Todos los sistemas democráticos del mundo acumulan entre sus hojas de historia varios capítulos dedicados a narrar los casos de corrupción y abuso de poder. Sin entrar en valoraciones sobre su gravedad, uno de los casos más interesantes es el del antiguo jefe de la policía de México, Arturo “El Negro” Durazo Moreno.

Si bien como funcionario de alto rango su sueldo no superaba los 1.000 dólares al mes, Durazo logró amasar una inmensa fortuna gracias al chantaje, la extorsión y el negocio de la droga. Sus excentricidades no conocían fin, siendo una de las más destacables su gusto por los palacios y mansiones, como la que os enseñamos a continuación.

El ‘partenón’ de la corrupción

Situado en la colina más alta de Zihuatanejo y con vistas al Océano Pacífico, se alza esta copia del mítico Partenón griego que el exjefe de policía de México mandó construir gracias al negocio de la corrupción.

Arturo Durazo Moreno provenía de un familia humilde y desestructurada. Apodado como “el negro”, en sus primeros años de colegio, se grajeó fama de matón experto en juegos sucios.

Sin embargo, en la escuela hizo un amigo de bien, a quien protegió de cualquier agresión durante toda la infancia. Este íntimo compañero fue José López Portillo, quien años más tarde se convertiría en el Presidente de la República de México.

Tan pronto como fue elegido, López Portillo nombró a su amigo de la infancia y antiguo protector jefe de la policía mexicana. “El Negro”, fiel a su estilo, supo hacer de su poder un negocio.

Actuando como un mini dictador, Durazo endureció la política de multas con afán recaudatorio. Después transfirió todo lo recaudado y casi la totalidad del presupuesto anual de la policía a sus propias cuentas.

Sin dinero para el día a día, los coches de policía y el equipamiento deteriorado dejaron de repararse. Esto hizo que los recursos del cuerpo de policía mermaran drásticamente. Los policías tuvieron que empezar a patrullar con sus vehículos privados y a comprar sus propios uniformes. Debido a esto, simplemente dejaron de usar la vestimenta oficial y se rindieron de igual modo a la corrupción para compensar sus gatos. La extorsión policial se institucionalizó en la Ciudad de México.

Por su parte, los caprichos de Durazo no hicieron sino aumentar construyéndose diversas mansiones por todo el país. Allí enviaba a los novatos del cuerpo policial, para que trabajaran como albañiles o simplemente acarrearan los materiales de construcción por las empinadas colinas que elegía como localización de sus chalets.

Algunas de las mansiones incluían extravagancias tales como: una réplica exacta de la famosa discoteca neoyorquina Estudio 54, una pista de carreras de caballos o una plaza de toros.

La más fastuosa de sus mansiones fue el llamado Partenón, un palacete de inspiración griega construido al borde del acantilado y rodeado de una vasta extension de jardines.

Las fiestas allí eran un habitual, pero pronto la gente dejó de acudir a las celebraciones ya que, con frecuencia, terminaba desapareciendo algún invitado.

Se rumoreaba que Durazo aprovechaba las fiestas para deshacerse de los rivales que le plantaban cara u osaban cuestionarle; asesinándolos, torturándolos o lanzándolos como alimento a los tigres que allí guardaba como mascotas.

Cuando el dinero sustraído al pueblo dejó de ser suficiente, Durazo comenzó a hacer negocios con los traficantes colombianos, a quienes dejaba operar a cambio de una sustanciosa comisión. Así continuaron las fiestas y excentricidades.

Durazo regalaba ametralladoras y placas de policía como recuerdos, usaba los helicópteros, coches y lanchas policiales para trasladar a sus invitados por todo el país y convirtió sus oficinas casi en un burdel, donde mandó construir galerías secretas para entrar y salir de comisaría con sus acompañantes.

Lo más increíble de todo es que la tasa de criminalidad de Ciudad de México bajó considerablemente durante el mandato del “el Negro”, de 1976 a 1982, al menos sobre el papel.

Al ser el cuerpo de policía quien cometía la mayoría de los delitos y eliminaba la competencia de las bandas criminales rivales, apenas existían denuncias. Además, la falta de presupuesto policial y que estos fueran siempre vestidos de paisano, facilitaba la impunidad de los agentes.

El descenso de la criminalidad era tan sorprendente, que hasta la delegación soviética rusa entregó una condecoración a Durazo como “mejor jefe de policía del mundo”.

No fue hasta 1982, cuando López Portillo perdió el gobierno, que el pueblo mexicano exigió un reforma moral. Arturo “El Negro” Durazo perdió su cargo y tuvo que huir del país, siendo detenido dos años más tarde por el FBI en Costa Rica. Fue condenado solo a 16 años de prisión por los cargos asesinato, robo, corrupción, extorsión, evasión fiscal, contrabando, posesión ilegal de armas y tráfico de drogas.

A pesar de ello, solo cumplió 6 años de cárcel, siendo puesto en libertad por razones de salud y pagando una fianza de 3 millones de dólares en 1992. Murió en el año 2000 a la edad de 76 años, viviendo de forma acomodada hasta el fin de sus días, gracias al dinero que robó al pueblo mexicano.

Hoy sus residencias se han convertido como una especie de museo de la corrupción, un recordatorio de todo lo malo que el abuso de poder y la falta de control de los gobernantes puede acarrear al pueblo.

Esperemos que todos los países del mundo cierren para siempre sus capítulos de corrupción, aunque a vistas de lo sucedido a nivel internacional no vamos por buen camino.

Fuente: messynessychic.com, wikipedia.com

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