El plan de Scott contra Chapultepec constaba de dos partes principales: el bombardeo por medio de las baterías establecidas en su propio campo, y el ataque de su infantería para el oeste y el sur, en dos columnas compuestas principalmente de las divisiones de Pillow y Quitman, y cuyo avance sobre el centro de nuestra posición había de ser simultáneo. Habiendo aumentado mucho sus piezas de sitio con la captura de las nuestras en las jornadas del 19 y 20 de agosto, se propuso Scott economizar las vidas de sus soldados, prolongando el bombardeo hasta dejar casi destruidas nuestras fortificaciones y desmoralizados á sus defensores; y no poniendo en movimiento sus propias fuerzas de asalto sino para ocupar posiciones que pudiera considerar ya sustancialmente ganadas. A las tres de la mañana del 12, el mayor general Pillow avanzó de Tacubaya y tomó posesión de los Molinos, no defendidos por tropas mexicanas, y dispuso que una sección de sus tropas resistiera en caso necesario á las que se presentaban en los llanos del norte, sin pasar más adelante de un simple amago, y acaso fueron ó la división de Álvarez que entró esa tarde en México, ó la sección de Olaguibel que vino de Santa Fe á situarse en la hacienda de los Morales. El cañoneo y bombardeo bajo la dirección del capitán Huger comenzó temprano en la mañana del 12. “Sus diversos proyectiles, superiores á los nuestros, dice el general Bravo en su parte, no causaron grande estrago al principio, por lo incierto de los tiros; mas rectificadas después las punterías, el edificio sufrió notablemente, y la guarnición tuvo una baja considerable entre muertos, heridos y contusos, contándose en el número de los últimos al cumplido y honrado general don Nicolás Saldaña. Estos tiros sólo eran contestados por las tres piezas nuestras de batir, porque la otra se había inutilizado desde el principio, y aunque oportunamente se pidió una cureña á la Ciudadela, no me fué remitida.” Terrible había sido, en efecto, el fuego de las baterías norteamericanas que, según se dice, mantuvieron un proyectil en el aire, aprovecharon casi todos sus tiros, y no callaron sino hasta las siete de la noche. Ocupados en el servicio de nuestros cañones los artilleros, casi la totalidad de la guarnición de Chapultepec tuvo que sufrir de un modo pasivo el bombardeo, en los puntos que cubría. Las piezas del edificio de arriba destinadas á hospital de sangre estaban en la noche llenas de cadáveres y heridos. Bomba hubo que puso sólo ella fuera de combate á treinta hombres. Al cesar el cañoneo, el general Monterde trabajó con sumo empeño en reponer los blindajes y reparar en lo posible el daño causado en las fortificaciones. Santa Anna acudió á Chapultepec, principiado ya el bombardeo, y situó en las inmediaciones todas las fuerzas disponibles: á los pedidos de Bravo para que se le reforzara, se envió al bosque el batallón activo de San Blas, al mando de su coronel Xicotencatl; pero en la tarde fué mandado retirar, sin conocimiento de Bravo, quien al entrar la noche tuvo una conferencia con Santa Anna en la puerta del Rastrillo: díjole en ella que la guarnición del fuerte estaba espantada con el horroroso fuego que había sufrido todo el día, y que celebraría se la relevase con otra clase de tropa, pues aquélla había perdido completamente la moral, al extremo de que el batallón de Toluca había desertado casi todo. Santa Anna le contestó que no creía conveniente aglomerar tropas en la fortaleza, exponiéndolas á inútiles estragos, y que al amanecer, si el enemigo atacaba, reforzaría á Bravo con oportunidad. Dicho esto el general presidente retiró su reserva hasta la casa de Alfaro, dejando sin resguardo alguno la parte occidental de la posición mexicana, y á merced de las tropas de Pillow, como lo comprendió é hizo notar el general Bravo. Scott veía ya realizada la primera parte de su plan. Los desertores del castillo fueron en aumento durante la noche, y al amanecer sólo había en la cumbre poco más de doscientos hombres, “y aun esos pocos, dice el jefe del punto, desmoralizados por el fatal ejemplo de sus compañeros y por el de algunos oficiales, intentaban la fuga, hasta el grado de haber sido forzoso hacer fuego sobre varios que se descolgaban por las bardas del edificio.” A las seis de la mañana del 13, Bravo avisó por escrito al ministro Alcorta la deserción de la tropa y la necesidad de que se le auxiliara con otra clase de soldados, “pues de lo contrario la defensa de la fortaleza sería imposible, y su responsabilidad desde aquel momento debería considerarse á cubierto”; pero los auxilios no llegaron. Con la luz del nuevo día continuó el bombardeo, cuya cesación momentánea sería la señal de ataque para las columnas de Pillow y Quitman. Poco después de las ocho de la mañana Scott mandó avisar á uno y otro jefe que la señal iba á ser dada, y los asaltantes avanzaron expeditamente, mientras las baterías enemigas volviendo á continuar sus fuegos lanzaban por encima de su gente una granizada de balas, granadas y bombas sobre el fuerte y sus obras exteriores, de las cuales, según Bravo, se posesionaron los americanos sin gran obstáculo, por la escasez de nuestras fuerzas, disminuidas por la deserción, y tan desmoralizadas que ni aun obedecieron la orden que tenían de replegarse á la fortaleza en último extremo: “cercado el cerro completamente , el enemigo cargó sus mayores fuerzas por la parte oeste, que es la más accesible de él, y donde por tal motivo se habían construido unas fogatas, en cuyo secreto estaba el teniente de ingenieros don Manuel Alemán, que tenía el cargo de prenderles fuego cuando se le mandase. Pero este oficial, sin embargo de haberle prevenido terminantemente en los momentos de comenzar el ataque, que no se separase del lugar donde debía aguardar mis órdenes para desempeñar su encargo, no cumplió, y buscado en el momento crítico y preciso, no se le halló, quedando por consiguiente sin efecto las fogatas, y el enemigo sin este grande obstáculo para su avance.” Parece que cuando Alemán llegó al lugar en que estaban las mechas, le encontró ya invadido por el enemigo, circunstancia que no mencionan los partes oficiales.


