Duelo, tiempo y pérdida: avatares y salidas. 

El presente escrito invita a reflexionar los conceptos de Duelo, Tiempo y Perdida, los cuales para hacer una clasificación y diferenciación de los mismos, inexorablemente debemos hacer alusión a otro gran concepto en torno a esta temática que es la Melancolía, y sus diferentes avatares en la clínica.

Para ampliar estas cuestiones, propongo llevar a cabo un desarrollo teórico con la intención de dar cuenta de qué estructuras psíquicas se trata cuando hablamos en función del duelo, para luego poder pensar una dirección posible en su tratamiento. 

“Una separación no mortal deja siempre abierta la esperanza de un reencuentro”  Gómez Sancho.

Que el ser humano es un animal sociable no hay dudas pero no lo es por elección, sino por necesidad. Durante su ciclo vital, éste a través de los vínculos, condiciona el desarrollo de una conducta compleja. Cuando sucede algún tipo de pérdida, ya sea directa o indirectamente en torno a estos lazos afectivos que llamamos vínculos, algo del sujeto se fragmenta, produciendo un estado afectivo de gran intensidad emocional al que llamamos duelo (Cabodevilla, 2007).

Del latín dolus (dolor), el duelo es la respuesta emotiva a la pérdida de alguien o algo, frecuentemente es el sentimiento de tristeza más fuerte que experimentan los sujetos al morir un ser querido. Cuando se pierde afectivamente algo o a alguien significativo, se pierde una parte del yo, del mundo interno, de la estructura personal (Freud, 1975). La disponibilidad del deudo para entablar nuevos vínculos dependerá no de olvidar al fallecido, sino de encontrarle un lugar apropiado en su vida anímica, un lugar importante, pero que deja espacio para lo demás. El psiquiatra existencialista Yalom (en Cabodevilla, 2007) nos recuerda que el duelo es tan devastador y aterrador porque confronta a la persona con los cuatro conflictos básicos de la existencia: la muerte, la libertad, la soledad y la falta de significado.

Vivimos en un continuo de pérdidas y separaciones. En base a los tipos de perdida, se distinguen cinco grandes tipologías: 

  • Pérdidas vinculadas a la vida: es decir que implica un tipo de pérdida total. 
  • Pérdidas de aspectos de sí mismo: tienen que ver con la salud.
  • Pérdidas de objetos externos: estas tiene que ver con pérdidas materiales. 
  • Pérdidas emocionales, y finalmente pérdidas relacionadas al desarrollo en sí: como las distintas edades o etapas de nuestra vida.

Ante cualquier tipo de perdida, encauzamos un duelo. El concepto de duelo involucra inexorablemente que se nos venga a la mente otras significaciones como tristeza, apatía, decaimiento, desanimo, dolor, depresión. La intensidad de todo esto, o sea el duelo en sí mismo, no dependerá del objeto perdido, sino del valor que se atribuye al mismo. Es decir, dependiendo de la inversión afectiva que se invierta en la pérdida, es el vigor que tendrá el duelo.

Todo duelo es un indicador de amor. Para sufrir la pérdida se ha tenido que gozar del contacto, es la dialéctica de la vida. El dolor al igual que el amor, tiene sus tiempos, sus ritmos, sus periodos, su evolución. Cada duelo es singular y particular en su manifestación, el cual encierra una pérdida que encubre un objeto de amor. Hay un retiro de la libido, es decir un desinvestimiento de los objetos. Justamente, el trabajo del duelo es poder volver a libidinizarse. Nuestra libido se desvanece en el duelo. Hay algo imaginario allí que nos sostenía. Dicha ausencia, de eso que ya no está, irá tomando diferentes sentidos. 

La tarea del análisis es darle un sentido a la pérdida. Justificadamente, el análisis tiene efecto cuando se logra producir un giro de sentido en la realidad del sujeto que llega a nuestra consulta. Cuando uno pierde algo o alguien, se pierde una parte de uno mismo con ese algo o alguien que perdió. En eso entra en juego el análisis, en habilitar al paciente a reconstruir o rearmar los “pedazos que han quedado vivos”, generando una nueva realidad, con nuevas fantasías, un nuevo imaginario.

