Hace unos días compartí en mi página de Facebook el vídeo de un experimento social hecho en Suecia sobre violencia. Un joven en un ascensor agrede verbal y físicamente a una joven, presumiblemente su pareja, y se graba la reacción ( o ausencia de ella) de los que entran y observan la escena. En este enlace podéis ver el vídeo y el resultado del experimento.

Si curioso era el experimento curioso fue también observar las respuestas de la gente en mi muro.

  • No faltó quien usaba como argumento el hecho de que al intervenir  te convertías en víctima tú mismo, no sólo del agresor sino de la persona a quien pretendías defender, citando incluso ejemplos con nombres y apellidos muy mediáticos en su día como el profesor Neira. 
  • Aparecen también quienes comentan que “uno no sabe la realidad de la historia y que no está bien en meterse en temas ajenos. Que algo habrá hecho la chica para provocar”. Ya sabéis, al más puro estilo  #victimblaming que tan extendido está en la sociedad.
  • Por supuesto no faltan los que  se sienten ofendidos cuando criticas la violencia machista y te sacan aquello de #notallmen o te preguntan que por qué no se habla de los hombres víctimas de violencia por las mujeres. Sin comentario a esto.
  • Y una que a mí personalmente me chirría  es cuando te explican que al intervenir lo único que consigues es que el agresor incremente la violencia contra la víctima. Algo así como: “no le cabrees o luego será peor”.

Ese argumento  es tan odioso en sí mismo que tengo que hacer un esfuerzo para hablar sobre ello de forma fría y racional.

Cuando alguien usa esa excusa para no intervenir ante un maltrato, en realidad está minimizando la violencia que se ejerce sobre una persona.  

¿Acaso creemos que hay un grado de violencia “tolerable”? 

¿Que es mejor dejar que alguien reciba insultos, golpes, bofetadas, sin  hacer nada por miedo a que sufra más insultos, más golpes o más bofetadas? 

 ¿De verdad estamos  entrando al juego de juzgar que hay violencias permisibles con tal de que no vayan a más?

Díganselo a todas las víctimas de maltrato que tras días, semanas, meses o años de sufrir vejaciones, insultos, gritos, amenaza y/o golpes, un día perdieron la vida a manos de sus asesinos. A esos que veían cómo el entorno agachaba la mirada o cruzaban la acera mientras ellos sufrían, ya no sólo la violencia directa de su agresor, sino la violencia más dura aún de la indiferencia hacia su sufrimiento por parte de todos los demás.

No sabemos cómo reaccionará un maltratador cuando le increpamos sobre lo que está haciendo, cuando intervenimos para proteger  a la víctima, eso es cierto, pero sí sabemos que esa acción puede marcar la diferencia en la vida del agredido.   

Cuando intervienes ante una agresión estás haciendo por  la víctima algo de mucho más valor que muchas sesiones de terapia posteriores. Le estás diciendo sin hablar cosas como estas:

  •  Nada de lo que hayas hecho o dejado de hacer justifica que se te maltrate. 
  • Nadie tiene derecho  a hacerte daño, NUNCA, bajo ningún concepto.
  • Por muy hundida que tengas la autoestima por el maltrato sufrido, siempre habrá alguien que  vea en ti lo que eres: una persona digna, con todos tus derechos, merecedora de RESPETO.
  • No estás sola, no eres invisible, eres valiosa.
  • Lo que te que pasa es real e injusto y lo más importante: NO ES TU CULPA.

Y aunque he escrito en femenino por seguir el hilo del experimento del ascensor y porque la lacra de violencia que nos rodea es machista, todos estos argumentos aplican también a otro tipo de maltrato aún socialmente aceptado y extendido: el maltrato infantil.

Cuando ves y oyes a un adulto gritando, pegando un cachete o zarandeando a un bebé y/o niño todo lo escrito anteriormente aplica igual, con el agravante de que los niños son aún más vulnerables, porque son totalmente dependientes de su agresor.

Si eres de los que creen que los hijos son de los padres y que tenemos el derecho de tratarles como creamos, párate y piensa en el mensaje que recibe ese menor que ve, vez tras vez, cómo le humillan y maltratan las personas que deberían cuidarle y protegerle ante la pasividad de todo su entorno.

Si aún eres de los que piensan que educar con violencia, aunque sea “leve” no es tan grave, párate y piensa por un momento en que la víctima fueras tú.

Dejemos de arrojar nuestras frustraciones sobre quienes dependen de nosotros y criemos a nuestros hijos sin violencia, con una autoestima fuerte y sana. Dejemos de perpetuar la violencia, trabajando para no ejercerla  y para no permitirla.

Recuerda la frase que dice:

“Para que el mal triunfe, sólo hace falta que los buenos no hagan nada”


Teléfono Atención Violencia de Género: 016

El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, por medio de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, presta el Servicio telefónico de información y de asesoramiento jurídico en materia de violencia de género, a través del número telefónico de marcación abreviada 016. Además las consultas se pueden dirigir por correo electrónico al servicio 016 online: [email protected]

Publicado en Familia
Fuentes consultadas:
https://youtu.be/2_OBWa9fgZI