Jugábamos póker en el piso 12 cuando pasó. Primero un ligero temblor de los vasos, los escaparates; luego, aquél estruendo de pesadilla. Jorge, el dueño de la casa, se abalanzó sobre uno de los estantes, que para él contenían los platos más finos. De pronto el resto ya no estábamos ahí. Salimos por la escalera de emergencia y dejamos a Jorge con sus platos. Luis iba adelante, yo lo seguía y a mí me seguía Diego.

Cómo escapar a un terremoto desde una situación semejante. Los segundos apremian, el tiempo es corto, la destrucción se apodera de la mente, una avalancha de escombros empujándonos hacia el suelo a la velocidad de la muerte. Mientras tanto bajamos uno, dos, tres pisos en una lucha constante contra el gigante de concreto que quería deshacerse de nosotros a como dé lugar. Luis hacía todo lo que podía, pero no era lo suficientemente rápido. Diego se desesperaba y no sé en qué momento no lo vi más. No sabía si saltó, o si el edificio lo empujó. Sólo se oyó un grito seco y corto y luego a Luis repitiendo cerrando los ojos: “No no no….”.

Decidimos no movernos más y nos agarramos como monos a los pasamanos. Yo imaginé que recogían mi cuerpo luego de dos meses de búsqueda, a mi familia inconsolable y lo más probable es que Luis pensara lo mismo. También pensé que si sobrevivíamos nos esperaría una triste labor con Diego. Hubo tiempo para todos los pensamientos. Fue un instante eterno.

Cuando todo terminó bajamos a buscar a Diego. Unas cuántas personas rodeaban lo que quedaba de un cuerpo que yacía boca abajo y antes de que pudiéramos abrirnos paso escuchamos una voz que venía de atrás.

  • Gracias por dejarme “amigos”.

Era Diego. Por ese primitivo instinto de proteger lo que es cercano, nos alegramos de que el cuerpo fuera de otro y lo abrazamos. Luego, con una mirada entre todos nos acordamos de Jorge, ese que amaba mucho sus platos. La sangre nos bajó a los pies y volvió a subir al instante cuando vimos que no se trataba de él. 

Y tristemente nos sentimos muy bien.

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