Estado que manifiesta las fuerzas que defendían el fuerte Chapultepec en la mañana del 12 de setiembre de 1847, y su distribución en la noche del mismo día, víspera del asalto.


CUERPOS

HOMBRES

Batallón 10° de infantería

250

Id. de Querétaro

115

Id. de Mina

277

Id. de la Unión

121

Id. de Toluca

27

Id. de la Patria

42

Total

832

DISTRIBUCIÓN

En la flecha de la barda del bosque para su defensa y la del propio bosque

215

En el fortín que defendía el camino de Tacubaya

160

En el punto del norte, que cubría la barda del bosque por dicho viento

80

En la glorieta del ángulo de las rampas que conducen al edificio

92

En el punto de la derecha de la misma glorieta, con vista al bosque

42

En lo principal de la fortaleza

243

Total

832

Igual

555

NOTA.—El fuerte, además, estaba cubierto con dos piezas de artillería de á 24, un obús del mismo calibre, uno ídem de á 68, un cañón de á 8, tres de á 4, y dos obuses de montaña, dotadas todas las piezas con su competente número de artilleros.

Tacubaya, setiembre 14 de 1847.
Es
copia — Nicolás Bravo.

“Esta circunstancia por una parte, continúa Bravo, el crecido número de los enemigos por otra, y la falta de todo auxilio y del repliegue de las tropas que defendían los puntos avanzados, sembró el desaliento en los artilleros que no habían sido muertos ó heridos, y abandonadas las piezas, la confusión y el desorden se comunicaron á los muy pocos soldados que aun quedaban, sin bastar ningún esfuerzo para contenerlos y para hacer más costoso el triunfo al enemigo”. Desalojada la poca fuerza mexicana del bosque por el lado occidental, Pillow avanzó por un terreno abierto y recibió una herida mortal que hizo recaer el mando en su segundo, y fué necesario que se ordenase acudir á Worth con toda su división y á gran priesa, pues (según propia confesión del vencedor), de lo contrario se temía que llegase demasiado tarde. Por lo que á la segunda columna hace, Quitman dice: “Las fuerzas de asalto avanzaron como un torrente. Los mexicanos se mantuvieron en sus parapetos con rara firmeza. Por breve espacio de tiempo se luchó brazo á brazo, cruzándose espadas y bayonetas ayudando los rifles. Pero fué inútil la resistencia; las baterías y demás obras fuertes fueron tomadas, y el ascenso á Chapultepec por este lado (el camino de Tacubaya) quedó libre. En dichas obras cayeron siete piezas de artillería, mil fusiles y quinientos cincuenta prisioneros, cien de ellos oficiales, y entre éstos un general y diez coroneles… Al par de estos movimientos sobre nuestra derecha, los regimientos de voluntarios empezaron á subir la cumbre por el lado del Sur, y venciendo todo obstáculo llegaron á ella mezclados con las fuerzas de Pillow. Lado á lado en el asalto, las banderas de unas y otras fuerzas ascendieron á la altura, penetraron en el fuerte y llegaron al edificio del Colegio Militar, que corona dicha eminencia. Hubo aquí una corta pausa; pero presto la bandera de México fué abatida, y las estrellas y barras de nuestro país ondearon en lo alto de Chapultepec sobre los valientes que allí las enarbolaron. El regimiento de Nueva York reclama para su bandera el honor de haber sido plantada antes que otra. El general Bravo con muchos oficiales y soldados cayó prisionero en el castillo en poder del teniente Brower (del regimiento de Nueva York), quien me hizo entrega de sus personas”. Scott, en su parte general, dice que las fuerzas de Pillow “avanzaron lentamente bajo un fuego terrible de cañón y fusilería, el enemigo fué apresurada y sucesivamente desalojado de sus puntos no dándole su retirada tiempo de prender una sola mina, sin exponerse á hacer volar á amigos y á contrarios: los que á cierta distancia querían aplicar la mecha á los largos cebos, fueron muertos por nuestras balas. Al fin se llegó al foso y parapeto de la parte principal del punto; se aplicaron las escalas por las columnas de asalto, y los primeros atrevidos cayeron; pero luego se hizo pie; ríos de héroes ascendieron; toda oposición fué vencida, y varias banderas de regimientos ondearon sobre los más altos muros, entre prolongados vivas que sembraban el desaliento en la capital.” A la hora del asalto Santa Anna envió á Chapultepec el batallón de auxiliares de San Blas con su teniente coronel don Santiago Xicontecatl: sin poder ya llegar al castillo, jefe y soldados se batieron con desesperación en la falda y en la pendiente del cerro, hasta morir casi en su totalidad.

  ALUMNOS QUE MURIERON EN DEFENSA DE LA PATRIA EL 13 DE SEPTIEMBRE DE 1847

Juan Escutia, alumno; Fernando Montes de Oca, alumno; Juan de la Barrera, teniente; Francisco Márquez, alumno; Agustín Melgar, alumno; Vicente Suárez, alumno.  

Hé aquí los nombres de los treinta y siete alumnos:

Francisco Molina, Mariano Covarrubias, Bartolomé Díaz de León, Ignacio Molina, Emilio Laurent, Antonio Sierra, Justino García, Lorenzo Pérez Castro, Agustín Camarena, Ignacio Ortiz, Esteban Zamora, Manuel Ramírez Arellano, Ramón Rodríguez Arrangoitia, Carlos Bejarano, Isidro Hernández, Santiago Hernández, Ignacio Burgoa, N. Escontria, Joaquín Moreno, Ignacio Valle, Antonio Sola, Francisco Lazo, Sebastián Trejo, Luis Delgado, Ruperto Pérez de León, Cástulo García, Feliciano Contreras, Fran cisco Morelos, Miguel Miramón, Gabino Montes de Oca, Luciano Becerra, Adolfo Unda, Manuel Díaz, Francisco Morel, Vicente Herrera, Onofre Capeto y Magdaleno Ita.

