Crítica sobre Democracia. Alecos Papadatos, Abraham Kawa y Annie Di Donna.

La producción y distribución de cómics en las últimas décadas se ha disparado en nuestro país y se ha convertido en un arte con la suficiente madurez como para responder a las grandes preguntas de la humanidad que ya venían respondiéndolas la literatura, el cine o el teatro y darnos grandes joyas que forman parte del parnaso cultural. Gracias a autores de la solvencia de Art Spiegelman, Marjane Satrapi o Paco Roca, el cómic se ha puesto a la altura de las otras artes, y se ha convertido en un contador de historias con mayoría de edad como para sacudirse su nihilismo pop y quitarse las mallas y las capas y los antifaces, y afrontar los grandes temas.

Temas tan importantes como el origen de la democracia o la lucha contra la barbarie son los que se plantean en Democracia, un cómic que nos traen los creadores de Logicomix. Pero estos son los temas que el lector se puede encontrar a simple vista, en la superficie. Democracia es importante por otros asuntos, y es por eso por lo que me he decidido a escribir sobre él en mi primera entrada en La voz del muro.

La genialidad del cómic viene precisamente por la sencillez de su ejecución. Tiene momentos magistrales y su brillantez estriba en esconder o atenuar el poder de hacer lo que hace: llegar incluso a cuotas narrativas tan trascendentales que ya quisieran maestros como Chris Ware o Moebius. Estos son los motivos por los que Democracia me parece uno de los cómics más interesantes de los últimos años. Y siento tener que recurrir al tan temido spoiler en el desarrollo de este artículo, pero es imprescindible para poder desarrollar mi teoría. Ya he avisado.

El comienzo del cómic, con los ojos furibundos de la Medusa mirándonos directamente a nosotros, los lectores, marca todo el tono del resto del cómic. Leandro, nuestro protagonista, se encontrará constantemente entre el mundo onírico y la pesadumbre del mundo material. Se cumple, además de realizar una presentación de personaje soberbia, un sueño literario que los antiguos hubieran deseado: el poder mirarle a la cara a la Gorgona sin que nos convierta en piedra y queme nuestra alma.

Para que este ir y venir del mundo material al mundo de la fantasía se haga de forma real y cotidiana, todo el cómic está imbuido de un estilo naif y simple. Los colores aplicados de forma tan primaria, con un sombreado que apenas rompe la bidimensionalidad recuerdan a los comics infantiles de René Gosciny y Albert Uderzo. El trazo grueso y sucio que le acompaña está libre de todo canon, por lo que permite al artista una libertad cinética my cercana al cine de animación. Los personajes están caracterizados con trazos muy inteligentes. Con tres líneas se les confiere una expresividad y psicología que nos resulta muy familiar. Magnífico me parece el diseño de Clístenes, uno de los mejores personajes del cómic, con sombras y luces que te impiden categorizarlo en el binomio héroe-villano. Esos personajes feos, toscos, demasiado gordos o demasiado delgados, imposible de determinar el bando por el que se van a decantar, somos nosotros. Este es uno de los grandes poderes del cómic: conseguir reflejarnos en cada una de las viñetas a través del dibujo primitivo, casi como el de las primeras pinturas prehistóricas. Aún retratando el mundo de la Grecia clásica, el arte del cómic se aleja de las imágenes pulcras de los frisos y las esculturas grecolatinas.

Además de su estética, Democracia también usa una técnica narrativa muy arriesgada, que podría tildarse de experimental de no ser por la forma tan inteligente en que se integra con la historia. Hay momentos que la trama se vuelve un poliedro metalingüístico, ya que la mezcla de voces narrativas que se añaden a la de Leandro convierten la narración en una arquitectura fractal muy necesaria para retratar el nacimiento arcano de la democracia.

La voz de Atenea está encuadrada en cartelas tridimensionales. Hay momentos en los que la vida moderna (futura, en la línea temporal del cómic) se cuela por la grietas de la realidad onírica de Leandro. Un grupo de personas con vestimentas de nuestro tiempo aparecen en un momento en que Leandro se encuentra entre la vida y la muerte. Parecemos, de nuevo, nosotros. Pero los diálogos revelan que se trata de Apolo, Atenea y Aulós, los dioses clásicos, los dioses que aún en esos tiempos podían caminar con los humanos. Aquí hay una referencia total al From Hell de Alan Moore, cuando William Gull tiene esas visiones del futuro después de cometer sus terribles asesinatos rituales. Los dioses antiguos, por tanto, son proyecciones de nuestro futuro. Somos nosotros reflejados en los espejos cósmicos del inconsciente colectivo.

Estas reflexiones tan metafísicas contrastan directamente con el estilo infantil del que hablábamos al principio. Dejar de lado los academicismos editoriales y los modelos recurrentes, permiten una libertad narrativa capaces de llegar a esas posibilidades existencialistas.

Pero hay otro momento clave en la historia de Leandro, y es la muerte de su padre. Cuando se sucede el tumulto en las Palateneas, cuando uno de los tiranos es asesinado, la guardia de la polis asesta un golpe de hacha a Prómaco, padre de Leandro. En ese momento y utilizando una espectacular splash page, Prómaco se transforma en uno de los dibujos tan característicos de las ánforas que luego pintará Leandro. Su piel se volverá negra y la línea y fondos serán naranjas. Se congelará en la perdurable fragilidad de la cerámica. La muerte del padre, junto con las visitas de la Diosa Atenea y del propio Clístenes, guiarán a Leandro para convertirse en pintor de ánforas, en contador de historias. Que la Diosa haya elegido a un simple pintor de cerámica para hacerle llegar su voz es lo mismo que se haya escogido el cómic como medio para contar algo tan trascendental como el origen de la democracia.

Se cierra, por tanto, el poliedro metalingüístico del que hablábamos antes. Y nos encierra a todos nosotros, hijos indiscutibles de la democracia, en ese espejo, junto con los dioses y los demonios, junto con Atenea y su inseparable Gorgona.

Por todo esto y por mucho más, me parece una obra clave para nuestros días. No me he detenido a hablar demasiado del contenido político que tiene esta obra. Para eso ya está el brillante prólogo de Carlos García Gual donde se analizan los pormenores que tienen que ver con las tramas sociopolíticas. Para mí, lo importante de la obra estriba en su mensaje final, un mensaje que podría haber escrito Unamuno: la historia la escribe la gente común. Es decir, se deconstruye aquí, de forma magistral, la épica del héroe. Larga vida al pueblo.

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