Es aquí –pensé al detenerme frente a la fatídica puerta– El lugar donde caen las miradas; donde el tiempo osa gobernar la costumbre de los días. Te vi, como nubes circundando sobre el cielo. Aureola sublime, etérea, que muere junto al mar.

¿Dónde me encontraba? Pudiese estar yo volando en tu reino, aclamando tus ángeles, abrazando tus huellas y subiendo entre ellas, despertando el silencio, que extingue sus vicios en mi alzamiento. Ya no hay luna, no hay sol, sólo tiempo girando en el vacío anhelando ser detenido.

¡Me resisto! –Exclamé con cólera– Aceptar un beso perdido; el roce sereno que seduce la doctrina social de despedida; migajas del templo que podría conquistar con la fuerza de mil guerras.

Estás sin estar, y te vas como ausente; como sueño perpetuo me sostengo de estas tierras elevadas, viendo la lluvia inundar tus lunas, cierro la puerta mientras muero en el estruendo de aquel recuerdo. Cautivo, el enfermo desahuciado retorna al mundo, lejos del ebrio placer del océano que languidece el fuego.

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