Nota: Esta es una crítica SIN spoilers.

De niño, siempre me gustaron las buenas historias”.

Se nos prometió que Westworld, la nueva apuesta de los capos de la HBO, iba a ser el reemplazo natural de Juego de Tronos. Ahí es nada. Las expectativas, como era de imaginar, se pusieron por las nubes. Y ahora, con la primera temporada ya finalizada, estamos en posición de juzgar si es una digna sucesora de su hermana mayor, tal y como afirman los papás.

Estos placeres violentos tienen finales violentos”.

Y tanto que los tienen. Westworld no es, ya por derecho propio, la sucesora de Juego de Tronos. Es algo más. Así debería ser toda narrativa que aspire a la grandeza, y Westworld es un claro aspirante a ella. Sin embargo, como suele ocurrir cuando se apunta demasiado alto, a veces es complicado alcanzar la perfección y termina uno por caer en lo presuntuoso. Westworld tiene un poco de ambas cosas –perfección y vanidad-, pero están tan bien entretejidas que es difícil no ahogar al nuevo hijo prodigio de HBO en adulaciones.

El concepto inicial de la serie –como sabemos, heredado de la novela homónima de Michael Crichton-, su misma concepción, es provocadora: ¿quién no pagaría una fortuna para disfrutar de una experiencia tan intensa en el Lejano Oeste? Toda una hueste de programadores, de diseñadores y guionistas al servicio de la narrativa más elaborada. Recuerda a las titánicas obras de arte que salpican cada tanto el mundo de los videojuegos; The Witcher 3, Skyrim, la saga Gran Theft Auto (GTA). Mundos abiertos, casi infinitos, con tramas aguardando a cada esquina, con un contenido prácticamente ilimitado que desentrañar… y los huéspedes se contentan con matar y fornicar. Una vez más, casi como nosotros en los GTA. Esto no deja en muy buen lugar a la condición humana, ¿verdad?

Es precisamente ese cinismo, la de la barbarie perpetrada a anfitriones, la que hace que conectemos con unos personajes creados –literalmente- para sufrir. No se nos escapa el metalenguaje del que se vale la serie. Ellos, Jonathan Nolan y Lisa Joy, guionistas y creadores, dan forma a las vidas imaginarias de sus personajes, personajes con los que empatizamos a pesar de su inexistencia física. En cierto modo, cualquier guionista u escritor es un Dios para sus creaciones. Él o ella crean y destruyen a placer, siempre exprimiendo al máximo aquello que el personaje puede aportar. Y como en un juego de espejos, eso es exactamente lo que ocurre en la serie. Solo que, en este caso, la creación siente. Sufre. Se revela. ¿Y cómo no hacerlo, teniendo unos padres tan crueles?

Esta conexión emocional es la carta ganadora de Westworld. Tiene otras, claro. Como una producción soberbia, una música a cargo del ya mítico Ramin Djawadi, o unos diálogos afilados hasta el extremo. Pero como decíamos al inicio, toda luz tiene sus sombras.

Llévame al centro del Laberinto”.

Cuesta entender como una serie de este calibre, con el mimo que desprende en cada fotograma, caiga en errores tan banales como la ausencia total de explicación de ciertas cuestiones. Por ejemplo, ¿cómo diablos puede ser que las balas no afecten a los huéspedes? ¡Son balas de verdad! Matan anfitriones, rompen cristales, agujerean muebles de madera…

Uno detalle que podemos pasar por alto si lo colocamos en la balanza de pros y contras. Lo que no podemos pasar por alto es su narración fragmentada.

Westworld, como aquellos que la hayáis visto sabréis, cuenta con un par o tres de sorpresas muy potentes. De esas que te dejan cara de idiota. Y si bien es cierto que dichas sorpresas son lógicas y, por suerte, sorprendentes, a uno no deja de mosquearle que la estructura del serial no termine de encajar hasta el último episodio. Existe cierta sensación de confusión y caos conforme avanza la temporada. Wyatt, la matanza que persigue a Teddy, la locura de Dolores, quién es Arnold… Todo tiene respuestas, claro, pero esta estructura es una argamasa que funciona a las mil maravillas en el cine, no en televisión. Como El Club de la Lucha, u Oldboy. Películas donde el final redefine la historia, pero que si dicha historia fuera narrada en diez partes, perdería esa fluidez que le ha faltado a Westworld.

Sin embargo, y este es un “sin embargo” muy grande, este hecho empaña poco la gesta de HBO. Las comparaciones son odiosas, pero Westworld poco tiene que envidiarle a Juego de Tronos.
Ciertamente, son buenos tiempos para HBO. Y para nosotros, todavía mejores.

¿Para cuándo un Eastworld?

Las claves de Westworld:

El personaje: Maeve. Sin discusión.

El actor: Ed Harris. Enorme.

El momentazo: El discurso del Pavo real como metáfora de la humanidad.

El mejor episodio: El 7. La verdad tras Bernard.

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