Sale / Shutterstock

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Querida madre treinteañera,

Te veo en el supermercado, en el parque infantil. Te veo dejando a los niños en el colegio, el metro y los restaurantes con zona infantil. A veces tú también me ves a mí, intercambiamos una sonrisa fugaz, ponemos los ojos en blanco y compartimos un momento de apoyo mutuo. Normalmente no sueles verme, pues vas corriendo detrás de tu hijo por los pasillos del supermercado, cuidando que el columpio no suba más de lo debido, regañándole por haber pellizcado a su hermano, buscando una toallita húmeda en el bolso o limpiado los restos de refresco que ha derramado.

Si hay una metáfora que ejemplifique lo que es ser madre a los 30, debe ser esta. Hace unos días fuimos a la piscina pública. Ahí estamos -cumpliendo todos los estereotipos que un día juramos que no haríamos-, con el agua por las rodillas en la piscina de niños, sin quitarle el ojo a nuestros pequeños y encantadas con todas sus payasadas. Aunque vayamos en pareja o con otro grupo de madres, nuestras conversaciones suceden a golpes. No podemos relajarnos. Nuestra atención se centra exclusivamente en nuestros hijos. Estamos cansadas, distraídas. Nuestro cuerpo es un tanque enfundado en un bikini y lleno de cicatrices de guerra; ya no es lo que solía ser.

No muy lejos de nosotras podemos encontrar a las brillantes veinteañeras ojeando una revista, charlando con sus amigos y visitando Facebook entre el chasquido de los selfies en su iPhone. Están descansadas. Están tonificadas. Son ajenas a todo lo que les depara el futuro y ni siquiera nos ven. Y si lo hacen, juran que nunca serán como nosotras. No pasa nada, hemos estado en su lugar y sabemos demasiado como para ofendernos.

Está claro, pensarás que ya no nos cuidamos como antes, pero no. Lo que pasa es que tenemos a gente más importante que cuidar. Tenemos niños pequeños y nosotras hemos dejado de ser la prioridad. Dormiremos, o no, según los horarios de nuestros pequeños y/o nuestros recién nacidos, o la combinación de ambos. No nos lavaremos el pelo con la frecuencia que nos gustaría.  ¿Abdominales?, ¿qué abdominales? No paramos de limpiar narices, cacas y suciedad. Cocinaremos durante todo el día y no nos levantaremos de la mesa hasta que el último haya comido, al menos, una cucharada de guisantes. Pasaremos varias horas a la semana arrodilladas junto a la bañera y releeremos, una y otra vez, su cuento preferido sentadas en el borde de sus camas. Dominaremos el lenguaje propio de La patrulla canina, La princesa Sofía, Peppa Pig y otros, utilizando sin vergüenza a sus personajes en nuestras amenazas y sobornos, o directamente como canguros digitales para conseguir darnos una ducha. Nos encontraremos negociando con terroristas a pesar de que juramos que no lo haríamos. Haremos caso cuando nos digan “cógeme”, “más”, “no quiero”; y responderemos eso de “¿cuál es la palabra mágica?”, más veces al día de lo que creíamos posible. Treinta y tantos. Nada fácil, y es la pura verdad.

Pero hay otra verdad. Allí arriba, tras las brillantes veinteañeras, están las mujeres de cuarenta y tantos. Ellas también están descansadas. También están tonificadas. Están solas, leyendo un libro tranquilamente. Ellas sí nos ven; y son simpáticas, pero también algo presumidas. Han estado  donde estamos ahora nosotras, han pasado por lo mismo y saben que no dura eternamente. Par muchas madres los cuarenta son el Santo Grial, algo bueno que está por venir. La década en la que podemos volver a recuperarnos a nosotras mismas.

No es que desee que esta etapa pase rápido. Aunque a veces los treinta y tantos son como una especie de borrón, hay muchos momentos mágicos. Nunca más sentiré una dulce mejilla pegada a mi pecho en mitad de la noche, ni veré cómo unos bracitos me buscan tras una caída. El delicioso olor a bebé y conjuntar su ropa con esos zapatitos brillantes. Los paseos empujando el cochecito y leer cuentos en la cama con un niño acurrucado en cada brazo. Escuchar “quiero con  mamá” o “¿me ayudas?“.

Se acercan los cuarenta, y van a ser una gozada, pero no dejes que lleguen demasiado rápido. Si voy a dejar de pensar en mí misma durante una década, la maternidad es una buena razón para hacerlo.

Con cariño,

Catherine.

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Fuente: Littles Love and Sunshine

Artículo traducido y adaptado por La Voz del Muro

Publicado en Familia