Parte muy activa tuvo en la defensa del punto el Colegio Militar, y los últimos disparos fueron hechos por sus alumnos, pereciendo el teniente Juan de la Barrera y los subtenientes Francisco Márquez, Fernando Montes de Oca, Agustín Melgar, Vicente Suárez y Juan Escutia; y siendo heridos el subteniente Pablo Banuet, y los alumnos de fila Andrés Mellado, Hilario Pérez de León y Agustín Romero. Quedaron prisioneros con el general Monterde, director del Colegio, los capitanes Francisco Jiménez y Domingo Alvarado, los tenientes Manuel Alemán, Agustín y Luis Díaz, Fernando Poucel, Joaquín Argaiz, José Espinosa y Agustín Peza y los subtenientes Manuel Poucel, Ignacio Peza y Amado Camacho, con el sargento Teófilo Nore, el cabo José Cuellar, el tambor Simón Álvarez, el corneta Antonio Rodríguez y treinta y siete alumnos de fila. ¡Noble y heroica juventud que como primicias de su patriotismo ofreció á México la libertad, la sangre y la vida! exclama Roa Barcena. El general Santa Anna acudió con su reserva á las inmediaciones del bosque: algunas secciones al mando de Rangel, Peña y Lombardini se tirotearon más ó menos con el enemigo, pero sin hacer cosa de positivo resultado. Sobraron en cambio alientos al general presidente para insultar á los heroicos defensores de Chapultepec, diciendo de ellos… “comencé á advertir que el fuerte de arriba no hacía el fuego que era de esperar de su guarnición, y poco después vi con sorpresa que en grandes pelotones descendían huyendo, y abandonaban cobardemente sus parapetos, que sólo de esta manera pudiera el enemigo haber ocupado fácilmente. Tan infame conducta me puso en el mayor conflicto, pues ocupadas las alturas de Chapultepec por el enemigo, las fuerzas de abajo quedaban enteramente expuestas á ser asesinadas con impunidad, y para evitarlo no quedó otro recurso que emprender la retirada para las garitas Belén y Santo Tomás. Así lo ordené en medio de la mayor desesperación”. Esto decía quien sin atender las reiteradas súplicas del general Bravo para que se le enviasen refuerzos, dejó en casi absoluto abandono á los defensores de Chapultepec: ya hemos visto por los partes de los generales enemigos que no se portaron aquéllos cobardemente, como dijo el general Santa Anna, quien no cuenta en verdad con otra victoria sobre extranjeros que la muy ponderada de Tampico. Santa Anna pareció olvidar que la retirada de sus fuerzas y de su misma persona no habría sido posible, sin la prolongada y meritoria defensa que parte de la guarnición hizo del hornabeque del puente de Chapultepec, conteniendo hasta última hora á la columna de Quitman.

RECUERDO DE LA GUERRA CON LOS ESTADOS UNIDOS

TROFEOS Y MONUMENTOS EXISTENTES EN MÉXICO

Las banderas que figuran en este cuadro fueron tomadas al ejército americano en varias acciones, y se conservan en la maestranza de artillería de México

