A menudo mi conciencia suele tener tiempo, durante interminables madrugadas, de explorar en los rincones más profundos de mi mente, de toquetear sin demasiada delicadeza mis fantasías y sueños, de husmear entre mis pasiones más feroces e indagar entre afirmaciones incompatibles concebidas por una misma mente, lo cual hace de cada noche de insomnio una aventura a la que me acoplo con disfrute a pesar del revoltijo de sábanas y de las piruetas interminables e imposibles sobre el colchón.

El acto introspectivo siempre nos lleva a redescubrir cosas que en determinadas circunstancias se nos hacen preciosas e invaluables; pensamientos, recuerdos, lugares, personas e ideas desterradas al ático mental donde se envía todo aquello que por alguna razón en cierto momento de nuestras vidas consideramos poco relevante.

Pero es en estas expediciones en donde en ocasiones luego de incontables bifurcaciones y asociaciones (lógicas o no) suelo hurgar y excavar en terrenos que preferiría simplemente ignorar. De ésta forma consecuentemente llego a conclusiones dolorosas y, peor aún, a tener convicciones insoportables; a tener consciencia de lo ineludible.

Y así fue que una de tantas noches en vela contra toda voluntad abracé la triste noción de “aquellas últimas veces”. La última ocasión, el último segundo; lo concertante, lo definitivo.

Inmediatamente, por alguna razón, pensé en mi abuela ¿Cómo sería la última vez que la abrace, la última vez que la bese, la última conversación? ¿De qué trataría? la última palabra ¿Cuál sería? Y así, el último cumpleaños, el último paso dado, el último arroz con leche preparado por ella, el último paseo por el parque, el último día de su vida…Esta serie de pensamientos me causó pavor y me condujo a visiones y presagios horripilantes que me hacían caer en vacilaciones y cuestionamientos que punzaban mi alma, como por ejemplo: ¿Debería estar presente en sus últimos momentos? O ¿Verla agonizar sería tan desgarrador que me sería imposible? ¿Y qué sucedería con mi posterior remordimiento? Tan rápido como pude abandoné esta avalancha de conjeturas no sin algo de pavura. Sin embargo extendí esta suerte de juego doloroso por un buen rato y a veces me daba cuenta que era aplicable incluso a situaciones banales o absurdas: la última vez que presione un interruptor, la última vez que agarre un vaso de vidrio, la última chutada de un balón, la última vez que hable con un extraño, la última vez que me siente en una silla, la última vez que envíe un mensaje por el chat, el último baño que me dé, la última vez que masque chicle, que pise mierda, que coma una ensalada o un pollo frito.

Si asociaba estas cavilaciones con el pasado, de alguna forma, también me encontraría con algunas incertidumbres o verdades a medias: el último día que fui a la primaria, a la secundaria, la última vez que vi a aquella chica del salón contiguo que tanto me gustaba. El último paseo a Chosica con todo el colegio. La última vez que vi a los bacancitos del salón jugar fútbol sentado en la banqueta. La última vez que fui a una cabina de internet o a un “vicio”. El último chibolo que me sacó la mierda. El último instante de mi primera comunión. La última vez que me acosaron en la academia. La ultima computadora que usé en el instituto. El último día que usé uniforme. El último día que tuve que ver al imbécil del auxiliar: por alguna razón este pensamiento me hizo sonreír.

Me sorprendí a mí mismo satisfecho al recordar la última vez que mandé al carajo a mi última ex novia y a la vez, sin embargo, recordaba aquellas épocas en las que, para mí, la idea de decirle “adiós” no significaba más que la pérdida de todo sentido en mi vida.

Sin embargo descubrí entre las fibras de la nostalgia pinceladas de un dolor latente que podría desbordarse en cualquier momento si es que no me contuviese y aferrase a mi presente: se me vino a la mente los últimos instantes que pasé en mi vieja casa de San Ignacio, el último día que la chica más bonita del salón me tocó la mano o aquella última oportunidad que tuve para confesarle mi amor mientras viajábamos en micro, la última vez que vi a mi mejor amigo de la infancia antes de que repentinamente se mostrara reacio a cualquier contacto conmigo, el último día que mis padres se amaron, la última vez que acaricié a Peluchín (el primer perro que tuve en la vida), el último día que visité a tía María en Cañete prometiéndole vanamente que le traería leones, cebras, osos y elefantes para su corral, la última navidad que viví con ilusión e inocencia, el último día que vi a mi abuelo caminar antes de su postración, la última ocasión en que percibí a cada uno de los miembros de mi familia como ángeles y consideré a mi hogar como el resguardo perfecto de una felicidad idílica. Y en ninguna de las ocasiones mencionadas tuve siquiera el más mínimo presentimiento de que era el final de un ciclo que jamás volvería a repetirse.

¿Y qué sucedía con el futuro? Jamás nadie podría saber con certeza el momento exacto de la conclusión definitiva, quizás a lo mucho se podría intuir. ¿Cómo sospechar que le estamos dando el último beso en vida a nuestra amada o amado? O siquiera adivinar la última ocasión en que le digamos te amo a alguien o el último amanecer que atisbemos o el último sueño que concibamos o la última vez que veamos sonreír a nuestra madre o quizá la última vez que viajemos, la última película que veamos. A menos que estemos en nuestro lecho de muerte toda seguridad se nos escaparía de las manos…lo que solamente daba cabida a una única excepción, un tanto nebulosa: el instante mismo de sentir extinguirse.

Aquella madrugada, extenuado y arredrado por mi pesimista pero fértil imaginación noctámbula subí hasta el techo de mi casa obviando el intenso frío invernal con la intención de despejar mi mente de toda tristeza o hipótesis penosa. El cielo limeño estaba, por alguna extraña razón, inusualmente despejado. Una miríada de estrellas tenues se dejaba entrever. Inútil tratar de evadir los ecos de la realidad, la idea de la vastedad del universo me devolvió a mis penosos tanteos y me encontré esta vez con inquietudes existenciales: el último ser vivo que expire, la última flor que abra sus pétalos al estío, el último diletante habilidoso y entusiasta, el último invento humano, el último cuadro pintado, la última sinfonía compuesta, el último soneto, el último gesto de bondad, el último acto heroico, la última muestra de justicia, la última civilización que se levante, la última vez que un ser sienta amor, el último viaje interestelar, la última estrella que brille, la última ocasión en que una conciencia pueda contemplar con sus sentidos esta realidad…

Engarruñado y gélido ya, tuve la sensación de encontrar en absolutamente todo lo que me rodeaba una inmensa vacuidad, la misma bóveda celeste que contemplaba hacía algún rato con admiración se volvía aberrante y la sentía ejercer una presión insoportable sobre cada célula mía, cada átomo. El viento helado de madrugada me era hostil y el desasosiego que producía en mí me hacía interpretarlo como un gesto burlesco del mismo universo. Como si una dolorosa verdad me hubiese sido revelada a modo de castigo. Y aquel vacío en el pecho…y la intuición de que el mundo y la realidad misma son únicamente un vano intento de algo que pudo ser maravilloso, pero que sólo quedó en eso: un intento. Descendí de la azotea, depresivo, con una única convicción: la felicidad de todo ser humano residía, quizá, en el hecho de mantenerse alejado de toda verdad, de toda certeza, en la ignorancia.

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