En el reverso de tus parpados hay heridas recién caídas, pétalos inundados de la lluvia, una lluvia que no nos hizo saber que llovía, pues mientras las gotas golpeaban la tierra con un propósito imperceptible, en los cielos, las oscuras nubes se deshacían en la lava del atardecer… ¿ Y es qué acaso no lo notamos? Se ocultaban, era su voluntad.

La paradoja camuflada en un paisaje que nadie ha visto o que quizás, nadie recuerda.

Hago memoria. De un día para otro, el otoño me abandona y sigo cayendo de la copa de los árboles, de copa en copa, rebosantes de riesgo, como si fuera la sangre perdida en un duelo, donde solo, lucho en contra de la espada empuñada por mi propia mano. Enfrentarse a esa dualidad obligatoria, de ser dos personas en un cuerpo por el terror que produce la inminente soledad.

Soy yo quien se maldice con silencio. Soy yo quien se bendice en las palabras.

Las ramas estarán vacías, húmedas para las bocas sedientas, y la hojarasca de las calles se convierte en la cama de las estaciones, que mueren entre medio de los días y las noches en mi lecho interior. 

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