Tras años de paro y acostumbrada a vivir con poco, una joven estadounidense reflexiona sobre la vida ahora que ha logrado un trabajo a tiempo completo. Aquí os dejamos una adaptación de su texto que, seguro, os hará ver las cosas de otra manera.

Tu vida ya ha sido diseñada

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Ahora que gano dinero resulta que vivo peor que cuando no lo tenía. Apenas tengo tiempo para nada y tras salir del trabajo solo quiero relajarme. Mi mentalidad consumista se ha disparado y siento que vivo en una rutina absoluta. 

He conseguido viajar un poco y una de las cosas que he descubierto es que hasta en los países más caros, el dinero me cunde más. Y es que en casa termino asumiendo un sinfín de gastos superfluos e innecesarios. ¿Por qué?

Una cultura de gastos superficiales

En occidente, un estilo de vida basado en el consumismo se ha incentivado de forma deliberada por parte de un nutrido grupo de corporaciones. Estas empresas pertenecientes a todo tipo de sectores e industrias han invertido mucho esfuerzo y dinero en lograr que el ciudadano sea descuidado con su dinero. Es decir, tratando de fomentar el gasto pequeño y no esencial de forma continuada y frecuente.

Así lo explican los psicólogos de marketing en el documental “La Corporación” donde se explican los métodos que las empresas siguen para lograr aumentar sus ventas.

Por ejemplo, las empresas jugueteras han comprobado que entre un 20 y 40% de sus ventas no se habrían producido si el niño no insiste a sus padres sobre la compra y el deseo de un juguete. Tampoco una de cada cuatro visitas a un parque de atracciones tendría lugar si el niño no da la lata en casa y manifiesta su deseo. Así pues, ambas industrias han comenzado a dirigir directamente su publicidad a los niños animándoles a “pedirle a papa” que compren. Lo que es lo mismo, “a dar la lata y atosigar” en casa hasta salirse con la suya.

“Se puede manipular a los consumidores, fomentar el deseo y, por lo tanto, la compra de nuestros productos. Es un juego”. ~ Lucy Hughes, co-creadora de “El Factor Nag”

Este es solo un pequeño ejemplo de algo que ocurre desde hace décadas. Las grandes empresas no hicieron dinero promoviendo las virtudes de sus productos, sino creando una cultura del gasto, de forma que la gente compra más de lo que necesita porque el dinero no compra cosas sino que sacia insatisfacciones.

Compramos para encajar en un modelo óptimo de infancia, de vida adulta, de madurez.  Es una forma de anunciar al mundo nuestro estatus y de satisfacer nuestras necesidades psicológicas que muy poco tienen que ver con la utilidad real del objeto comprado.  Porque dime, ¿cuántas cosas hay almacenadas en tu casa que no has usado en el último año?

La jornada laboral de 40 horas semanales

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Mucho se ha hablado de bajar la semana laboral a 35 o 30 horas semanales, pero las empresas saben que esto contraería nuestro consumo. Las 40 horas semanales ofrecen el desequilibrio perfecto entre trabajo (más las horas extras y desplazamiento) y un pequeño rato de ocio a última hora de la tarde y los fines de semana. De esta forma, el tiempo libre es el momento idóneo para recompensarnos con un gasto superfluo, comprar entretenimiento o disfrutar de servicios y comodidades que nos reconforten.

Así, al volver a trabajar la máquina del consumo se pone en marcha, reemplazando actividades saludables y gratuitas como pasear, correr, hacer ejercicio, leer… por otras más costosas como ir de compras, quedar para comer y cenar, tomar cafés con amigos, viajar o disfrutar de unas cervezas.

De repente, tenemos más dinero, pero menos tiempo. Cuando estaba en paro no habría dudado en invertir un día completo en pasear por un parque nacional o en leer un libro en la playa. Ahora, esas cosas están fuera de la ecuación; tras la semana laboral, el fin de semana es para divertirse, no para crecer espiritualmente.

A diario pasa lo mismo, tras la jornada laboral no me apetece ir al gimnasio o salir a correr. Tampoco apetece hacerlo después de cenar, preferimos tumbarnos en el sofá a ver una serie o jugar con nuestro último capricho antes de comprar el siguiente.