La muerte de un ser querido o el abandono de un ser amado, rompe nuestro vínculo con un objeto al que estábamos intensa y perdurablemente apegados hasta el punto de que ese objeto regía la armonía de nuestro ser. Dado que ese apego se designa amor, Juan David Nasio (2007) cree que sólo hay dolor cuando hay un fondo de amor, y que ése es el bagaje necesario para deshacer el camino del sufrimiento. Este mismo autor señala que se origina una sobreinvestidura de la representación del objeto perdido, acompañada de una contrainvestidura defensiva, que conlleva a un vaciamiento o empobrecimiento yoico. En consecuencia, el objetivo del trabajo del duelo consiste en la redistribución de esa energía psíquica que se anudó abruptamente, en el momento de la pérdida, para lo cual se requiere un proceso de simbolización del dolor causado. De no darse dicho proceso de redistribución, nos encontramos con un entumecimiento de la representación. 

Es loable aquí hacer mención a la importancia que adquiere el discurso en análisis y las variaciones que en él se precisan. Lacan (1971) privilegia la letra, porque entiende al inconsciente como una escritura, con toda la idea de materialización del lenguaje que la escritura implica. La define como soporte material. Con lenguaje Lacan se refiere a lo que Saussure llama la lengua y con discurso concreto al habla. La diferencia entre discurso y habla es de enorme importancia. Para Saussure el habla es el dominio de lo individual, algo así como “usuario” que utiliza la lengua. Para Lacan, el discurso siempre implica una dimensión social. No sólo porque siempre se habla a otro, y de ese otro depende el sentido de lo que el sujeto diga, sino además porque todo el empleo social del lenguaje, por ejemplo de una época, precipita formas y sentidos lingüísticos que restringen la libertad del sujeto parlante. Es entre estos dos dominios, el del lenguaje y el del discurso, que se sitúa a la letra. Así es que el sujeto queda marcado por la letra, ya sea que provenga del sistema de lenguas, o de su empleo en el discurso. Pero lenguaje y discurso no están en el mismo nivel. El acto de discurso depende del lenguaje en la medida que toma de él -y no del mundo físico- la materia de la letra. La letra como materia, no pertenece al mundo de la sustancia, sino al orden del lenguaje, y sin embargo es bien real. El modelo de letra que Lacan tomará es el jeroglífico, que en sí mismo no significa nada, no tiene ningún sentido propio. Si vemos varios puntos dispersos en un pizarrón, ninguno de ellos es letra. Pero un punto al final de una frase escrita sí lo es porque puede ser leído y por ende interpretado. Se ha convertido en significante por establecer relación con otros elementos del lenguaje, como sistema de puntuación gramatical. El soporte material es lo que la hace significante, es decir el lugar y la función que la estructura del lenguaje le otorga y que permite su relación lingüística con otros elementos no menos significantes. Ahora bien, la palabra como lenguaje -según la definición lingüística del término- no es sólo el elemento que establece al psicoanálisis, si no a su vez, es por medio de ella que se evidencia algo de mayor envergadura, de mayor trascendencia en el sujeto; se trata de algo que incurre fuera del alcance de la conciencia.    

Para Lacan el discurso remite siempre no a un sentido sino a un sujeto del inconsciente. Por lo tanto, en cualquier nivel en que el lenguaje represente a un sujeto, hay discurso. Es allí donde está el discurso de un sujeto inconsciente. En la medida que un sujeto está implicado, un humilde fonema, sin sentido en sí mismo, adquiere función de discurso. Con Lacan lo que será alterado será el lugar del sujeto en el discurso. El sujeto no será ya autor sino efecto del discurso -del Otro- en tanto su palabra estará atravesada por el lenguaje inconsciente, cuyas operaciones: la condensación y el desplazamiento, homologará a la metáfora y la metonimia (Lacan, 1971).

