I. El fugitivo de Abilene (Kansas)

(A la memoria de Ambrose Bierce)

Aquel hombre vagaba por el bosque, solo, desorientado y perdido; huía despavorido, sin saber adónde; había conseguido milagrosamente zafarse de sus perseguidores, si bien, con una herida de bala, que le había penetrado por la espalda, a la altura de la escápula izquierda, causándole un gran dolor, acompañado de dificultad respiratoria, con pérdida de sangre: era invierno, el frío y la nieve se conjuraban para hacerle aún más fatigoso el andar. Anochecía.

Se sentó extenuado sobre un vetusto tronco abatido por el rayo y las tormentas, oteando un paisaje invernal tupido de maleza y enmarañado donde el suelo cubierto por la nieve ocultaba caminos y sendas.

Necesitaba imperiosamente hallar un refugio, una abrigo natural excavado en la roca, una pequeña cueva o hendidura donde, al resguardo del viento, reponer fuerzas, descansar sin prisas e intentar mitigar con algún remedio el dolor que le producía aquella herida.

De pronto, un terrorífico aullido le despertó de su sopor; a sus espaldas, a unos cien metros por encima de su cabeza, apareció entre la densa cortina de niebla un lobo gris, luego otro, y otro, y dos más; en total cinco fantasmales criaturas surgidas del averno.

Deseó con todas sus fuerzas escuchar de nuevo las detonaciones de los rifles y la respiración agitada de hombres y cuadrúpedos cercándole y apresándolo; había tomado, al huir, la peor determinación de su vida y si no ocurría ese milagro, pensó para sí, nada podría salvarle.

Aceleró el paso; notaba su garganta reseca, la lengua pastosa y una sensación de angustia, en aumento, inundándole el pecho; no cesaban de mirarle, estaban demasiado cerca; venían ya hacia él; aunque exhausto, reunió todas sus fuerzas y se lanzó a la carrera, pendiente abajo, hundiéndose a cada zancada en la nieve, en una carrera loca y frenética, con la sensación paralizante de que iba a sufrir una muerte atroz. Un cálido torrente de energía se liberó en sus venas.

No sentía ya pesadez alguna en sus piernas, ni cansancio; corría ligero, pero no lo suficientemente veloz como para quitarse de encima aquella manada en persecución; notaba el calor de su aliento en las orejas.

Se encaramó de un salto sobre un árbol que le cerraba el paso, trepando en unos segundos a una de sus altas ramas suspendida sobre un precipicio; era tal la fuerza que sentía en sus miembros, que lejos de hallarse atenazados por el pavor, reaccionaron, para su sorpresa, como auténticos resortes bien engrasados.

La rama era fuerte y segura así que se sentó sobre ella a horcajadas, al mismo tiempo que se abrazaba al tronco. Un tronco viejo y rugoso, sembrado de miríadas de pequeños hongos, cuyos colores y tonalidades ocres, blanquecinas y amarillentas resaltaban bajo la luz tornasolada de una luna omnipresente y cercana; tan cercana, tan brillante y nítida que podía distinguir sin dificultad, a ojo desnudo, todos sus accidentes: montes y cráteres, mares y extensas llanuras sembradas de polvo y rocas.

El precipicio le producía un horror indescriptible y una sensación de vértigo como jamás había experimentado. Los lobos intentaron alcanzarle trepando tronco arriba, pero no lograban más que ascender un pequeño tramo, cayendo una y otra vez, estrellándose contra el suelo; saltaron y aullaron desesperadamente, manteniéndose largo tiempo bajo el árbol.

Tiritaba de frío. La luna desapareció de repente, dando paso a una negra noche, sin luz y sin luceros. Tanteó los bolsillos de su raído chaquetón de burda lana, comprobando que no había perdido sus escasos pertrechos: la vieja pipa, el saquito de tabaco con el encendedor de yesca, una navaja rústica, recia y bien afilada y un envoltorio de papel de estraza liado con un bramante con unas pocas provisiones: un trozo de cecina de buey, tocino salado y un chusco de pan de centeno.

