquina de pinball casera

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En todo bar que se precie había una maquina de pinball. El problema es que estás maquinas eran muy caras para nuestra economía en aquellos tiempos y las partidas eran bastante cortas. Así que ni cortos ni perezosos más de uno nos montamos nuestro propio pinball en casa. Vale que no tenía los mismos efectos de sonido y luz, pero en nuestra cabeza los superaba con creces.

¿Qué es eso?

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Esto en realidad más que un juego era la prueba de cómo una campaña publicitaria bien orquestada puede convertirse en parte de la vida diaria. En aquellos tiempos no existían tantos estudios sobre marketing como hoy en día y los publicistas se la solían jugar con una cancioncita pegadiza o algún tipo de juego malabar que pudiese ser imitado por los espectadores. En este caso el publicista de turno se inventó un juego con los dedos que nos tenía entretenidos durante horas hasta que conseguimos reproducir la coreografía perfectamente. Os dejo el anuncio del queso por si no sabes de cuál os hablo.

¿Recordáis más juguetes caseros que os fabricasteis de pequeños?

Fuente: Yo Fui a EGB

Publicado en Familia