Imagen cortesía de Rumbo artwork (comic “Mi nombre es muerte”).

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A veces, cuando florecen los cardos, viene la muerte a visitarme. Llega cuando empieza la primavera y se va el primer fin de semana de otoño. Es un ente tranquilo, melancólico a ratos, y lleva una mirada de abismo cargado de culpas. Habla con tono suave, remojado en caramelo. Cada vez que suspira el aire parece impregnarse de chocolate, como si tratara de dulcificar su tierna agonía. No sé si es hombre o mujer y la verdad no me interesa, solo sé que está enamorada, que desde que llegué aquí, una niñita morena ha mantenido cautivo su corazón ausente.

Le gustan los cardos. Dice que es por las flores, pero yo sé que es porque son lo único que no perece en sus manos. Durante el verano, cuando la planta ha muerto por la sequia, se dedica a recolectar esa pelusa blanca que otrora fue purpura.

La carga toda en las faldas de su túnica negra, se sienta a mi lado y la deja ir de a poco por las noches. Junta sus manos y murmura cosas, llenando cada semilla con un mensaje especial. Son para ella. Para ver si se da cuenta de su existencia, para decirle que tenga cuidado o recordarle que es especial.

Me gusta verla mandando cartitas, porque solo ella comprende la verdad del amor. Porque ha tenido múltiples oportunidades para llevársela consigo, y sin embargo no quiere mermar su existencia.

Hace un par de temporadas que no la veo, tal vez por fin se la ha llevado consigo, o quizá el dolor terminó por consumir sus huesos, quien sabe. Yo la espero donde siempre, junto a los cardos, y cada vez que puedo recojo la pelusa para mandarte cartas. Me gusta pensar que las has leído, que la semilla se posa suavemente sobre tu nariz y te cuenta todas esas cosas que no te dije nunca. Que lo siento, que te extraño, que espero me sigas visitando en el hospital. Te he prometido que volveré a tu lado, pero no sé si despertaré algún día. Espero que sí, y cada día estoy más impaciente por la ausencia de Muerte, pues solo ella puede ayudarme a volver.

Este verano he usado todas sus cartas, pues nuevamente no ha venido. Esta es la última.

Sigo esperándola, aunque sé que no volverá. Después de todo, nadie ha muerto este último año y hace días que siento un halito de chocolate.

Publicado en Relatos