Ocupado el castillo, Scott dejó en Chapultepec parte de la división de Pillow, y queriendo aprovechar la confusión y el desaliento producidos en México por su victoria, hizo avanzar sobre la capital la columna de Worth, hacia el norte, por las calzadas de la Verónica y San Cosme, y la columna de Quitman, hacia el oriente, por la calzada de Belén, aumentando cuanto pudo las fuerzas de ambos jefes, con especialidad las de Worth, pues creyó oportuno hacer de la garita de San Cosme el punto principal del ataque, y acometer á la de Belén únicamente para dividir la atención de la plaza. Cubriéndose tras los arcos del acueducto, Quitman avanzó sobre el parapeto que en el puente de los Insurgentes atravesaba y defendía la calzada, le tomó no sin obstinada resistencia, y prosiguió hacia la garita, bajo el fuego terrible de fusil y cañón que le hicieron los nuestros, que al fin se vieron obligados á retirarse, quedando entre una y dos de la tarde en poder de los americanos el mencionado punto de Belén. Hablando de la defensa de esta garita, el señor Balbontín dice: “Los ingenieros habían construido los parapetos precisamente debajo de los grandes arcos que formaban la portada: el enemigo, que lo observó, en lugar de dirigir el fuego de sus cañones contra la fortificación, lo dirigió á la clave de los arcos, produciendo con esto una lluvia de grandes piedras, que caían sobre los defensores del punto, ya batidos por la fusilería. La garita fué, pues, abandonada después de una considerable resistencia, y la tropa que la defendía se replegó á la Ciudadela. Una de las víctimas de la imprevisión de los ingenieros fué el jefe de división don Rafael Linarte, que mandaba la artillería de aquel punto y que murió á consecuencia del golpe de una enorme piedra que le cayó encima. Posesionado el enemigo de la garita, comenzó desde luego á hacer fuego de cañón sobre la Ciudadela. El coronel graduado, teniente coronel don José María Castro, salió de ella al frente de una columna, y dirigiéndose por los arcos de Belén, avanzó sobre la garita; pero la fuerza que mandaba no era suficiente para semejante empresa, en un ataque aislado, pues el enemigo se había establecido sólidamente en su conquista; después de una reñida acción, tuvo Castro necesidad de replegarse á la Ciudadela.” Santa Anna tomó muy á mal el abandono de la garita de Belén, y reprendiendo por ello al general Terrés cometió la indignidad de cruzar á este veterano la cara con dos ó tres latigazos, le arrancó la espada y las divisas y le previno que quedara arrestado. Terrés sufrió en silencio, en aquel momento, la atroz injuria, y encomendó su desagravio al tiempo y al consejo de guerra, que le absolvió de toda culpabilidad en su abandono de la garita en cuestión. No fueron más afortunados los defensores de la garita de San Cosme, de la cual, tras una resistencia de algunas horas, se apoderó el general Worth. “Al caer la tarde, dice Balbontín, los americanos eran dueños de todo el barrio de San Cosme, hasta la plazuela de San Fernando, en donde situaron un mortero, con el que durante la noche dispararon algunas bombas. A consecuencia de las continuas desgracias que habían caído sobre el ejército, se hallaba quebrantada su moral; y como se había omitido fortificar el interior de la ciudad, donde la defensa podía hacerse con mayor energía y más probabilidades de éxito, el general Santa Anna no creyó conveniente continuar la resistencia.”

