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Cuando Internet comenzaba a alzar el vuelo, no había mucha información sobre el peligro al que estaban expuestos nuestros hijos. De hecho, ahora no paran de hacerse campañas y experimentos sociales con el objetivo de que tanto padres como hijos tomen conciencia de lo peligrosas que pueden ser las redes sociales para los menores. Si ya resulta fácil engañar a un adulto por internet, imaginad cómo sería en el caso de un niño. Un supuesto que ilustra bastante bien una campaña lanzada por la policía de Colombia.

Alicia Kozakiewicz hoy tiene 27 años, pero aún recuerda con mucho dolor la terrible y traumática experiencia por la que pasó cuando tenía solo 13. Y es que durante aquellos años, cuando no existía toda esta información sobre los riesgos de internet, conoció a un pederasta que se hizo pasar por un joven de su misma edad y que tenía, casualmente, sus mismos gustos. Así pues, una noche, tras varios meses de conversaciones y vivencias cibernéticas, Alice se escapó de casa para conocerle, pero no fue lo que ella esperaba.

A continuación, os dejamos con su historia contada por la propia Alice. Sus palabras son bastante duras y seguramente os estremezcáis en algunos puntos, pero si sirve para concienciar del peligro al que nuestros hijos están expuestos haciendo un uso indebido de internet y las redes sociales, nos damos por satisfechos:

“Recuerdo que la Navidad de 2001 fue realmente fantástica, y lo mismo la primera mitad del primer día de 2002. Año Nuevo siempre ha sido un día de celebración para mi familia.

En algún momento entre la cena y el postre, le pregunté a mi madre si podía ir a tumbarme porque me dolía el estómago. Me escabullí por detrás del árbol de Navidad que estaba en la puerta de entrada y la abrí para encontrarme con la persona que pensé que era un amigo. Recuerdo estar en una esquina y una vocecita, mi intuición, me decía: “Alicia, ¿qué estás haciendo? Esto es muy peligroso, tienes que volver a casa”. Me di la vuelta y empecé a andar hacia la casa, pero luego escuché que me llamaban, y de pronto estaba en un auto con este hombre. Inmediatamente tuve miedo de morir.

Mi infancia hasta ese momento había sido increíble. Éramos, y todavía somos, una familia muy unida. Mi infancia estuvo llena de diversión. Fue mi hermano mayor el que me introdujo en el uso de internet. En 2001 y 2002 había muy poca gente educando a los niños sobre los peligros de internet.

En 2001 Alice tenía 13 años y conversaba habitualmente por Internet con sus amigos.

En 2001 Alicia tenía 13 años y conversaba habitualmente por Internet con sus amigos.

Me abrí un perfil en internet. Mis amigos y yo hablábamos de todo tipo de cosas. Los chicos más populares hablaban con los menos populares. Me sentí segura.

Había un chico, un niño que yo pensaba que tendría más o menos mi edad, que no conocía, y al que le gustaban las mismas cosas que a mí. Me escuchaba día y noche, me daba consejos. Era alguien con quien podía quejarme de lo que no me gustaba, y alguien que me hacía sentir bien a lo largo de los ocho o nueve meses que precedieron a mi secuestro.

Es la persona a la que salí a ver el día de Año Nuevo y el que me secuestró en su auto.
Agarraba mi mano con tanta fuerza que pensé que me la había roto. Me daba órdenes, me decía: “Sé buena, quédate quieta”. Si no obedecía, me decía, me metería en el maletero.

Después de largo rato, el auto llegó a un peaje y pensé: “Esta es mi oportunidad, ahora me van a rescatar porque la persona del peaje verá a una niña llorando y pensará ‘¿qué está pasando?’. Llamará a la policía y todo terminará”.

Pero el hombre del peaje no me vio, ni pensó que pasaba nada raro, y el auto aceleró. No hay palabras para explicar el miedo y el terror de pensar que esta persona podía parar y matarme en cualquier momento. Siguió conduciendo durante otras cinco horas, desde Pittsburgh hasta Virginia.

Finalmente el coche paró. Acto seguido me sacó de él y me arrastró hasta su casa. Y me siguió arrastrando escaleras abajo hasta el sótano, donde había una puerta con un candado y me metió dentro.

Entonces me quitó la ropa, me miró y dijo: “Esto va a ser muy duro para ti. Está bien, llora”. Entonces me puso una cadena de perro en el cuello y me llevó arriba, a su habitación. Me encadenó al suelo con el collar de perro al lado de la cama. Me violó, me golpeó y me torturó en esa casa durante cuatro días.

Tengo que decir que es increíble la respuesta que obtengo a veces cuando lo explico. A veces, la gente me dice: “Tienes suerte, no duró mucho”.

Cartel de "se busca" de Alicia, quien estuvo desaparecida durante 4 días.

Cartel de “se busca” de Alicia, quien estuvo desaparecida durante 4 días.

Quiero dejar claro que no se puede definir el dolor por lo vivido, pero lo que importa es cómo esa experiencia afecta a la persona, cómo impacta en ella. Si bien hice lo que pude para sobrevivir, sin importar cuán humillante, doloroso o asqueroso fuera, no tenía control sobre mi destino.

