La tierra de los muertos vivientes

Entre los días 14 de Julio y 12 de Octubre del 2020, una ciudad Americana fue reportando una oleada de desapariciones transitorias de seres humanos. Las estadísticas aportadas a las Naciones Unidas eran desconcertantes. Y más incomprensible era lo que sucedía al encontrar la persona desaparecida. Las experiencias narradas por los humanos que dieron con los otros que se hallaban perdidos en exhaustivas entrevistas, y las formas en las que coincidían, eran alarmantes.

Marina Garván, de 19 años, hija de José Garván y Lucía Lalsij, halló, en misteriosa situación, a su padre, el pasado 10 de Julio del corriente año, como “chupando” (entiéndase, como introducido en su boca) el cable de la plancha al que, él mismo, habría cortado del resto del aparato con los dientes.

Román Alñada, de 38 años, tiene una historia tan o más dramática. Encontró a su madre, tras 10 días de búsqueda, desnucada en la ducha de un hotel. Ahora bien, ésta situación como la anterior y las que a continuación se narrarán, tienen algo en particular.

Si bien Marina no había perdido (literalmente) a su padre, y simplemente fue a verlo a su departamento un fin de semana, como hacía siempre; tanto Román como ella presenciaron esos eventos al hacer contacto visual con éstas personas. Pero será mejor que continuemos para un buen entendimiento del asunto.

Edgardo Sanfrán, peón de una maicera, y Emilio Reda, su patrón, tuvieron la primicia que revelaría indicios de la particularidad de los hechos. El martes 13 de Julio, a las 15:30 horas, mientras Edgardo rondaba por un cuadrante de maíz dio nota a su superior de un colectivo frenado en la ruta que daba al fondo de la plantación. Estos caminaron hasta el final del terreno para averiguar que pasaba y asistir al vehículo en caso de tratarse de un inconveniente técnico. No fue hasta atravesar la última hilera y despejar su vista que la escena sucedió. Un hombre fue embestido bestialmente por el colectivo. –Así es-. El colectivo literalmente reanudó una velocidad de 80 kilómetros por hora en un instante y un sujeto que volaba por los aires fue víctima del choque.

Los casos seguían reportándose a lo largo del mes de Julio y desconcertando a los científicos. Pareciera que el evento dramático esperase a suceder en el momento en que alguien lo pudiera presenciar. Y, volviendo al caso del accidente vial, que habría sido una excepción, el conductor del colectivo se encontraba completamente ebrio e inconsciente en el momento del choque. De modo que no habría aportado observación alguna. Todos los casos coincidían en eso. Fueron levantadas desapariciones que llevaban ¡años! de su declaración con los mismos finales de las anteriores. Ignacio Labmbar quien denunció la desaparición de su hija de 14 años en el 2011 recibió la notificación policial de la joven aparecida ocurrida horas atrás de esta llamada. Un oficial de gendarmería, la habría encontrado cayendo de un árbol, tras lo cual se partió la cabeza. La niña tenía la apariencia presunta del día de la denuncia, sus ropas estaban impecables.

Y lo increíble del tema no termina aquí. Curioso era el estado que contraían estas personas “accidentadas”. Perdían la lucidez, quedaban “dormidos” lo que en algunos casos era entendible pues partes de sus cuerpos quedaban muy comprometidas: rasgadas, partidas, incluso separadas; y, en ciertas ocasiones, partes importante como las piernas o la cabeza. Con el correr de los días la situación no mejoraba. Sus cuerpos adoptaban sostenida rigidez, algunos se inflaban, otros se achicaban, pero, al fin y al cabo, sus cuerpos tendían a la reducción y desintegración acarreando una peste en este proceso.

Los científicos permanecían atónitos. Los datos no rendían a las cuentas y propusieron hacer recreaciones de los diferentes sucesos como última instancia. Aun así, nada. Las cámaras eran suficiente receptor, el detenimiento temporal antes supuesto no era recreable sin los requisitos estudiados. Y al cumplirlos era lo mismo que en un principio. Los científicos involucrados directamente se podrían en las estanterías y los que fueron testigos de los accidentes (que eran pocos) seguían sin entender que era precisamente lo que pasaba.

Toda ciencia fue aplicada y se logró una amplia y detallada explicación de lo que sucedía en el cuerpo, del porqué del detenimiento del tiempo, e incluso de los motivos que podría tener alguien para hacer lo que hicieron. Lo que no lograban entender era porque esto antes no sucedía.

