Podría decirse que nosotros, como espectadores de ficción, vivimos en un bucle de tiempo infinito. Algo así como Bill Murray en El Día de la Marmota. Leemos y vemos lo mismo una y otra vez; somos como depredadores voraces, que a menudo desechamos lo único y original en favor de las adaptaciones, de los remakes y de las secuelas. En fin, echemos un vistazo a nuestro alrededor: ¿cuántas películas, cuántos juegos y cuántas series son un lavado de imagen? El Señor de los Anillos, las adaptaciones de cómics Marvel o DC, los juegos de Zelda y MarioSPOILER: al final terminan secuestrando a la princesa-… Y eso solo por nombrar los más evidentes. ¿Nadie vio la esencia –y algo más- de Ghost in the Shell con The Matrix?

Sin embargo, esto no es necesariamente algo malo. De hecho, es solo culpa nuestra. Al fin y al cabo, el mercado audiovisual se mueve por la misma máxima que cualquier otro tipo de mercado: oferta y demanda. Esta escasez de ideas en Hollywood no hace más que explotar una debilidad nuestra. Ya lo dijo Alan Moore, el padre de historias como V de Vendetta o Watchmen, cuando precisamente los mandamases de Warner se le acercaron para negociar la adaptación de ese último cómic: “¿Vuestros mejores guionistas van a contar otra vez algo que yo escribí hace veinte años? Pues vaya m**** de guionistas”. Nos encanta escuchar la misma historia una y otra vez. Y eso está bien. Queremos que Bond se lleve a la chica, que Sherlock resuelva el caso y que Flash sea el más rápido. Y si no nos dieran lo que queremos, eso nos frustraría. Aceptamos ese contrato no escrito con aquello que vamos a ver, y lo disfrutamos como enanos. El problema viene cuando nos cambian ese contrato.

¿A qué me refiero exactamente? A las adaptaciones que han llegado recientemente a la televisión. Concretamente a dos: The Walking Dead (original del cómic) y Game of Thrones (la saga de novelas).

Si seguís ambas, o alguna de las dos, tenéis buen gusto. Ahora bien, ambas historias tienen algo que las distingue de otras versiones contadas hasta la saciedad; buscan siempre sacarnos de nuestra zona de confort, y así, rompen ese contrato no verbal del que hablaba antes. Con lo fácil que era antes hacer spoilers… ¡tan solo había que leerse la obra original y listo! Pero como siempre, ese ente llamado internet terminó por cambiarlo todo. La accesibilidad a los destripes era total, y las cadenas en cuestión (AMC y HBO, respectivamente) se las tuvieron que ingeniar para desviarse levemente de la trama original. Ahora las cosas ya no sucedían exactamente de la misma forma. Había personajes que podían existir en un medio, pero en televisión no, y al revés. Y es que, ¿qué ocurriría si finalmente el serial alcanzaba a los acontecimientos narrados en la obra madre?

A estos y a otros problemas han tenido que enfrentarse los showrunners de TWD y GoT, con éxitos dispares. Y es que, lejos de comparar ambas series en cuanto a calidad y centrándonos más bien en lo que las hace buenas adaptaciones libres, la gran perjudicada parece ser Game of Thrones.

¿Qué futuro aguarda ahora a las novelas de George R.R. Martin? ¿De veras a alguien le araña la espera como cuando se publicó Tormenta de Espadas? El problema de fondo es, una vez más, ese dichoso contrato. Y es que a mí me encanta ver algo predecible, si estoy dispuesto a ello. Pero cuando muerdo el anzuelo de un producto fresco y nuevo, que me promete constantes giros, y cuando se disipa el polvo hasta quienes no ven el show saben de antemano quienes son los padres de Jon Snow, entonces tenemos un problema.

Y es que, al final, la expectativa lo es todo. Y por desgracia, GoT ya ha perdido esa sensación de sorpresa constante. Se enorgullecían de que “cualquiera” puede morir. No señores. Daenerys no puede morir. Jon no puede morir –otra vez-.

De Rick no puedo decir lo mismo.

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