La metáfora demuestra que el sinsentido suele ser más productivo de sentido y de verdad que cualquier demostración explicativa. Es al sinsentido del significante, tal como lo vemos operar en el chiste al que recurrió Freud para enseñar los caminos del inconsciente en la creación de sus formaciones. 

Por otro lado, Jean Allouch (2011), considera al
duelo no como un proceso de un trabajo que conduciría a la sustitución del
objeto, sino como un acto. Un acto que implicará una pérdida a secas, como un
acto sacrificial gratuito que suplementa -no suplanta- la pérdida vivida con
otra. Es posible vislumbrar en el acto de aquel que es afectado más
visiblemente por la muerte de un ser amado, bien podría ser el que, durante el
entierro, es víctima de una permanente e incontrolable “risa nerviosa”. La risa nerviosa depende ciertamente de lo cómico, llevándolo a su paroxismo donde ya
no es para nada cómico.
Poniendo en resonancia lo cómico como tal.

La fisura en las perdidas estaría dada en ese agujero en lo real, que implica un duelo, convocando a todo el sistema simbólico, al falo para ser sacrificado, siendo en ésta dimensión donde adquieren importancia los rituales y el público. En
el duelo hay una pérdida del ideal, hay una caída del Súper Yo. 
Muy claramente a mí entender lo expresa Anna Aromí (2008) de la siguiente manera:

El Edipo es la maquinaria por la cual el niño encuentra la falta de pene en la madre y, por intermediación de la ley sostenida por la función paterna, interpreta esa falta, le da una significación que lo incluye, lo humaniza y lo sexualiza en el sentido de la virilización o la feminización. Todos los objetos, a partir de ahí, se significantizan, se falicizan. Esto es lo que La angustia hace caer: el estatuto del objeto varía, el del falo, el del cuerpo, el del Edipo y el del padre mismo. También cae cierta idea de la ley y de la prohibición. El Edipo, por vía de la castración, hace surgir al deseo, lo autoriza, y sobre todo implica una incidencia del Otro. Por eso ahora va a plantearse la cuestión de saber cuál es el agente de la castración. También cae cierta idea de la ley y de la prohibición. El Edipo, por vía de la castración, hace surgir al deseo, lo autoriza, y sobre todo implica una incidencia del Otro. Por eso ahora va a plantearse la cuestión de saber cuál es el agente de la castración.

En consecuencia, el objeto a resulta un disolvente del Edipo porque ya no es la amenaza paterna lo que desencadena la angustia. Con el objeto a ya no hay el padre que prohíbe. Entonces, si el Otro no existe, ¿qué queda? Justamente queda el objeto a para hacerlo existir de otra manera, a partir de su inconsistencia. El duelo muestra un llamado a lo simbólico a cubrir la red de significantes para quien éramos objeto a.

La pérdida del objeto es constitutiva, estructural. Bauab de Dreizzen en “Los tiempos del duelo” enuncia que el duelo en tanto modo de subjetivar la pérdida de un objeto es fundamental, y por tal motivo queda articulada la operación de la castración y a las consecuencias que de allí derivan: la sexuación, la inspiración del deseo y la ley en las diferentes estructuras clínicas (2001).

Lacan, hará una lectura del duelo en relación a la estructura del significante. En éste sentido un procesamiento de un duelo puede constituir una oportunidad de reposicionamiento subjetivo. Lacan señala que la pérdida del objeto amado implica una desorganización fantasmática y sumerge al sujeto a un trabajo que llevará a la prevalencia de la separación con ese objeto como culminación de un proceso en el que el dolor será un desafío a muerte entre sujeto y objeto. Nada será lo mismo después del duelo, y no cualquier objeto sustituirá al objeto a. El Otro tiene que aparecer como castrado para ser objeto de deseo. El gran Otro nos sostiene, y el fantasma le da respuesta, una respuesta axiomática, dado que el fantasma es un axioma. 