Tenía que bajar, encontrar un hueco donde refugiarse, al abrigo de aquél aire gélido que le traspasaba de parte a parte, hacer un fuego rápidamente. El miedo le había hecho olvidarse de su herida y contemplaba esperanzado como la manada se alejaba; sus ojos destellaban como faros bajo la tormenta, aunque de cuando volvían sobre sus pasos, con la esperanza de verle en el suelo caído y ya muerto, para ahorrarles trabajo.

Al tiempo, pasado el peligro, tímida y cautelosamente fue descendiendo del árbol, lentamente, con sumo cuidado; más él, ya no era él, no se reconocía. Físicamente era una persona extraña para sí mismo; sus manos no eran sus manos, su piel irradiaba una luz ámbar, mortecina, su rostro no era su rostro; sus facciones, al tacto, le resultaban desconocidas; sin embargo tenía conciencia de que su ser entero le habitaba, bajo otra identidad y aspecto; tocó el suelo con los pies y, cuando ya se creía a salvo, notó con terror como le rodeaba una oscuridad tenebrosa. Llegó a pensar por un momento que se había quedado, repentinamente, ciego.

Se hallaba en algún lugar del mundo, inmóvil, sin atreverse a dar un paso; sus manos tratando de encontrar un punto de referencia, un apoyo; era como si las paredes del universo entero se hubieran desplomado a su alrededor; miraba y miraba no hallando más suelo que el que le sustentaba; un ominoso abismo en medio de un silencio absoluto, que poblaba un espacio que presentía infinito.

Era, sin duda, un lugar de condenación, el de las almas escindidas por el pecado y el crimen, y, por fin, supo lo que era el infierno: no era un crematorio como había supuesto, no, sino un territorio glacial de soledad y espanto, un universo paralelo de materia oscura, a eones de la luz y del corazón de Dios, donde irremediablemente y por toda la eternidad vagaría encarnado en un cuerpo inmortal.

Al despertar, empapado en sudor, sintió incontenibles deseos de gritar, pero el sonido no salía de su garganta. Con esa sensación de asfixia, su mente ideó una última fantasía: había perecido en el ataque, eso explicaba que no reconociera su cuerpo; su alma estaba en tránsito, pero Dios, en su infinita misericordia, le había dado otra oportunidad. Se vistió, refresco su cara con agua fría en una prolongada ablución y se miró al espejo con temor; observó su rostro, sus manos, y sonrió, era él. Preparó unos huevos fritos con beicon y, mientras untaba el pan en su cremosa yema, se prometió a sí mismo que nunca más volvería a probar el alcohol.

Tras el inacabado almuerzo, se dejó caer sobre la mecedora del zaguán con un gesto de abatimiento, desmadejado por aquél dolor profuso a la altura del hombro izquierdo que se estaba irradiando hacia el pecho y las vértebras. No sabía lo que lo producía, quizás aquella vieja cicatriz de guerra, quizás su corazón debilitado por los años y las borracheras. De su petaca extrajo la pipa y una porción de tabaco que temblorosamente logró depositar en la cazoleta; la encendió a la primera, sin malgastar fósforos, tal era su pericia; nada más aspirar la primera bocanada de humo sufrió incontenibles arcadas que achacó a los excesos de aquella noche y de tantas otras.

El remedio infalible, para aplacar aquel creciente malestar, aquél desgarro intestino, aquél monstruo interior que roía sus entrañas, era anestesiarse con un largo trago de ron de caña, preludio de otros muchos a lo largo de la jornada. Más ya sus miembros se negaron a obedecerle, mientras una extraña somnolencia, un denso vacío iba poblando su mente.

Poco tiempo después, cuatro hombres a caballo, cubiertos de nieve hasta las cejas y armados con sendos Winchester, descubrirían, abrazado a un viejo tronco de roble, el cadáver horriblemente mutilado y en descomposición, los irreconocibles despojos, un amasijo de piel, entrañas y huesos, de J. Alberty, un peligroso fugitivo de la cárcel de Abilene, condado de Dickinson, estado de Kansas .

Afortunadamente, adujo uno de ellos recomponiendo la escena, la bala, entrando por el omóplato, le atravesó el pulmón de arriba abajo, muriendo casi en el acto, se desplomó por aquél terraplén y vino rodando hasta estrellarse contra el árbol; luego los lobos se encargaron del resto; es más que probable que no se enterara de nada – sentenció.

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