Análisis de la trayectoria de Garth Ennis como guionista de la serie Punisher.

Ya vimos en el artículo de la semana pasada a un autor revolucionario en el mundo del cómic, usando una marca personal, un estilo propio y unos mecanismos no siempre al alcance de todos. En este nuevo artículo nos adentraremos en el mundo de un guionista que ha cogido las reglas comerciales de Marvel y las ha deconstruido para formar su propia visión del Superhéroe. Una visión plagada de muertos, como plagada está la Irlanda del Norte de la que proviene.

Garth Ennis destaca en el mundo del cómic por la genial y provocadora Predicador y por su fichaje en Marvel para la serie Punisher. Su visión única y su forma de narrar le hacen un autor con un poderoso estilo que dejará una impronta vital en el mundo del Superhéroe. Punisher ya no volverá a ser el mismo tras pasar por las manos del irlandés loco.

Y es que Ennis es muy conocedor de las bases narrativas con las que se construy al Superhéroe. La tesis que venían trayendo DC o Marvel desde el principio de los tiempos era la dicotomía entre el deber y el deseo. El héroe marveliano o el de DC tenía que luchar siempre para hacer convivir su vida personal con su carrera heroica. Esto se veía muy bien representado en las tramas en las que los protagonistas creaban mecanismos para salvaguardar su identidad secreta. El máximo exponente de esta tesis es Spiderman en Marvel o la miniserie de DC, Superman: Identidad Secreta (Kurt Busiek y Stuart Immonen). Digamos que riñen en esta tesis la realidad y la fantasía, que se filtran a través de las grietas fantásticas e inverosímiles pequeños sustratos de realidad. Pero no nos engañemos: siempre acaba venciendo el deber. Paulatinamente, la vida privada del héroe se va boicoteando, se va volviendo más débil, se va apagando. Los lazos que unen al superhéroe con la realidad se van desdibujando, sus relaciones personales se desmantelan y la máscara se convierte en el centro gravitatorio de su existencia. Mr. Hyde gana la pelea y todos los superhéroes escogen ser mártires, sacrificar su bienestar personal para salvar el mundo.

A los guionistas de Marvel y DC les encanta poner en conflicto la vida privada de los héroes con su doppelgänger en mallas. Y siempre, pero siempre, y esto es algo que también se ha mantenido en las adaptaciones cinematográficas de forma consciente (porque es el mensajito que nos deja el tío Stan Lee) siempre se sacrifica la vida personal en favor de las tramas superheroicas. Nunca conviven, si no que además el héroe hace sacrificios en su deseo para poder cumplir algún objetivo crucial de su personalidad  heroica. ¿Cómo no iba a ser así si esos personajes se mueven en sistemas claramente capitalistas?

Y Ennis lleva esta idea a la barbarie con su Punisher, sobretodo en la etapa que aquí se publicó en la serie 100% Max de Marvel y que ahora ha comenzado a reeditarse en tomos. Se la cuela a los editores y nos introduce una idea que destruye no solo el American Way of Life que a toda costa nos venden, si no también nos pone de manifiesto la falsa moral de los superhéroes. Ya no es que Frank Castle sacrifique su vida personal o sus deseos en detrimento de su carrera profesional (delictiva, dirían muchos), si no que se convierte en un psicópata, en casi un asesino en serie siguiendo los postulados románticos del justiciero. Punisher castiga a mafiosos, asesinos, pederastas, políticos corruptos y demás parásitos de la sociedad, cruzando además la línea que otros como Lobezno o Batman nunca se atrevieron. El Castigador mata y es un criminal perseguido por las fuerzas del orden. Es decir, Punisher no tiene cabida ni siquiera en el universo Marvel.

De sobra es conocido el problema moral que plantea Frank Castle, sobretodo cuando se enfrenta a personajes tan moralistas como Daredevil, como hemos podido ver de forma un tanto infantil, plana, banal y muy poco carismática en la segunda temporada de la serie de este personaje. Garth Ennis solo puede convertir a Frank Castle en algo serio tomándoselo a risa. En sagas de la serie como La conjura de los necios o la de Ma Gnucci, Ennis desarrolla su teoría sobre el Castigador, convirtiéndolo a él mismo y a todos los superhéroes que hacen cross over en poco menos que caricaturas. Frank Castle no mata porque tenga un sentido del deber recto e inequívoco, si no porque es un adicto a la guerra y un asesino. La sombra del sueño americano. Se consigue aquí imprimir en el lector la idea de que el héroe existe porque existe un villano. En ese equilibrio entre el bien y el mal, las reglas de DC y de Marvel tienen sentido. Si los héroes cruzasen la línea y matasen a sus enemigos, cumplirían sus objetivos demasiado pronto y se convertirían en parias. Ya no servirían a la sociedad. Por eso mismo, los guionistas no dotaron a sus personajes con un sentido moral tan marcado por razones éticas, si no más bien por un sentido mercantilista: no quieren matar a la gallina de los huevos de oro. Si Batman matase al Joker,  dejarían de venderse cómics.

En ese sentido, Ennis lo tiene muy claro, y en el tomo que aquí han dado en llamar Nacimiento, Frank Castle hace un pacto, un pacto con una voz oscura representada en cartelas negras de texto blanco, una voz que entendemos pertenece a la muerte o a la guerra o al mismísimo diablo, una voz que le ofrece seguir viviendo una batalla interminable si él le ofrece su bien más preciado, en este caso, su familia. A continuación, podemos ver un extracto de este pacto en el tomo I, cuando un jovencísimo Capitán Frank Castle está a punto de morir en la guerra de Vietnam y ese ente sobrenatural lo salva a cambio de algo que tomará en un futuro no muy lejano. Veámoslo:

Con esa sonrisa afirmativa en medio de una barbarie goyesca, Frank Castle pone la primera piedra de Punisher. El origen de la guerra es el origen del Superhéroe.

Bajo una premisa de índole fantástica y mefistotélica, Ennis tiene bien claro que el superhéroe es un ser belicista, iracundo y violento. Como el tío Ethan de Centauros del desierto, está metido en el juego de lo salvaje y la sangre y no tiene cabida en la sociedad, se le ha negado un hueco en el confort del hogar. No puede tener familia ni amigos, su único sentido es el villano. Sin el villano, sería un héroe inútil. No nos engañemos: Batman o Daredevil no tienen moral. Son marionetas controladas por el hilo infinito que mueve la rueca del mercado. Se mantendrán en un impasse infinito con sus enemigos para seguir alimentando a las industrias culturales. Pero autores como Garth Ennis depositarán una pequeña semilla que nos revele las tramoyas de este sistema y, de la mano de personajes tan complejos como Castle, derrumbaremos mitos, prejuicios y demás lugares comunes a los que tan acostumbrados nos tienen. 

Militarizar al Superhéroe es la base narrativa de DC y Marvel después del fenómeno Civil War. Mark Millar ya lo hizo con sus Ultimates y convirtió a Logan en un asesino en El viejo Logan, tomando como base la teoría Punisher de Ennis. Pero Ennis lo hace desde el realismo, desde la postura antibelicista, no como Millar. Realismo antibelicista y antimilitaristas que ya vimos en otros superhéroes como Nick Furia o el Comediante de Alan Moore. Por eso mismo, más allá de Garth Ennis, ni DC ni Marvel tienen interés para mí, ni debería tenerlo para aquellos que consideren al tebeo como algo más que una industria. 

Por eso mismo, me cuidaré muy mucho de volver a hablar de alguno de sus personajes.

Publicado en Cultura y ocio