Los conceptos depresión, duelo y melancolía si bien hacen referencia a una baja libidinal, son tres conceptos diferentes, lo cual tiene efectos en la dirección de una cura según lo que prevalezca. Es decir, que se debe visualizar qué estructura es para definir el tenor de la falta, el agujero que falta. 

En el caso de la melancolía, al no darse el proceso de resignación libidinal, se produce una identificación primaria: “la sombra del objeto cae sobre el yo”, quien permanece cautivo por su ideal; a diferencia de una identificación secundaria que podría devenir como conclusión de un duelo normal, donde el yo incorpora un rasgo del objeto perdido (Freud, 1975).

Los tiempos o fases del duelo, se entienden como el transcurso por el cual transita el duelo. Dichas fases son un proceso y no una secuencia o etapas fijas, en las cuales no se produce un corte claro entre una y otra fase, existiendo fluctuaciones entre las mismas. Dentro de estas fases o etapas se describen las siguientes: 

a) Fase de aturdimiento o shock: aquí el sujeto experimenta un sentimiento de incredulidad en donde se vive un gran desconcierto, seguido de gran pena y dolor. La etapa de shock funciona como mecanismo protector, en una especie de evitación de la realidad. 

b) Fase de anhelo y búsqueda: marcada por la urgencia de encontrar, recobrar y reunirse con la persona fallecida. El sujeto en duelo puede aparecer inestable e irritable, esta agresividad a veces se puede volcar hacia uno mismo en forma de autorreproches, pérdida de la seguridad y autoestima. 

c) Fase de desorganización y desesperación: durante este periodo son marcados los sentimientos depresivos y la falta de ilusión por la vida. El deudo va tomando conciencia de que el ser querido no volverá. Siente una tristeza profunda, que puede ir acompañada de accesos de llanto incontrolado. La persona se siente vacía y con una gran soledad. Se experimenta apatía, tristeza y desinterés. 

d) Fase de reorganización: finalmente aquí se van adaptando nuevos patrones de vida sin el difunto, y se van poniendo en funcionamiento todos los recursos de la persona. El deudo comienza a establecer nuevos vínculos. 

A partir de esta distinción debemos tener presente que las fases son un esquema orientativo y no rígido, que nos puede guiar a la hora de saber en qué situación se encuentra la persona en su proceso de duelo. Si bien es cierto que no todo proceso de duelo requiere de una intervención profesional y que la gran mayoría de las personas pueden adaptarse a la vida de nuevo a pesar de la pérdida, numerosos estudios han relacionado las muertes cercanas con alteraciones de la salud de quienes la sufren

En el mismo texto a continuación Cabodevilla (2007), hace hincapié en algunas de las conclusiones a las que llegan autores que han investigado sobre el duelo, de los cuales resulta interesante hacer mención. Un número no desestimable de personas necesita más tiempo para recuperarse del que nuestra cultura define como normal. Por consiguiente el afrontamiento de la pérdida de un ser querido parece requerir un lapso temporal más variado y, en consecuencia, más flexible del que ha venido estipulándose. También, un cierto número de personas nunca asume la pérdida con serenidad, aunque haya transcurrido mucho tiempo desde la muerte de su ser querido, y compatibiliza sus sentimientos sobre la pérdida con una vida normal. Reacción que no hay que asociar necesariamente a una patología. Asimismo, algunas personas necesitan hablar y expresar sus sentimientos sobre la pérdida en mayor medida y durante más tiempo que otras.

Es importante tener en cuenta que el duelo es un proceso y no un estado, por donde el sujeto debe transitar para restablecer el equilibrio y completar dicho proceso, el cual requiere de ciertas tareas. 

