Todos, incluso Él, el Justo, el Unigénito, conocieron y temieron el brillo de aquellos ojos ardientes, cual ígneos betilos.

Nadie, salvo Él, el Primogénito de toda criatura, el Preexistente y yo, el Testigo Oculto del Mundo y las Tinieblas, reconoció la luz de la mirada del Creador, incendiando los corazones, a través de los ojos velados del Profeta: “Soy la voz que clama en el desierto. Allanad sus caminos…”

Les maldije a los dos: -Tú, Juan, pagaras cara la afrenta, te prometí el trono del Reino y despreciaste mi oro, aquél por el cual los pueblos se inmolan, amontonando cadáveres de hombres y animales en cruenta hecatombe que sólo a mi Amo alimenta. En cuanto a ti, Hijo del Hombre, ni un solo día de tu vida dejaré de emponzoñar tu corazón.

Luego, Él, el Único, el Inocente, el Puro, se fue acercando lentamente hacia el Bautista, quien, al reconocerle por una señal, se postró de hinojos, sumergiendo su cuerpo en las sagradas aguas, hasta la altura de su cabeza; una cabeza grande, desproporcionada, digna de Og, rey de Basan, el refaita; entonces, clara, diáfana (fue un momento asombroso, lo reconozco), surgió la visión: “será lo último que verán tus ojos, Juan, …, esa cabeza, dibujada ahora sobre el agua, será mía; la contemplarás, por última vez, reflejada sobre la superficie de plata de mi bandeja favorita.

Él, el Mesías, el Ungido, le miró fijamente. Luego, levantándole en vilo, se arrodilló, a su vez, hasta hundir su cuerpo por completo en las cristalinas, en las frías aguas que brotan de las fuentes del Hermón, emergiendo lentamente, con la cara semioculta tras la cortina de su larga cabellera, cubierta de diminutas perlas su poblada barba, caprichoso juego que la luz del sol iba creando al fundirse con las gotas: “Haz lo que tengas que hacer, …, le dijo, con voz profunda surgida de las entrañas mismas de su Ser Intemporal.

Y yo, el Testigo Oculto del Eterno Mal, el profeta y mis huestes, mensajeros del Terror, que habita por toda la Tierra, fuimos los únicos en contemplar, sobre Él, en las alturas, la esplendente Teofanía; allí justo donde, el símbolo del Pez, se dibuja en las noches oscuras. Era, sin duda, la señal que esperaba, el signo evidente de Su presencia en la tierra, engendrando una nueva Humanidad, a través del vientre sin mancha y el alma pura de una Virgen del Templo.

Así fue como aquella Voz de trueno quejumbroso, que hablaba por boca del Altísimo, dio vida a la Palabra; una Palabra Nueva, un Nuevo Mensaje, la Buena Nueva, cuyo Código oculto está reservado sólo a los Conversos.

Después le vi vagar, cual alma en pena, por los desiertos de Judá, camino de Galilea, en el Genesaret, sobre aquella barca, en compañía de un puñado de pescadores; asediado por las multitudes en campos y ciudades; o atravesar en solitario la llanura de Esdrelón o camino del Tabor, curando a leprosos y a paralíticos, sanando a los enfermos crónicos y a los ya moribundos, resucitando muertos y obrando grandes prodigios, signos inequívocos de su gran poder.

Más ningún milagro semejante al Misterio mágico de su Palabra, causa primera de las antipatías de sus enemigos, ante la cual no sólo los males y enfermedades retrocedían, sino que, como Energía transformadora del mundo y sus vivientes incendiaba de amor y odio, por igual, todo cuanto hallaba a su paso.

Poco, lo juro, ínfimo precio para tan gran recompensa, me costó influir sobre aquellas abominables heteras, secretas seguidoras de los ritos de Baal, y convencer, a su vez, a aquél puerco borracho y libertino de Herodes Antipas, para que ejecutase al Bautista, depositando, como presente, su cabeza ante mis píes.

Gratis lo hubieran hecho: la una, por venganza, Herodias, la otra por causa de una pasión enfermiza no correspondida, su núbil hija Salomé. Tan sólo ricos y antiguos presentes, que pronto a mí retornarían: collares de oro y gemas engastadas y sendos cofres de plata delicadamente labrados por las manos de un anónimo artista. ¿A quien pertenecieron aquellas reliquias: tal vez a la triunfante Semiramis, gloriosa reina de Asiria, o a la bella camita Makeda, reina de Saba, causante de los extravíos de Salomón? Naderías, simples y bellas anímalas de roca, rubia arena mojada de las playa. Nada y menos que nada, para quien posee todas las riquezas del Mundo, Yo, el Hijo del Mal, Príncipe de las Tinieblas.

Mucho, sin embargo, dos años enteros de susurrar como viento febril en sus orejas, envenenando sus oídos cual víbora cornuda, me costó convencer a aquél codicioso zapatero remendón de Iscariote, para que traicionara al Santo entre los Santos (tan secretamente lo amaba). Pero al final, no hay roca más firme que el oro, ni instinto más primario que la venganza. Así, Judas, se dejó vencer en su corazón atormentado, vendiendo al Maestro por tres decenas de siclos.

Después de entregarlo, corrió asustado como un corderillo hasta el límite del campo que yo le prometiera en justiprecio por su traición. Le arranqué la bolsa de las manos. Se me quedó mirando sin comprender nada, desde un vacío sin sentido. Luego, le hundí mis puños en el vientre. Así, reventado como breva madura caída de lo alto de una higuera, le colgué, todavía vivo, de una robusta encina, con las tripas al aire, sobre un inmenso charco de sangre, con los pies rozando casi el suelo.

Transcurrió una noche entera, y el mediodía siguiente; sobre la ora nona, le vi subir -su cuerpo lacerado por mil heridas, la túnica empapada de sangre- calleja arriba, con el madero cruzado sobre sus débiles hombros, ayudado por aquél fortachón de Cirene, entre una multitud de energúmenos, que le insultaban, zarandeaban y escupían. No le acompañaba ninguno de sus amigos, aunque allá por el fondo del barranco del Cedrón, vagas siluetas ocultas bajo sus mantos, seguían la procesión a distancia, a pesar del calor bochornoso de aquella última tarde.

Cayó ante mis pies y, en un postrer esfuerzo, intento levantarse; semiarrodillado ante mí, pidió agua. Yo le mostré mi odre repleto, que desparramé por el suelo ante sus atónitos y enfebrecidos ojos. Me reconoció y recordándome entre dientes la maldición que me persigue, se fue, paso a paso, traspiés a traspiés, acercando al Gólgota.

Yo, el Hijo del Mal, el Anticristo, oculto bajo el aspecto de aquél conocido y rico orfebre de Monte Sión, presencié, con incontenible alborozo, su ejecución y su agonía, pues, también, tengo sentimientos.

No otra cosa hago que cumplir con sumo placer la Misión encomendada; hasta que Él retorne, en su Parusía, en el final de los tiempos, tras acabar con Tronos, Potestades y Dominaciones.

Y, por último, conmigo, el Hijo del Mal, heraldo de la Muerte. A través de Adán, El Hombre, hecho a semejanza de Dios, y por su Pecado, vine al mundo; por Cristo, su Hijo Unigénito, Dios y Hombre Verdadero (portador de la Verdad), retornaré, por fin, al Hades eternal, al fondo de la Gehena, volveré junto a mi padre, consuelo de todo mi ser. Trabajaré sin descanso para merecer mi recompensa.

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