Dormidas sendas,

antiguos caminos labrados

por los desnudos pies de los ancestros,

viejos hayedos desvencijados,

a cuya sombra se cobija el destello del segur,

el fulgor del hacha y el rayo.

Montes habitados por perenne niebla

que ascienden vertiginosos,

ocultando a la vista

impávidos murallones de caliza,

el vuelo del águila real,

la zarpa del oso,

la fósil pezuña del íbice,

aéreos enjambres recolectores,

el áspid y la salamandra,

hongos, insolentes ortigas, helechos,

rampantes madreselvas …

Camino arriba, sediento,

aspergido de trecho en trecho

por el incesante goteo

de las aguas innúmeras;

zaherido, desarbolado

por la fuerza del vendaval,

tormenta inacabable,

a duras penas avanzo.

Más que subir, reptar,

atento el oído

al latir de una presencia

que tiernamente me amamanta.

Me acoge a la sombra de sus alas,

guarda celosamente

el secreto de mis númenes,

la fecha exacta de mi óbito,

para el día del Juicio Santo,

de su Santo Juicio.

Musito a cada instante,

el dulce nombre de su nombre,

me embriago completamente

de la serena paz de su hermosura.

Con más voluntad

que fuerza en el pecho,

por encima de la espesura,

al pie del abismo,

me alzo extenuado, exultante,

ante un horizonte ancho

de nacientes luminarias.

Estridentes, metálicos sonidos

pueblan el bosque,

como oración, himno, lamento,

mientras yo, el hombre,

portentosa criatura,

firmemente erguido,

cual piedra miliar

que indica el limen imperceptible,

umbral del misterio

que un día traspasaré,

menhir hundido en la hierba,

que rezuma aún el olor de la mañana,

de tantas mañanas,

petroglifo esculpido por el viento

y la artesanal lluvia,

contemplo con extraña somnolencia,

mezcla de cansancio y estupor,

el relumbrar de los últimos rayos del sol,

por entre las altas praderas,

tiñendo de rojo

las fulmíneas aristas,

las recias cumbres,

inexpugnables torres de mi serranía.

Lentamente aspiro

las fragancias del crepúsculo,

noche que lentamente

envuelve mis ojos,

liberando mi mente adormecida.

Más, ¡alerta!, el tiempo insaciable

no renunciará a tus despojos,

¡ora, purifica tu alma!

trascendiéndote,

humillándote,

unificándote,

ante quien en sueños te instruye

y en lo más profundo se revela;

pues, está escrito, suyo eres

y nada en ti descansará

hasta que a Él retornes.

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