Inicialmente debemos poder afrontar la realidad de la perdida. Aceptar la realidad de la pérdida lleva tiempo porque implica no sólo una aceptación racional sino también emocional. La negación también adquiere la forma de no sentir el dolor, bloquear los sentimientos que están presentes. A veces se refuerza esta actitud evitando pensamientos dolorosos. Idealizar al difunto, evitar las cosas que le recuerdan a él o a ella y usar alcohol, drogas o psicofármacos son otras maneras en que la gente refuerza la negación. Siempre, en todas las circunstancias y especialmente ante una negación es fundamental el buen contacto emocional.

Una segunda tarea es trabajar las emociones y el dolor de la perdida, en donde la expresión de las emociones, ante alguien que escucha, se convierte en una tarea necesaria para la elaboración del duelo.

La tercera tarea será el adaptarse a un medio en el que el fallecido está ausente. Aquí el deudo tiene que desarrollar nuevas habilidades y asumir roles que antes desempeñaba la persona fallecida. Detenerse aquí implica que no hubo una adaptación a la perdida.

Como cuarta y última tarea se ha de recolocar emocionalmente al fallecido para continuar viviendo. La disponibilidad del deudo para empezar nuevas relaciones depende no de olvidar al fallecido, sino de encontrarle un lugar apropiado en su vida psicológica, un lugar importante, pero que deja un espacio para los demás. 

El final del duelo ocurrirá cuando encontremos motivos para vivir, y podamos volver a vincularnos con aquello que la vida nos ofrece, sin olvidar, ni dejar de amar a quien estuvimos unidos, unidas y nos dejó.

CONSIDERACIONES FINALES:

El sufrimiento ante una perdida admite ciertos movimientos en el que sufre, en donde la vulnerabilidad está arraigada a su ser, a su hacer y a su decir. Nadie nos quitará mágicamente el sufrimiento, pero la lucidez y capacidad de enfrentarlo cara a cara y hacerle batalla, es ya un gran paso de inicio para superarlo. Poder expresar, decir el propio sufrimiento es un primer paso en el camino hacia su superación.

Resulta fundamental darse cuenta con qué estructura estamos trabajando cuando trabajamos en función del duelo, para luego poder pensar una dirección posible en su tratamiento. Un gran número de personas presenta reacciones de tristeza de muy diversa intensidad, en donde las reacciones más profundas no deberían recibir el diagnóstico de depresión.

El psiquismo, por su propia dinámica interna se cura a sí mismo, pero esto ocurre sólo si nos enfrentamos al dolor en vez de negarlo. Elaborar las pérdidas no ha de ser una resignación pasiva o una sumisión, sino una actitud flexible y equilibrada

 “La persona sana es aquella que no intenta escapar del dolor, sino que sabiendo que ocurrirá intenta saberlo manejar” Cabodevilla, 2007. 

Es fundamental poner el acento en la necesidad de contemplar los tiempos subjetivos del paciente en relación a la pérdida a la hora de la escucha y de la dirección de la cura para apartar los diferentes riesgos que conllevan la ansiedad y el apuro en ese sentido. Comprendo el proceso de duelo con la forma en que asimilamos la muerte en nuestra cultura, la cual ha ido evolucionando según las diferentes épocas por las que se ve atravesada la humanidad. Habrá que indagar qué significa morir en una sociedad tecnológica para averiguarlo. 

Publicado en Salud

Fuentes consultadas:
Alouch,J.(2011). Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca. Buenos Aires:EDELP. Recuperado de: file:///C:/Users/Flavia/Downloads/Er%C3%B3tica%20del%20duelo%20en%20tiempos%20de%20la%20muerte%20seca.pdf
http://parletrerevista.blogspot.com.uy/2008/11/de-la-angustia-freudiana-la-angustia.html
http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S113766272007000600012#bajo
Freud, S. (1975) Duelo y melancolía. Obras Completas T 14 .Buenos Aires: Amorrortu
Nasio, J. (2007). El dolor deamar. Buenos Aires: Gedisa.
Lacan,J (1971) La instancia de la letra (en Escritos 1 Tomo 1 .Buenos Aires.Ed. SigloXXI