Cuando intenté resistirme, acabé con la nariz rota. Si ya había sido capaz de secuestrar a una niña, ya me había hecho cosas indescriptibles, ¿por qué no iba a matarme también?

Al cuarto día, dijo: “Estás empezando a gustarme demasiado. Esta noche vamos a ir a dar una vuelta en coche”. En ese momento supe que no había nada que yo pudiera hacer. Supe que me iba a matar. Ese día también me dio de comer por primera vez en cuatro días y se fue a trabajar.

Recuerdo llorar y rezar, rezar y pensar sobre todo lo que haría si fuera más fuerte, si fuera un personaje en una película de superhéroes. Pensé: “Me va a matar, pero no voy a irme sin pelear, y quizás pueda ganar”. Pero luego me di cuenta de que ya había perdido muchas veces. Y pronto perdí la esperanza.

Pensé mucho en mis padres durante aquellos días. Sabía que me estaban buscando y que me querían. No tenía duda de que me encontrarían, la pregunta es si me encontrarían viva o muerta. Pensé: “¿Cuándo fue la última vez que les dije que los quiero? ¿Saben cuánto los quiero?”.

Empecé a aceptar que iba a morir. Entré en un estado de aturdimiento. Pero luego escuché el sonido de hombres enfadados golpeando la puerta de abajo. Como había perdido cualquier esperanza, pensé que estaban allí para matarme, así que me metí debajo de la cama para intentar esconderme e intenté no hacer ningún ruido.

Los oí moverse rápido por la casa y gritar “¡Limpio!”, “¡Limpio!”, “¡Limpio!”.
Ahora sé lo que significa esa palabra, pero entonces no tenía ni idea. Debí hacer algún ruido porque escuché a un hombre decir: “¡Movimiento allí!”.

Desde donde estaba vi unas botas al lado. Un hombre me dijo que saliera de debajo de la cama y levantara las manos. Estaba desnuda. Miraba hacia abajo y veía el cañón de una pistola. Entonces pensé que me matarían, que ese era el final. Pero de repente el hombre se dio la vuelta y vi que detrás de su chaqueta ponía ‘FBI’, y vi a todos esos agentes entrar corriendo en la habitación.

Cortaron la cadena que tenía alrededor del cuello y me ayudaron, me liberaron. Me dieron una segunda oportunidad para vivir. Estos hombres y mujeres son mis ángeles.

Cuando estuve cautiva, mi secuestrador emitió por internet las imágenes mientras abusaba de mi. Uno de los que estaba viendo reconoció a la niña de ese video horrible como aquella que aparecía en los carteles de personas desaparecidas.

Fue a una cabina, llamó al FBI y les dio el apodo del abusador en internet. Con él, el FBI encontró su dirección de IP y con eso pudieron dar conmigo. Fue un milagro. Esencialmente, un monstruo delató a otro.

Tras 4 días de cautiverio, el FBI dio con el paradero de Alice, gracias al chivatazo de otro pederasta.

Tras 4 días de cautiverio, el FBI dio con el paradero de Alice, gracias al chivatazo de otro pederasta.

Tuve mucha suerte. Si esos agentes hubieran parado a por un café, o su auto se hubiera estropeado, ahora no estaría aquí. Él hubiese llegado a su casa a las 16:30 y los agentes llegaron sobre las 16:10.

En algunos estados de Estados Unidos se aprobó la “Ley de Alicia” para dedicar más fondos a investigar este tipo de casos. Incluso hoy, la gente se sorprende al escuchar una historia como la mía. En 2002, cuando me secuestraron, no podían entender cómo esto había pasado. Culpaban a la víctima, algo que, tristemente, no es muy distinto a lo que pasa con los casos de abusos sexuales hoy en día.

Tras mi propio período de recuperación, con 14 años, empecé a ir a escuelas compartiendo mi historia. Hoy, casi 14 años después, sigo con esta misión, aconsejando a familias de todo el mundo sobre la seguridad en internet.

Actualmente estudio psicología forense y me graduaré en solo unos meses. Quiero trabajar con niños que hayan sido víctimas de secuestro o explotación sexual y con sus familias.

Durante años, las relaciones personales se me hicieron difíciles. Las caricias más amorosas y dulces podían parecer de pronto dañinas y malvadas. Pero el día después de mi graduación, me caso. Mi prometido apoya mi misión y es un gran hombre, pero sobre todo un gran amigo”.

Desde entonces, Alicia no ha dejado de compartir su historia para concienciar a todo el mundo sobre la seguridad en Internet.

Desde aquel fatídico suceso, Alicia no ha dejado de compartir su historia para concienciar a todo el mundo sobre la seguridad en Internet.

En el año 2003, el secuestrador de Alicia Kozakiewicz, Scott Tyree, se declaró culpable de trasladar a una menor entre estados con un objetivo sexual y para producir imágenes explícitamente sexuales. Fue condenado a 19 años y siete meses de prisión.

Testimonio: BBC
Fuente: Mirror

Publicado en Miscelánea