Todos los grandes pensadores del mundo se sumaron a la conversación y, tras muchos días de debate, determinaron este suceso como un IENAV: inclusión espontanea de un nuevo acontecimiento vital. Este nuevo acontecimiento vital era la “muerte”. Resulta que si un ser humano decide someter su corporeidad a una medida extrema, desestabilizando, comprometiendo o interrumpiendo algún factor homeostático (circulación, respiración, temperatura, etc.), el desencadenamiento consecuente, tras determinado tiempo, conducía al individuo a una descomposición de su estatus biológico. Se deshidrata, contrae, pudre, y eventualmente desaparece. Es decir deja de existir.

Hasta entonces en ese planeta nunca había sucedido algo como eso. Un humano jamás había muerto y tampoco nacido. Todos aparecieron de una vez, y así se mantenían. Lo mismo se aplicaba al resto de la naturaleza. Como algunos cerezos permanecían florecidos, otros yacían dormitando en su otoño perpetuo. Los planetas no giraban, las estrellas no explotaban, dónde llovía, llovía, y dónde no, nunca. De un lado siempre era de día, y del otro, siempre de noche. Y al incluirse la muerte todo empezó a discurrir y transformarse.

Algunos físicos teóricos de la Tierra sostenían, proponiendo los principios de la teoría del multiverso, que debía existir una variación de esa realidad dónde la muerte haya formado patrón inseparable de la vida siempre. Por lo tanto que para esa variación debía existir un inició de enigmas catastróficos. El de esta gente era radicalmente distinto. Ellos tenían plena claridad del inicio de la vida. Y describen lo siguiente:

“Este planeta, al que llamamos Tierra, posee vida inteligente y es sobre el único del que podemos dar certezas de esa consciencia. Éramos la generación última de siglos de avance como civilización, pero nada de ello existía en el presente. Todos los seres vivos del planeta eran contenibles en un rango de tiempo no mayor a doscientos años. Los más viejos tenían cien como mucho, y los más jóvenes no vivirían más de ochenta… noventa. Sin embargo no envejecíamos. Nada se creaba, nada se destruía. Nada crecía ni se reproducía. Los días no pasaban, las noches no se iban, las nubes que paseaban siempre se mantenían en la misma forma, y siendo honestos, tampoco se movían. Todos eran lo que eran y de eso se pensaba y de eso se decía.

La naturaleza efectúo, entonces, un giro al orden cósmico. Y se nos otorgó el movimiento, el cambio y la evolución. Todo atributo del tiempo. No nos vino nada mal. Nos ubicamos rápidamente en nuestro lugar y correspondimos al nuevo orden. No fue difícil. Sabíamos lo que hacíamos, y ahora nos concentrábamos en lo hecho y por hacer. Los días se sucedieron, los partos se desenlazaron, cigarrillos prendidos al fin se terminaron, en fin, todo continuó un ciclo presupuesto que hasta entonces no se encontraba funcionando.”

Al hacerse mundialmente conocido el nuevo emprendimiento universal la gente se tomó las cosas, si bien con seriedad y profesionalismo, con un confuso entusiasmo. La muerte era saber en boca de todos, teniendo en cuenta que el nacimiento fue un nuevo don a experimentar, los que ya habían nacidos, que no lo experimentaron, curioseaban en la disciplina del dejar de existir. Cientos se precipitaron a la muerte candidateándose en ocurrentes metodologías.

Al principio chupaban cables o se tiraban de palomita desde las alturas o frente a los colectivos. Pero pronto, científicos y filósofos argumentaron que otras variables daban los mismos resultados y comenzó la inquisición mortuoria. En pocos meses se habían descubierto decenas de formas nuevas de terminar con la vida.

Por otro lado, había seres humanos que, algo escépticos de la muerte, sostenían que nada tan “vivenciable” se podría esperar al referir a los participantes de esta moda. Sospecharon que tras la inducción de la muerte se hacía imposible mantener una relación social ordinaria, por lo tanto, que lo convertía a uno en un miembro inerte y poco participativo de la comunidad. En efecto, la persona quedaba inhabilitada y eso desalentaba al, ahora nombrado, “suicidio”.

A demás se concluyó que si el acto terminal no era efectivo, el humano quedaba potencialmente disminuido, como bien era el caso de personas que planificaron mal su desaparición. A raíz de eso muchos comenzaron a temer que la muerte debía ser de gran exactitud, de lo contrario habrían indeseables consecuencias. No cualquiera era lo suficientemente hábil para arremeter en la decisión.

