Aspiró el humo proveniente de la shisha, un elegante artilugio que consiguió en uno de sus viajes: el hartazgo le había hecho salir del apretado apartamento, le dijeron que encontraría maneki nekos, baratijas de acero, de importación china, ropa al estilo oriental, memorias USB con un ciento de películas que seguramente, para él, serían una muestra del déficit de originalidad en las nuevas generaciones, una… o dos fuera de esta crítica, dirigidas por viejos directores de cine quienes parecían proclamar un retiro próximo, así, sin declaraciones, como la llama de una vela extinguiéndose en plena oscuridad, asfixiándose poco a poco por la falta de oxígeno, en la cuadra siguiente; ladeándose para evitar ser atropellado por las motos que esquivaban los huacales y los muebles viejos, madera mohosa, como obstáculos en una prueba de manejo, recorrió todo el tianguis, nada suscitó su curiosidad. No fue sino en un museo – fotografías viejas, frascos de vidrio antiguos, navajas de la Revolución, piezas que tenían mucho más tiempo que él en este mundo, claro que era un museo, uno muy inusual – donde divisó, en una de las repisas superiores, un instrumento curvilíneo, marrón y con decoraciones caleidoscópicas de tonalidades rojizas y violáceas, unos toques de negro también; pareció susurrarle en el oído “llévame”. No estaba en venta. Partió en el vuelo de las 18:00 horas. En el Great Dimension, en el buró colocó su nueva decoración.

“¿Qué es lo que quieres? Te he reiterado unas diez veces que no lo se. Tal vez sean unas semanas, tú sabes lo que esto significa…” discutió por la línea telefónica, hizo una pausa en la que, con sus labios separados – como si hubiera terminado de pronunciar un intenso “no” – dio toquecitos en su cachete izquierdo. Halos de humo blanco suspendidos en el aire. Colgó.

La luces de la ciudad, destellos en sus ojos. Vislumbró en su brazo un mensaje parpadeante: “He llegado, baja.” Deslizó su mano a unos milímetros de sus vellos, con dirección a la punta de sus dedos, desapareció la pantalla virtual.

– ¿Y bien? Espero que me traigas mejores noticias de las que he recibido la última semana. – Mirada penetrante en el cuerpo de enfrente, recorrió desde sus talones hasta sus manos, se detuvo, desplegó sus parpados en sus ojos negros, le observó el rostro. – No tienes qué temer, nadie sabrá que has venido, los dejé en la habitación.

– No es eso…es sólo que…

– Ya capto el punto. Lo que sucede es que te doy una semana para ir a brincotear, esparcir alegría, decir que todo está bien. Porque todo está bien. – Se aproximó unos pasos. – Una semana… para que me ayudaras con un pequeño favor… – un paso más. – Puse mi confianza en ti…

– Yo no… no quería defraudarte, en serio… – Otra interrupción.

– Y regresas trayéndome esta clase de noticias… Si te hubiera pagado con software seguramente lo hubieras ido a regalar a los agricultores, porque parece que no sabes cómo funcionan las cosas. Y te las voy a explicar, seré conciso. Yo te pido un favor, uno chiquito y fácil, luego tú – su dedo índice se alzó indicándole que efectivamente se refería a su persona – vas y lo haces, sin fallos, por algo te pedí a ti que lo hicieras.

– Bueno, no logré cumplir, es decir, sabes que no es estúpido, la probabilidad conmigo era alta sin embargo no era segura, no hay una probabilidad de cien de cien con él…

– Debías haber hecho que fuera cien de cien, o no regresar.

Dio media vuelta, caminó hasta doblar en la esquina hacia la derecha, posteriormente gritó “quédate a reflexionar media hora, luego sube”.

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Fuentes consultadas:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Shisha_smoker.jpg#/media/File:Shisha_smoker.jpg
http://thebooksofthemoon.wixsite.com/thebooksofthemoon/single-post/2016/12/02/INSATISFACCI%C3%93N