Tomó esta decisión en una junta de guerra que reunió en la Ciudadela á las ocho de la noche de aquel infausto día de setiembre: en ella “se deploró, dice Santa Anna, la situación á que nos había reducido la desobediencia de unos, la cobardía de otros y la inmoralidad en general de nuestro ejército, de manera que no había que esperar mejor conducta: también se hizo ver en él, que las continuas revueltas, nuestra desorganización social y el mal sistema de reemplazarlo, habían influido mucho en aquel mal, á la vez que por nuestra escasez, los soldados no eran atendidos con lo que les pertenecía, como puntualmente aconteció en aquel día, que no habían probado alimento: que en cuatro anteriores se les debían los socorros y no se sabía si para el siguiente tendrían que comer. Se manifestó igualmente la escasez de municiones para poder sostener un día más el combate, las pocas fuerzas que habían quedado, y, últimamente, que reducidos al solo recinto de la Ciudadela, era consiguiente que el enemigo apuraría sus proyectiles, y no sería posible permanecer en ella un par de horas: que ocurrir á los edificios de la ciudad sería comprometerla sin esperanzas de un buen suceso, cuando el pueblo, con pocas excepciones, no tomaba parte en la lucha. Estas y otras reflexiones se tuvieron presentes para resolver, como se acordó unánimemente, que á la madrugada se evacuaran la Ciudadela y edificios inmediatos, y que la artillería, municiones y tropa se situaran en la ciudad de Guadalupe Hidalgo, todo á las órdenes del general Lombardini, como se efectuó. Los cuerpos de caballería que estaban en la capital, recibieron orden de estar también á la madrugada en la ciudad de Guadalupe, para incorporarse á la división de caballería que allí se hallaba con el general Alvarez.” Cerciorado el ayuntamiento de que estaba resuelto el abandono de la capital, acordó á las once de la noche despachar una comisión al jefe enemigo pidiéndole garantías para la ciudad, protestándole que lo hacía obligada por la necesidad, y no porque en su ánimo estuviese someterse voluntariamente á otras autoridades que no fuesen las puramente nacionales: influida por su patriotismo, la corporación municipal pretendió que Scott no entrase en México sino previa una capitulación, que ni en principio ni por sus términos podía prestarse á celebrar el jefe enemigo, con una ciudad completamente desarmada, desde el momento en que la abandonó Santa Anna con tanto sigilo y cautela en la huida, que los americanos se enteraron de ella sólo cuando los vecinos de la capital lo pusieron en su conocimiento. Scott manifestó, por tanto, al ayuntamiento “que no firmaría capitulación alguna: que la ciudad había estado virtualmente en su poder desde la hora en que Worth y Quitman el día antes tomaron las garitas; que sentía la silenciosa fuga del ejército mexicano; que impondría á la ciudad una contribución moderada para objetos especiales; y que el ejército americano no entraría bajo otras condiciones que las que él mismo se impusiera; es decir, las que su propio honor, la dignidad de los Estados Unidos y el espíritu del siglo exigieran é impusieran á su propio juicio.” La comisión del ayuntamiento había salido de México á la una y media de la madrugada del 14, y se presentó á Scott, según éste, como á las cuatro. Concluida la entrevista, Worth y Quitman recibieron orden de avanzar hacia el centro con precaución; y á las siete de la mañana del martes 14 de setiembre de 1847, el capitán Roberts, del regimiento de Rifleros, enarboló en el Palacio Nacional de México la bandera de los Estados Unidos, entre los saludos entusiastas de las tropas de Quitman, que inmediatamente tomó posesión del edificio, haciendo cesar el saqueo de que era objeto.

