De algo estoy segura y es de la connotación negativa que tiene la palabra geriátrico en la actualidad.

Es un tabú social y culturalmente establecido. ¿Por qué digo tabú? Porque lo primero que piensa alguien que no tuvo relación cercana a alguno es que: “ahí abandonan y maltratan a los abuelos”. Y debo decirles que la mayoría de las veces esto no es cierto.

Si es verdad que no todos los geriátricos son buenos y profesionales, pero tampoco lo son el resto de las instituciones que existen. Y me refiero a que hay de todo. Puede haber un hospital bueno y uno malo, un restaurante bueno y uno malo, una librería buena y una mala, un estudio de abogados bueno y uno malo, y así puedo seguir eternamente.

Veo constantemente artículos y videos en Internet de personas mayores hablándoles a sus hijos, culpándolos por dejarlos ahí, deseándoles lo mismo para cuando llegue su vejez, como si se tratara de un castigo. No solo me parece un mensaje horroroso, sino que considero que está hecho desde el total desconocimiento del tema. Busca impactar desde una manera negativa y lamentablemente lo logra. Solo basta leer los comentarios de los internautas para saberlo. 

Debemos comenzar a tratar la ancianidad como algo natural, como un estadio más de la vida y no como una enfermedad. Y a las residencias como un lugar para pasar esa etapa que a todos nos tocará vivir.

Para aquellos que no tuvieron un encuentro cercano con estos lugares, me gustaría hacerles un resumen. En algunos casos, las personas que se encuentran allí es porque no tienen consciencia ni movilidad y necesitan atención las 24 horas y los familiares no pueden proveersela. Y en otros casos, las mismas personas eligen vivir allí por decisión propia, no solo porque se sienten más a gusto con sus pares, sino también para alivianar la vida del familiar que se encuentra encargado de asistirlo. Por qué asistir a una persona mayor no es tarea fácil. No solo por el cuidado físico que acarrea, sino también por el lado emocional. Los familiares que decidieron hospedar a un pariente en su propia casa, pueden dar fe de lo que estoy diciendo. Ellos vieron cómo avanza el deterioro para caminar, para comer, para charlar y para relacionarse. El deterioro cognitivo y físico. Ver a la persona que supo enseñarte los aspectos más básicos de la vida, olvidarlos, es muy doloroso. Y creo que llegan a un punto donde deciden tomar cartas en el asunto y considerar otras opciones por el bien de todos.

Acá viene la parte difícil: internarlos en un geriátrico. En ese momento crítico se deben tener en cuenta dos aspectos: el edilicio y la idoneidad del personal. No se deben evaluar por separado, ya que hay cientos de geriátricos hermosos que parecen hoteles 5 estrellas, y el personal es lo menos empático del mundo. Y hay geriátricos que ediliciamente no se ven excelentes, pero la parte humana y profesional lo compensa.

Si bien es importante que el lugar sea acogedor, siempre se debe hacer hincapié en el nivel de profesionalismo de los médicos geriatras a cargo, las enfermeras, los asistentes geriátricos, las cocineras, las mucamas, y hasta de las lavanderas. Si, ¡de todos! Porque el residente va a estar en contacto directo con ellos siempre. Y un buen profesional no solo cumple con la parte física, sino también con la emocional. Y me refiero a contenerlo, abrazarlo cuando lo necesite, secar sus lágrimas cuando llore, reír a su par cuando esté feliz, sentarse a su lado y poder acariciarlo por el solo hecho de hacerlo. Estar para ellos siempre, sin excepción. 

Muchas veces los encargados de hacer funcionar una residencia de estas características cumplen el rol de los familiares, porque no todos están presentes. Y pueden no estarlo porque no tienen tiempo, o porque no les interesa. Hay de todo. Los que van todos los días para darles un beso, y los que no llaman ni para los cumpleaños. Y esto lo digo con conocimiento de causa porque lo he visto.

No es tarea fácil la de llevar adelante una institución de ésta índole, la cual es estigmatizada y constantemente bombardeada, por el solo desconocimiento de lo que acarrea ejercer la responsabilidad de darles una buena calidad de vida a las personas que allí viven.

Entonces, los invito a reflexionar sobre la función que cumplen en la sociedad las residencias geriátricas. No olviden que a veces hay cosas que escapan de nuestras manos y sabiduría y tenemos que recurrir a personas capacitadas para resolverlas. No tengan miedo de dejar a su familiar en una residencia porque la mayoría de las veces está mejor cuidado que en su propia casa.

Es hora de que esta palabra deje de significar un insulto para nuestros queridos viejos, y sea solo lo que en realidad es: el último hogar donde pasar en paz el resto de sus días.



Daniela Peña

Publicado en Familia