En este caso nos dirigimos a Cuerda del Pozo, en Soria, al pueblo sumergido del que solo se salvó el cementerio y el campanario de su iglesia lucha por lucir sobre las aguas.

Los muros, verjas, varias cruces, trozos de lápidas y una especie de panteón con una inquietante cruz de piedra encima junto a un árbol desnudo, recrean un escenario digno de cualquier película de terror.
Gris, triste, olvidado, decadente, gótico, dejado de la mano de Dios y, aun así, es bello. No tarda mucho en caer la noche, antes dedicamos un tiempo a pasear por la orilla del embalse en busca de la torre emergente de la iglesia. La encontramos, nos sentamos en una gran roca, mientras poco a poco la torre desaparece de nuestra vista al mismo tiempo que el día da el relevo a la noche. 

La oscuridad toma posesión de lo que durante unas horas le pertenece.

Con la noche, el camposanto adquiere un ambiente y aspecto más misterioso si cabe. Con la oscuridad, los sentidos se agudi­zan, todo lo que percibimos se multiplica, se exagera en nuestro cerebro provocando eso que llamamos miedo, pero ¿miedo a qué? ¿A los muertos? Es ridículo; los muertos, muertos están.

Con la Tartana del Misterio aparcada en el aparcamiento del cementerio, buscamos alguna señal en la zona.

Cada pocos minutos, a veces segundos, escuchamos movimientos de ramas que chascan, vemos ojos que brillan al dirigir la linterna ha­cia el lugar de donde provienen los ruidos. No conseguimos relajarnos, buscamos un emplazamiento más protegido dentro del cementerio, me entretengo leyendo lo que queda legible en las cruces y lápidas. Decido tumbarme en la hierba de la entrada, donde la exuberante maleza no ha dejado ningún hue­co para estar cómodamente. Intentamos relajarnos para escuchar bien todo lo que el siniestro lugar nos ofrezca, son continuos los ruidos de lo que queremos pensar que son animales cotillas.

A las dos de la madrugada nos damos por vencido, los curiosos vecinos han podido con nosotros, mañana tenemos mucho por delante y no podemos estar sin dormir solo viendo ojos amarillos brillando al enfocarlos con la linterna, hemos de estar frescos para poder disfrutar. Levantamos el campamento improvisado para entrar a la tartana del misterio y dormir.
Al día siguiente cruzamos el puente que cruza el embalse, pasando paralelo a un antiguo puente romano que solo queda visible cuando el agua baja, y entramos a Vinuesa, aparcamos en una calle principal, entre furgonetas camper y caravanas que allí encontramos aparcadas.
Hablamos con los aldeanos del lugar sobre la historia del pueblo sumergido, de como solo se salvó el cementerio de la inmersión, de todas las familias que lucharon por sus viviendas hasta que se abrieron las válvulas del embalse y tuvieron que desistir de su lucha cuando el agua les llegaba por la cintura, de la de sueños e ilusiones que fueron ahogados y permanecen ocultos bajo el fondo del agua.

Los testimonios de personas que han pasado allí la noche son que han notado, sentido, visto presencias, manos inexistentes que les han tocado. Algunos cuentan que se han sentido enfermos y lo más curioso es muchos coinciden en que alguien les tiró del pelo.
Pero nosotros sólo oímos ruidos, pasos, ramas secas crujiendo, animales en general, no puedo garantizar la procedencia del 100% de los ruidos, pero si que es lo único que se me apareció.
Publicado en Insólito
Fuentes consultadas:
http://tartanadelmisterio.blogspot.com.es/2014/08/cuerda-del-pozo.html