Dice una relación contemporánea:
“El Palacio y casi todos los establecimientos públicos han sido salvajemente saqueados y destrozados, aunque debo decir en obsequio de la justicia que la señal la dieron nuestros indignos léperos. Cuando el enemigo entró en Palacio ya estaban destrozadas las puertas y saqueado. Al tercer día se vendían en el Portal el dosel de terciopelo galoneado, en cuatro pesos, y los libros de actas y otros, en dos reales. El infame y eternamente maldecido Santa Anna nos abandonó á todos, personas y cosas, á la merced del enemigo, sin dejar ni un centinela.”

A las ocho de la misma mañana llegó el general Scott á la Plaza de Armas, aclamado y vitoreado por los suyos. Desde las seis había aparecido en las esquinas una proclamación del ayuntamiento anunciando la ocupación pacífica de la capital por el enemigo, y excitando al vecindario á conservar una actitud digna y tranquila: pero ese pueblo de quien Santa Anna decía que con pocas excepciones no tomaba parte en la lucha, y en ello se fundaba como en una de tantas razones, para huir de la ciudad, no hizo caso alguno de tal excitativa, é indignado al ver ondear en el Palacio la bandera de las barras y las estrellas, por un impulso espontáneo rompió sobre los invasores fuego graneado de fusil desde las esquinas de las calles, y desde las puertas, ventanas y azoteas de algunas casas: todo aquel día 14 y el siguiente, el pueblo continuó batiéndose, sin dejarse intimidar por el enemigo, que esparció su infantería por todas las calles y mandó hacer fuego con obuses y hasta con piezas de sitio, sobre las casas de donde salían los disparos. Scott mandó que fuesen voladas, lo que no se hizo porque la pólvora estaba almacenada en Chapultepec; pero según los mismos jefes enemigos, multitud de casas fueron abiertas á hachazos, y fusilados sus vecinos sin más formalidad. “No era tiempo de medidas medias, dice Worth, y muchas personas inocentes sufrieron incidentalmente en el castigo que tuvimos necesidad de aplicar á los salidos de las cárceles; la responsabilidad pesará sobre el bárbaro y vengativo jefe que en tal necesidad nos puso.” Worth creyó que Santa Anna, antes de dejar la ciudad, había dado suelta á los presos de las cárceles y armándolos para que hicieran con los americanos lo que su ejército no había podido hacer. Pero el jefe enemigo no fué exacto: no eran los criminales de los presidios, sino el pueblo en general quien atacó en aquellos dos días á los invasores. Por censurable que el acto se estime, es posible disculparle sin llamar presidiarios á sus ejecutores. Las nuevas excitativas del ayuntamiento invocando la tranquilidad y la seguridad común, y más que todo el convencimiento de que este desahogo de la indignación no podía pasar de tal desahogo, hicieron cesar las hostilidades del pueblo, pero no por eso dejó de seguir haciendo guerra sorda al invasor. Don Fernando Ramírez dice en un manuscrito que poseemos: “La guerra pública terminó desde el tercer día de la ocupación, mas no la privada que presenta un carácter verdaderamente espantable. El ejército enemigo merma diariamente por el asesinato, sin que sea posible descubrir á ninguno de sus ejecutores. El que sale por los barrios ó un poco fuera del centro, es hombre muerto, y me aseguran que se ha descubierto un pequeño cementerio en una pulquería, donde se prodigaba el fatal licor para aumentar y asegurar las víctimas. Siete cadáveres se encontraron en el interior del despacho, mas no al dueño. Me aseguran que se estima en trescientos el número de idos por este camino, sin contar los que se llevan las enfermedades y las heridas. Hará cinco días que pasó por casa el convoy fúnebre de cuatro oficiales á la vez, conducidos en dos carros”. Sabidas por Santa Anna aquellas hostilidades é invitado por algunas personas de México á contramarchar en auxilio del pueblo, situó algunas fuerzas en la calzada de Guadalupe y garita de Peralvillo; pero pareciéndole que el movimiento popular carecía de importancia se retiró, sin haber hecho más que lancear á algunos soldados enemigos en los barrios extremos: mas eso sí, jugando siempre su papel, dirigió el 15 desde Guadalupe un extrañamiento al alcalde Reyes Veramendi y á los concejales, amenazándolos con tratarlos como á traidores si contribuían á enervar el entusiasmo de los ciudadanos, y ordenando que se disolviera el ayuntamiento antes que facilitar víveres ni auxilio alguno á los enemigos. Después de haber abandonado la ciudad al enemigo, sin procurarle ni la más leve garantía, se mostraba indignado de que la corporación municipal supliese á este olvido que ningún jefe de plaza debe cometer para con los habitantes inermes. “Justo es confesar, dice Roa Bárcena, que en tan terribles circunstancias Scott dio pruebas de serenidad y acierto, y que el fondo de su carácter humano se reveló en sus actos. Por grandes que hayan sido para la capital las pérdidas y desgracias en los días 14 y 15 de setiembre, hay que reconocer que cualquiera otro ejército extranjero, ó este mismo á las órdenes de otro jefe menos reposado y bondadoso, las habría causado mucho mayores. Por otra parte, una vez tranquilizada la ciudad, cesaron las medidas de rigor, y el caudillo norteamericano no pensó en escudarse con las hostilidades de que había sido blanco su gente, para dejar de otorgar ó para disminuir las garantías ofrecidas á la corporación municipal.”

