Félix vive desde hace 20 años en las calles de Barcelona y se niega a que lo vean como a un mendigo. Dueño de un pasado delictivo y enfermo de VIH, afronta con dignidad y mucho carácter la vida y la soledad

Traficante de drogas, ladrón, truhán, amante impertérrito, enviciado lector y hablador interminable. Así es Feliciano Labinarrería, Félix para todo el mundo. Feliciano es el nombre de su padre y cada vez que lo menciona una maldición vomita. Feliciano no fue buen padre, ni buen marido, por eso, uno de los primeros recuerdos de Félix es su madre escapando de golpes y maltratos, con su hijos a cuestas, para luego reincidir.

Algún día le tengo que entrevistar“. Es una frase que por años me repetía y le repetía a mi familia, cuando en nuestras visitas a Barcelona pasábamos por la autopista B-10, a la altura de Sant Adrià del Besós -ciudad del área urbana de Barcelona-,  y veía a un hombre al lado de la vía viviendo en un auto viejo, rodeado por pequeñas estanterías llenas de libros, cacerolas, botellas, latas de cerveza y un pequeño y vetusto sofá.

Más de 5 años pasaron hasta que un día decidí hablar con ese hombre misterioso que verano e invierno estaba allí, al lado de la autopista, leyendo o cocinando o simplemente relajado mirando la vida y los autos pasar. “¿Podemos hablar?” – le pregunté; “sí claro” -contestó. “No eres la primera que me entrevista, hace tiempo estuvo por aquí un holandés y también me grabó porque yo no tengo problemas para hablar“.

Y la conversación fluyó durante más de un hora. Félix habló de su vida, de Francisco Franco -el dictador que sumió a España en uno de los períodos más oscuros de su historia- y hasta de la conquista de América y también de los norteamericanos. Félix es verborreico, expresivo, grita cuando se enfada y, cuando no, también; y NO, no es un mendigo. Según dice, en sus más de 20 años en la calle, nunca le ha pedido nada a nadie: “antes robo“, afirma.

Félix -una de las 900 personas que viven en la calle en Barcelona (Cifra Arrels Fundació)- no quiere techo o ir a un albergue, ni se lo plantea. No quiere que le controlen, ni que le traten como a un desvalido. Félix tiene SIDA y cuando llegue el momento, confiesa, que la eutanasia será la solución. Ahora, cuando paso por la autopista B-10 ya no le veo. “Mamá, el señor del coche ya no está y sus cosas tampoco“, dice mi hija desde el asiento trasero, y no sé si su momento ya llegó o simplemente se ha mudado.

Félix también podría estar en Andalucía, allí tenía a Cristina, una amiga a la que quería conocer para intimar como les apeteciera. Prefiero esta opción. Félix fue muy generoso conmigo, habló y habló, se vació y siguió hablando. Tal vez yo era la primera persona del día con la que hablaba o tal vez porque explicar sus batallas -ciertas o inventadas- le hacían sentir vivo. Tan vivo como lo pueden ver y escuchar ustedes mismos.

Entrevista en vídeo a Félix Labinarrería

Antes de escribir esta nota hice una búsqueda en Google del apellido de Félix, pues no me sonaba de nada, y, efectivamente, no lo encontré -lo cual me resultó bastante extraño porque Google “todo lo sabe”-. Sin embargo, lo acepte como válido porque fue él mismo quien me lo dijo. Pocas horas después de publicar este blog, el apellido Labinarrería ya existe para Google.  

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