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A veces, los padres no saben cómo actuar cuando tienen que imponer un castigo a sus hijos. ¿Me estaré propasando?, ¿me estará tomando en serio? o ¿funcionará si le castigo de ese modo? son algunas de las cuestiones más habituales que rondan nuestra cabeza cuando se trata de corregir a nuestros hijos.

Ellos aún no son capaces de entender que lo hacemos por su bien, por lo que muchos padres pecan de piadosos, mientras que otros lo hacen de estrictos.

Por ello, es posible que los consejos de Valentín Martínez-Otero, pedagogo, psicólogo educativo y profesor de la Universidad Complutense, te ayuden en el arduo camino de la educación de tus hijos.

“Ningún castigo debe perder de vista que su objeto fundamental es el bien del niño”

La imposición excesiva de castigos, a la larga, pueden resultar funesta. De igual modo, no corregir al niño cuando se debe y no hacerlo enérgicamente si fuera necesario, causa un mal en los niños que tarde o temprano se vuelve evidente. Si “dejamos pasar” un acto para no molestar al menor, hay que recordar que estaremos perjudicándole a él en primer lugar.

Precaución con los castigos ‘en caliente’

Cuando un niño comete una falta, ya sea por descuido o maldad, esta puede provocar la indignación de sus mayores, pero siempre debemos tener presente que “un castigo educativo no puede convertirse nunca en una venganza“, explica Martínez-Otero. “Es preferible tomar distancia antes de incurrir en una acción contraindicada desde el punto de vista pedagógico“.

Todo castigo debe ser proporcionado

Es fundamental hacerle entender al niño que no todos los errores son igual de graves. Llegar 5 minutos tarde a clase no puede equipararse con insultar al profesor o pegar a uno de sus compañeros.

Por ejemplo, si un niño siempre se levanta y desayuna tarde por las mañanas entenderá y corregirá mejor su error si, en vez de regañarle una y otra vez, directamente le quitamos el desayuno cuando llega el momento de vestirse, haya terminado o no. En este supuesto, la relación de error y castigo es fácil de comprender: “Puedes desayunar, pero en su momento“.

Castigamos a uno, pero lo asimilan todos

Cuando un niño comete una falta dentro de un colectivo, el bien que debe perseguir el castigo no es solo el del niño que ha cometido el error, sino el de todo el colectivo presente en el incumplimiento de la norma. Este tipo de castigos adquieren un carácter preventivo y disuasorio para el resto de los niños. Esto es un hecho que sucede en los colegios a diario.

Es injusto reprender del mismo modo a personas desiguales

Esto se refiere, por ejemplo, a si castigásemos a tres hermanos sin ir a una fiesta de cumpleaños de un compañero. Puede que, para dos de ellos resulte efectivo, pero el tercero quizá tenga problemas para relacionarse con el resto de los niños, por lo que no podemos negarle que socialice un rato con ellos.

Y es que los castigos no pueden fomentar un vicio ya adquirido, ni dificultar la consecución de una virtud.

No todos los menores son igual de menores

En los niños, cada año que pasa puede suponer un salto gigantesco en su madurez. Por eso, no debemos esperar la misma responsabilidad de un niño de 14 años que de otro de 16, aunque sus respectivas edades sean próximas. A medida que avanza la edad del menor, resulta más imperiosa la obligación de argumentar los castigos, muy especialmente cuando están al borde de la mayoría de edad.

El perdón es una opción, pero solo algo puntual

Por supuesto, no debe descartarse la idea de levantar un castigo a un niño si todo se diera en las circunstancias adecuadas. Debería ser algo puntual, ya que, si tendemos a perdonar siempre, es tan perjudicial para él como si le tuviéramos castigado todo el tiempo.

Un niño es merecedor del perdón cuando entiende lo que ha hecho y manifiesta su intención de rectificar o cuando toma la iniciativa para compensar de alguna manera el mal que ha hecho. De hecho, conviene que el niño aprenda que, en ocasiones, el perdón resulta útil y justo.

Fuentes: todopapas, centroterapiafamiliar, guiainfantil

Publicado en Familia