Componíase el Ayuntamiento del alcalde don Manuel Reyes Veramendi; de los concejales don Juan María Flores y Terán, don Vicente Pozo, don Lucio Padilla, don Rafael Espinosa, don José Urbano Fonseca, don Agustín Díaz, don José María Bonilla, don Mariano de Beraza, don Juan Palacios, don Pedro Tello de Meneses, don Leandro Piñal, don Mariano de Icaza, don José Mariano Aguayo, don José María Zaldívar, don Antonio Balderas, don Antonio Castañón y don José María de la Piedra, y del oficial mayor don Leandro Estrada.
T. IV.— 88.

Scott se hospedó en la casa número 7 de la calle del Espíritu Santo; nombró al general Quitman gobernador civil y militar de la ciudad; dispuso que los tribunales ordinarios del país continuasen administrando justicia; que la policía se siguiese ejerciendo por los mexicanos; acuarteló sus tropas en los rumbos de San Cosme, San Lázaro, Peralvillo y San Antonio; declaró que la capital, sus templos y culto religioso, sus conventos y monasterios, los habitantes y sus propiedades quedaban bajo la salvaguardia de la fe y el honor del ejército americano; é impuso una contribución de ciento cincuenta mil pesos, que sería pagada en cuatro semanarios de treinta y siete mil quinientos, encargando especialmente de su recolección y pago al ayuntamiento, que para cumplir con ello, contrató un préstamo de igual cantidad con don Juan Manuel Lazquiei y don Alejandro Bellangé, hipotecándoles todas las rentas del Distrito. La misma corporación municipal tuvo á su cargo la aduana, el correo, la renta del tabaco y las contribuciones directas.