Muchos médicos dictaron cursos para desasnar a la población. Explicaron métodos estándares para una muerte eficaz, y que medios eran los más convenientes y asequibles dadas las condiciones socioeconómicas.

Avanzando en el tiempo, varios años adelante, ya había personas nacidas que practicaron el suicidio. Y los pocos no nacidos que quedaban extendieron quejas de tales privilegios. Ellos se sentían en desventaja por no haber experimentado el nacimiento, y pretendían ser prioritarios del derecho al suicidio. Acusaron a los verdaderamente paridos de tener conductas avarientas. Los paridos alegaron no tener consciencia alguna de sus alumbramientos, y por lo tanto, que eran igualmente contrayentes de ese derecho.

Lo que poco se tenía en cuenta eran las muertes no voluntarias que ocasionalmente se reportaban. Algunas personas fallecían mediante los métodos convencionales y no habían dado noticias, o en el momento de su muerte, testigos del acontecimiento aseguraron ver un claro disgusto del que agonizaba. Esto fue aún más polémico cuando llegó al conocimiento público.

Investigadores de todo el mundo facilitaron a las autoridades una lista de miles de circunstancias conocidas y nunca antes consideradas para inducir la muerte. Entre ellas: las caídas por las escaleras, ingesta de alimentos nobles que se volvían tóxicos tras sus nuevas transformaciones, y descuidos de todo tipo de la vida cotidiana.

La ley tomó parte del desentendimiento global cuando una acumulación de declaraciones hechas por sobrevivientes a la muerte logró llamar la atención de los líderes del conocimiento. En éstas, se informaba de reacciones físicas y psíquicas que acudían durante el proceso de muerte, entre ellas, el dolor. Luego se solía suceder de angustia, padecimientos violentos, trastornos psíquicos y demás calamidades.

Se extrajo entonces que al continuarse el proceso, si bien no podían confirmarlo, ese dolor aumentaba e invadía a la materia hasta derruirla como bien era constatado. Esto trajo la indignación de los sociólogos y filántropos que declararon públicamente a la muerte como una infamia, o un sabotaje contra el buen sentir.

El 19 de Abril del 2081 se constitucionalizó globalmente la ilegalidad y penalización de la muerte. Para los que fracasaban o brindaban el servicio a otros sin consenso: prisión; y para los que cometían el hecho a sí mismos: la condena moral (si se consideraba que el muerto aún estaba a tiempo de percibirla, si no, sólo se indignaban impotentemente).

Con el correr de los años las ciencias y estatutos humanos se adentraron todavía más. Las penas se extendieron también a personas cuyo estado de ser biológico tienda a la muerte, o que su presencia más bien fuera débil o insignificante. Cayeron con esto los depresivos y algún que otro tímido que no se opuso por prudencia. Para personas en estado vegetativo no había ley que le amparase. Eran considerados cuerpos de nadie y al estado no importaba. Si se quería, uno podía mantenerlas, y si no le daban “la baja”, como se le decía coloquialmente. [Nota: cabe mencionar que era costumbre llevar a la dramatización una supuesta muerte alegórica del humano en coma. Suele aclararse en los testamentos precisa y detalladamente, o se delega a un ser querido.]

La presunción de “malviviente” era la más fatal de las especulaciones de las que se solía acusar a un ser humano. La humanidad poco a poco se vio muy alerta de los estados de ánimo, cundía una empañada paranoia por el juicio ajeno y la muerte empezó a ser mirada con miedo.

Tras pasado un milenio el horror a la inexistencia se había fundado radicalmente en el consciente colectivo. Las leyes arcaicas se fueron modificando y volviendo bastante difusas. Se temía a la muerte con espanto, pero las razones ya no tenían relación con los primeros motivos. Aunque en el fondo, inconscientemente, nacía curiosidad y aspiración a la inexistencia. Esta humanidad pronto cayó en la más clara de sus tragedias.

Las personas se
transformaron en forjadores terminales de su destino. Diseñaban una trama
irresoluble que gobernaba su ser a la más apropiada de las fatalidades.
Planeaban sus muertes, no sus vidas. Los más visionarios se las ingeniaban para
hacer de sus decesos obras maestras que abarcaban toda su existencia. Morían de
formas relampagueantes, legendarias, avasallantes y hasta en formidable luz.
Ejemplos de muertes famosas fueron motivo de admiración y estímulo para otros
que vinieron y se están yendo. El éxito funerario era concebido cual la
realización más solemne y sublime. Y el juicio final: una cuestión de fe.

Publicado en Relatos