Es curioso porque en el pasado me he demostrado a mí misma que puedo vivir una vida satisfactoria con menos de lo que gano ahora. Algo que ahora es imposible en mi industria, donde o trabajas 40 horas (y las horas extra) o directamente te vas a casa despedido. Todo mi sector está adaptado a la misma jornada. Los clientes y contratistas también están arraigados a esta, por lo que, aunque pudiera convencer a mi jefe, no podría hacerlo con ellos.

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Como decía, ya es algo cultural, pero algo intencionado y fomentado por nuestras corporaciones desde hace décadas. La jornada laboral de 8 horas se desarrolló durante la revolución industrial en la Gran Bretaña del siglo XIX, diseñada como un respiro para los trabajadores explotados. A medida que las tecnologías y métodos de producción mejoraron, se pudo producir más en menos tiempo aumentando beneficios.

Se podría pensar que esto hubiera favorecido la aparición de jornadas aún más cortas. Sin embargo, la jornada de 8 horas ya había demostrado su rentabilidad.

Mantener el tiempo libre como un bien escaso favorece la gratificación, nos hace comprar y nos mantiene frente al televisor, viendo los anuncios. Después, comprando y gastando. Y más tarde, trabajando dócilmente para poder seguir ganando dinero para gastar.

Esta es la cultura que las empresas y gobiernos han diseñado para dejarnos cansados, hambrientos de indulgencia y dispuestos a pagar por algo de comodidad, entretenimiento. Y lo más importante, todo esto nos deja vagamente insatisfechos, siempre dispuestos a adquirir algo que aún nos falta.

Las economías occidentales, en particular la estadounidense, se han construido de manera calculada en la gratificación, la adicción y el gasto innecesario. Especialmente diseñadas para alentar nuestros deseos, para recompensarnos, para solucionar los problemas psicológicos con la compra de cosas materiales, para elevar el estado de ánimo y aliviar el aburrimiento.

¿Se imaginan qué ocurriría si dejáramos de comprar objetos innecesarios?

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La economía se colapsaría y probablemente nunca se recuperaría. Algo a lo que no estamos dispuestos a renunciar.

De hecho, casi todos los problemas que afectan a Estados Unidos y otros países, como la contaminación, la corrupción y los dramas sociales y sanitarios como la obesidad, la depresión y la pobreza son el precio que pagamos por mantener la economía a flote. Porque para que la economía sea fuerte, la gente debe ser poco saludable.

Curiosamente la gente sana ve menos televisión, compra menos basura e invierte menos en entretenimiento. Son minoría. 

Es posible que hayas oído hablar alguna vez de la Ley de Parkinson, se utiliza para referirse al uso del tiempo: cuanto más tiempo te dan para hacer una cosa, más tiempo te tomará hacerlo. 

Es increíble la cantidad de cosas que puedes hacer en 20 minutos, si 20 minutos es el único tiempo del que dispones. En cambio, si dispones de la tarde completa, probablemente no realizarás más tareas que aquellas. Y a veces ni siquiera. 

Con el dinero pasa lo mismo, cuanto menos tienes más cunde. En cambio, cuanto más tenemos, más gastos superfluos asumimos y antes desaparece. De repente, no nos conformamos con comprar lo justo o gastar lo que tenemos, gastamos de más previendo que continuaremos percibiendo ingresos. Al final, la deuda nos empujará a buscar mejores trabajos con mayores sueldos y seguiremos con este círculo vicioso. 

No creo que debamos rechazar el sistema e irnos a vivir al campo, pero sin duda podríamos tratar de entender cómo funciona. Al menos así nuestra decisiones serían menos impulsivas y podríamos evitar ser uno más en este circo. Porque, reconozcámoslo, a menos que seas una verdadera anomalía, tu estilo de vida ya ha sido diseñado.

Trabajador de clase media, medio satisfecho con la vida, trabaja a tiempo completo, ve la televisión, tropieza con la publicad y gasta lo que tiene y más en dar rienda suelta a sus deseos en el tiempo libre. Porque la vida es corta y hay que disfrutar. 

¿Eres tú?

Antes hubiera dicho que esa no era mi vida, pero desde que conseguí estabilidad laboral, eso es solo una ilusión.

Fuente: raptitud.com

Publicado en Miscelánea