Aun recuerdo cuando tenía que abreviar las palabras “comiéndome” las vocales para que todo lo que quería decir cupiera en un mensaje, ya que si te pasabas de caracteres, mandabas dos mensajes y eso era mucho mas caro…

Y aunque parezca algo lejano, no hace tanto tiempo de ello ni se prolongo por muchos años, pero si la duración suficiente para acarrearnos una mala ortografía o para que muchas personas escribieran así el resto de sus vidas, lo hagan o no a través de un teléfono: “K psa tia bjas o k?” ¿Soy el único que se pone “de mala leche” cuando ve que la gente escribe así cuando ya no es necesario?

Todo cambió cuando llegaron aplicaciones como WhatsApp, donde el límite de caracteres estaba en nuestra paciencia al escribir y no en nuestro bolsillo. Las operadoras de telefonía aguantaron todo lo que habían podido cobrándonos SMS hasta que no tuvieron más remedio que hacer tarifas planas de datos.

Al final, todos usamos WhatsApp: adolescentes, adultos y más que adultos. Mi padre me pregunta el significado de algún emoticono todos los días y sus peleas con el corrector además son épicas.

Pero ¿hasta qué punto estamos enganchados al WhatsApp? este experimento de Whatever lo pone de manifiesto.

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