Hoy hace dos años que perdimos al más importante divulgador de jazz que hemos tenido los hispanohablantes 

Recuerdo el aspecto y el olor de la hojarasca de camino al concierto. Recuerdo que las cataratas del Centro Cultural de la Villa estaban en funcionamiento aquella tarde. Recuerdo perfectamente que llegué temprano. Dejé el abrigo en la butaca de la izquierda y comencé a leer el programa de la Dizzy Gillespie All Stars Big Band mientras esperaba a que comenzara el concierto.

Alguien dijo a mi izquierda:

—Disculpe señorita, creo que este asiento es el mío.

No necesité mirarlo para saber quién era. Esa voz era del Cifu. Cualquier aficionado español al jazz lo habría reconocido al vuelo.

Durante aquella divertidísima velada aprendí dos cosas: que el señor que parecía simpático por la radio lo era aún más en persona y que, definitivamente, el jazz trascendía con mucho lo meramente laboral para él. Éramos dos personas disfrutando de algo que nos gustaba en una atmósfera marcada por una valiosa característica en peligro de extinción: la normalidad.

De vuelta a casa sentía como si me hubiera tocado la lotería. Qué ilusa; lo mejor estaba aún por venir.

Sé que soy privilegiada. Que una mujer de jazz haya podido tener tan cerca al maestro de todos durante casi la mitad de mi vida es una suerte de la que soy consciente. Lo que no atreví a imaginar aquella tarde es que aquella carismática y cercana existencia habría de convertirse en uno de los amigos más leales y constantes con que he sido bendecida.

Todos los aficionados y profesionales del jazz de este país reconocemos en Cifu a nuestro maestro; los que lo hemos tenido cerquita hemos aprendido además cosas que —como él decía de los solos de Rollins o Coltrane— no estaban en los libros.

Y es que en Cifu lo que era y lo que hacía no eran distinguibles. El jazz era su vida, no su trabajo. Cifu era un tío con swing en cada momento.

Culturalmente la pérdida de Cifu es incalculable, para el periodismo musical temo que será una ausencia de una complejidad aún por determinarse; para el jazz es una hecatombe.

El esfuerzo que debemos hacer para no perder el legado que Cifu nos ha regalado es ingente. Aun siendo conscientes de la realidad minoritaria de nuestra —como él decía— incombustible tribu, y a pesar de la hostilidad de nuestras administraciones, debemos esforzarnos. Ya vengan las diez plagas de Egipto o el Enola Gay, debemos esforzarnos. En una España sin Cifu vamos a tener que avanzar cojeando, pero debemos avanzar. No es sólo una cuestión de salvar un legado, sino más bien de demostrar que hemos aprendido algo de él, que aunque enfrentemos escollos será por algo que merece la pena.

En España no sabemos cuidar a nuestros grandes. En ocasiones ni siquiera se quiere cuidarlos. Contamos incluso con un don especial para facilitarles un entorno puñetero. En el caso de Cifu fue también así. No fue tratado con especial regalo ni reconocido en su justa medida; por supuesto esto nunca influyó en su dedicación incansable a hacer llegar el jazz a cuantos pudiera, pero sería positivo que aquellos a quienes corresponda reflexionen sobre el porqué de esta nulidad, posiblemente más cercana a la estulticia que a la vileza.


Si el escenario del jazz en España era un desierto, con el amanecer del 17 de marzo de 2015 lo que encontramos fue un infierno de áridos mañanas.

En un mundo sin Cifu la religión ha perdido a su profeta. En mundo sin Cifu tenemos que cuidar el jazz con ahínco. Quererlo. Disfrutarlo. Normalizarlo en nuestras agendas y en nuestras discotecas. Pero sobre todo disfrutarlo.

Deseo que haya encontrado esa big band que alguna vez soñamos que hubiera por ahí. 

¡Te van a tener a cuerpo de rey, mi teniente coronel Cifuentes!

  Ⓒ Fotografía de Jaime Massieu 

  Ⓒ Texto de Mirian Arbalejo 

 

Publicado en Cultura y ocio
Fuentes consultadas:
http://missingduke.blogspot.com.es/2015/03/en-un-mundo-sin-cifu.html
http://jaimemassieu.com/