Rayen mira hacia afuera por el ventanal. Sale corriendo. Su abuela esta en el huerto cosechando porotos, la vieja se detiene y la recibe con los brazos abiertos. Su abuela, la que con cantos amorosos y ungüentos de matico cura sus heridas, la que con un cálido murmullo sin sentido calma el ardor que inunda sus rodillas y su corazón.

-Chichio-chichio.

La niña le mira los labios con los ojos cristalinos. Son dos silabas que se repiten una y otra vez, que inundan el ambiente con eco profundo, que le dan seguridad. La “chichio” (nombre con el que Rayen la llama desde su más tierna infancia) le sonríe, la toma de la mano y la lleva dentro de la casa.

Toman once. El aire esta perfumado por las cascaras de limón que la anciana deja sobre la estufa. Se envuelve la mano con un paño para sacar el pan del horno mientras la niña muele espigas de trigo entre sus dedos y se lleva la semilla cruda a la boca. Escupe, no sabe como la mujer gusta de comer algo con semejante sabor. La “chichio” ríe mientras mastica un puñado de semillas, como con orgullo.

Se sientan en la mesa junto a la ventana de la cocina. La noche es clara. Miran el cielo. La octogenaria estira el delantal sobre sus rodillas mientras le cuenta historias. Mitos del origen del mundo, de los pillanes, del sol y la luna, de las estrellas.

-Las wangulen- dice la vieja con parsimonia. –Son las estrellas que habitan nuestro cielo, nos iluminan durante la noche y sus lágrimas alimentan la tierra. Kuyen, la luna, es la más grande y brillante.

-¿Y uno puede transformarse en wangulen?- La niña parece emocionada.

-Claro- Sonríe cariñosa. -Pero tienes que ganarte tu estrella.

Rayen la escucha entusiasmada y envuelta en una manta vieja se queda dormida.

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A la mañana siguiente Rayen está asustada. Su abuela se ha resbalado y ha caído golpeándose la nuca. Haciendo un esfuerzo sobrehumano la niña la ha arrastrado hasta el sillón y con torpe e inocente cariño le ha tapado las piernas con su manta vieja.

Siente pánico. El abuelo no volverá hasta mañana y ella es demasiado pequeña para cargarla hasta el pueblo. La anciana balbucea entre gemidos de dolor, quiere que la pequeña esté tranquila, le murmura:

-Chichio- chichio.

Rayen se arma de valor con estas palabras. Un valor que no posee pero que es necesario para la situación. Acaricia la cabeza gris con suavidad y siente algo húmedo que escurre bajo la parte posterior del cuello. Reúne toda su fuerza de voluntad y tratando de deshacer el nudo en su garganta dice:

-Voy a buscar ayuda- Trata de sonar calmada.- ¿Quieres que te traiga algo?

La mujer mayor esboza una sonrisa. Sabe que su niñita ha crecido, quizá demasiado rápido.

-Maqui- murmura la anciana.-Tengo ganas de comer maqui.

Rayen asiente de inmediato y después de acomodarla sobre una almohada sale hacia el campo abierto. Llega a la orilla de la carretera jadeando, sin saber a dónde ir. Se decide por una dirección y corre por la orilla del camino como si su vida dependiera de ello, hasta que las piernas ya no le soportan mas, cuando levanta la cabeza ha anochecido.

Los sollozos se mezclan con la respiración agitada, las lagrimas con el sudor. Después de permanecer varios minutos apoyada sobre sus rodillas se levanta y mira el cielo. Observa la luna, llena, brillante, gigantesca. Aprieta los parpados para tratar de contener el torrente desbocado de lágrimas.

-Me ganare la estrella- Susurra con un hilo de voz.- Juro que me voy a ganar una estrella para ti.

Se seca las lagrimas y corre de vuelta a su casa, cuando llega esta casi amaneciendo. Recoge un puñado de maqui de un árbol cercano y se para frente a la puerta de calle. Su ropa esta húmeda y sucia, su cara lánguida, sus piernas frágiles, pero sobre todo, está nerviosa, asustada. Abre la puerta con inseguridad. Sobre el sillón descansa la “Chichio”, que al escuchar el chillido de las bisagras voltea a mirarla con ojos cándidos, se ve pálida y desmejorada. La niña se siente más calmada, la sola mirada de la octogenaria le hace sentir mejor.

Comen maqui en un silencio sepulcral, pero ambas saben que está bien, que las palabras sobran, que solo importa que estén juntas. Los movimientos de la anciana son cada vez más lentos y torpes, hasta que finalmente es Rayen que le lleva el maqui a la boca. La vieja traga y cierra los ojos. La menor le toma las manos y con un tono bajito, casi maternal, pronuncia:

-Chichio-chichio

Es incapaz de contener sus lamentos pero sabe que se ha ganado la estrella.

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Seis meses después Rayen está sentada frente a la ventana mientas su abuelo hierve la tetera. Rememora viejos momentos y una gota escapa por su mejilla. Casi al unísono comienza a llover. El cielo está nublado pero una luz pequeña y tenue se distingue en la oscuridad de la noche. La niña apoya su mano en el cristal, como queriendo acariciar la estrella. Cierra los ojos y repite incesante:

-Chichio-chichio.

Quiere tranquilizarla, no le gusta ver llorar a su abuela.

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