Según el general Scott, había salido de Puebla el ejército americano con un efectivo de diez mil setecientos treinta y ocho soldados, que aumentado con la oficialidad, estados mayores, cuerpo médico y demás servicios militares debió exceder de doce mil hombres. En Churubusco presentó en combate ocho mil novecientos cuarenta y siete, deducida la guarnición de Tlalpan, los enfermos y los heridos. En Molino del Rey tres mil quinientos veintiuno. En los días 12 y 13 de setiembre, siete mil ciento ochenta. En la capital entró con seis mil hombres, deducidas las guarniciones de Tacubaya y Chapultepec. El total general de sus pérdidas en el Valle de México, entre muertos, heridos y dispersos ascendió á dos mil setecientos tres hombres, inclusive trescientos ochenta y tres oficiales. Este último dato basta para hacer ver aproximadamente cuál fué la resistencia que México opuso á la invasión. Según el mismo Scott, en la campaña del Valle tuvimos más de siete mil muertos y heridos: se nos hicieron tres mil setecientos prisioneros, la séptima parte de ellos oficiales, inclusive trece generales; y perdimos más de veinte banderas y estandartes, setenta y cinco piezas de gruesa artillería, cincuenta y siete de campaña, veinte mil armas de mano é inmensa cantidad de municiones. Roa Barcena dice: “Para terminar, respecto de esta campaña del Valle, consignaré ó repetiré que, á juicio de las personas entendidas en el arte de la guerra, el plan de defensa fué acertado, no obstante el número relativamente escaso de las tropas que iban á realizarle; y que su mal éxito se debió principalmente: 1°, á la facilidad dejada al enemigo, de dirigirse del Oriente al Sur esquivando el Peñón, la mejor fortificación nuestra y en cuyo ataque es creíble que fracasara: 2°, á la insubordinación de Valencia que se atrincheró en Padierna con la división que debió quedar expedita para cargar sobre la retaguardia del enemigo al embestir éste cualquiera de nuestros puntos: 3°, á la inacción de Santa Anna en el mismo campo de Padierna con su división de reserva, que, ya que los papeles se invirtieron, debió atacar á todo trance á Scott por su retaguardia ó de flanco, convirtiéndose en auxiliar eficaz de la división del Norte, para evitar su destrucción y derrotar probablemente al contrario. La ocasión única de ello se perdió allí por desgracia. El triunfo que en Molino del Rey se obtuviera, si cargara la caballería en el instante oportuno, no habría podido ser tan importante ni decisivo como el que debió obtenerse el 19 de agosto”.

Don Manuel Balbontín hace las siguientes reflexiones acerca de esta guerra: “Se nota desde luego en la mayor parte de las batallas, poco tino para escoger y ocupar posiciones, ningún cuidado para preparar la retirada en caso necesario, y gran negligencia para asegurar y defender los flancos y evitar que el enemigo los envolviese con facilidad, como varias veces sucedió. Estas eran las causas de que algunas derrotas fuesen tan desastrosas. Es digno de notarse que en la única parte en donde se tomó la ofensiva, que fué en la batalla de la Angostura, los resultados fueron favorables. Exceptuándose este único caso, en toda la campaña estuvo el ejército á la defensiva absoluta, sistema reputado como el peor que se puede seguir. En cuanto á la estrategia, se la olvidó completamente, pues no se observó más regla que presentarse al enemigo de frente interceptándole el paso. También se descuidó el organizar la guerra en el terreno que quedaba á la espalda del enemigo y á los lados de sus líneas de operaciones; cosa de la mayor importancia en las guerras defensivas, y que tan buenos resultados produjo en Rusia, en España y en Portugal, cuando estos países fueron invadidos por los ejércitos de Napoleón. Es verdad que entretenidos nosotros con las frecuentes revoluciones, que se sucedían periódicamente, poco ó nada nos ocupábamos en estudiar y preparar un sistema de defensa, y que la invasión nos sorprendió por completo, porque la mayor parte de los mexicanos no creyó que tal guerra pudiese venir. Un orgullo nacional mal entendido y un desprecio inconsiderado de nuestros vecinos, contribuyeron también á asegurarnos en nuestra indolencia. Por otra parte, el estado militar de la República era deplorable; el ejército no llegaba, al comenzar la guerra, á doce mil hombres, esparcidos en una vastísima extensión: el armamento, la caballería, y, en general, todo lo concerniente al ejército, se hallaba envejecido y deteriorado por el uso, sin que en muchos años hubiese sido relevado, y en cuanto á nuevos sistemas usados en otros países, solamente teníamos noticias. No existían arsenales ni depósitos de ninguna clase, de manera que las pérdidas sufridas en la guerra era imposible repararlas. Los doce mil hombres del ejército, reemplazados constantemente, y ayudados por batallones de auxiliares y de guardia nacional, que en escaso número se levantaron, fueron los únicos elementos con que la nación sostuvo una lucha en extremo desigual, para la que no estaba preparada. Hay que añadir que la Hacienda pública se hallaba completamente exhausta. La lección recibida ha sido demasiado dura, y seremos muy dichosos si nos aprovechamos de ella.”

[Fuente: México a Través de los Siglos, Tomo IV: México Independiente por Vicente Riva Palacio & Enrique Olvarría y Ferrari]

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