Cada vez tengo más claro que uno de los males postmodernos de la sociedad, uno de esos “problemas del Primer Mundo” de los que se burlan los memes, es la abundancia en la que vivimos, en la sobrestimulación de nuestros sentidos y nuestro cerebro. No hablo ya de abundancia a nivel económico, de un estándar que nos permita, como nunca habíamos podido hacer, viajar a cualquier lugar del mundo o comer alimentos de cualquier parte del planeta. Me refiero a una sobreabundancia en materia de ocio, principalmente cultural. Lo que he llamado el “síndrome de la Cornucopia”. Estoy seguro de que este síndrome puede reflejarse en otros aspectos de la vida (cambiar de coche frecuentemente, ver todas las ligas de fútbol de Europa, etc). Pero yo me centraré en lo que conozco.

Evidentemente, mi reflexión, como he dicho antes, se ve circunscrita a
un modelo de sociedad en la que las necesidades básicas están cubiertas y
disponemos de los recursos suficientes para invertir nuestro tiempo en
el ocio.

Actualmente vivimos un momento en el que, más que nunca, se revela nuestra naturaleza de homo ludens, de definirnos no por nuestro trabajo sino por nuestro ocio. Y las posibilidades de ocio de las que disfrutamos hoy gracias a la tecnología eran impensables hace veinte años.

Voy a ponerme como ejemplo para no irme por las ramas. A día de hoy tengo en casa más libros y cómics de los que puedo leer, más videojuegos de los que podré jugar nunca, más álbums bajados en los últimos quince años que los que debe de tener una cadena de radio, más películas de las que puedo ver, más series de las que puedo seguir y más juegos de rol y mesa de los que puedo disfrutar. Esto es así, y si bien esto es fruto en parte de un comportamiento alegal que no negaré, y en parte de una situación económica favorecedora (que no privilegiada, ojo), no puedo negar que estoy completamente saturado, y que si ahora mismo dejara de comprar libros, videojuegos u otros bienes de ocio, seguramente tendría material para llegar hasta la jubilación.

Esta situación provoca una “ansiedad de la abundancia”, o de la sobreabundancia: no somos capaces de gestionar esa cantidad de productos culturales. Alguien dirá “pero qué va, si eso es una pasada”. Sí y no. Ciertamente, tener a nuestra disposición como adultos de todo ese arsenal de ocio, para los que nos gustan estas cosas, es como un sueño hecho realidad. Como si te hubiera tocado la lotería, como el deseo concedido de un genio. En la biblioteca de mi casa habrá más cuatro o cinco mil volúmenes, entre libros y cómics; mi yo de diez años habría flipado, qué digo, se habría desmayado.

Pero no todo es felicidad. Añadida a esa disposición viene adjunta una especie de responsabilidad por disfrutar de todos esos bienes. A mí me pasa que, alguna vez subo a la biblioteca a elegir algún libro para empezar, y de golpe veo, cinco, seis, diez, doce libros que quisiera empezar a la vez, y no puedo, me bloqueo. Cuando veo mi lista de juegos de Steam me agobio, porque tengo tantos videojuegos y tan buenos que no sé por dónde empezar. Porque además, sé que no sólo será instalar el juego: tendré que invertir muchas horas en él (¿veinte, cincuenta, cien? En Skyrim eché como 180, y ni lo terminé -lo colapsé a base de mods- ni me considero precisamente un jugón o hardcore gamer). Lo que me lleva a lo que quizá es el punto principal de este desbarre: el tiempo. Como ya he escrito varias veces en otras partes, a menudo adquirimos alguno de estos bienes (películas, series, libros, videojuegos) como si también adquiriéramos el tiempo necesario para disfrutarlos. Esta apariencia es fatal, porque ahí radica el problema. Tempus irreparabile fugit, y ahí tengo libros que hace diez años (¡DIEZ!) que compré, y ahí siguen esperando. Videojuegos que tengo en la biblioteca de Steam desde 2011 o 2012 (¡un momento! ¿qué ya estamos en 2017? WTF). Y no lo tenemos. No tenemos tiempo. O al menos, tiempo para todo. Tiempo para recuperar todo eso que se amontona y amenaza con derrumbarse encima de nosotros.

No tengo respuestas acertadas para esta situación. No tengo claves ni orientaciones, simplemente constato un hecho que seguramente podréis haber sentido alguna vez y quiero enunciarlo para vosotros, para reflexionarlo, y para no dejarlo en un pensamiento de 140 caracteres. Me gustaría ser más capaz de disfrutar de lo que tengo sin acumular tanto, pero es una pulsión que me puede. El único consuelo que me queda (seguramente falso también) es que, cuando me jubilé, voy a pasármelo genial.

Publicado en Cultura y ocio