Aviso: Primero de todo, ¡ojo spoilers!

Mucho se ha hablado estos días sobre el famoso 7×01 de The Walking Dead (TWD) y lo explícito de “cierta escena”. ¿Cómo? ¿Que aún no la has visto? Pues mira, he aquí un breve resumen:

Negan: “Pito pito, gorgorito… tú.”

¡Pum! ¡Crash!

Glenn: “¡Maggie…!”

Fuertecito, ¿no? El caso es que internet se llenaba de dispares comentarios acerca de la brutalidad del hecho en sí, hasta tal punto que se ha llegado a afirmar que ésta es una sociedad enferma y adicta a la violencia. Aquellos que vemos la serie, y más aún aquellos que, como un servidor, hemos encontrado el punto de valentía que los productores han imprimido en este polémico arranque de temporada, creemos necesario sacar a la palestra una defensa no de la violencia en la ficción, sino de que el consumo de violencia no nubla nuestro juicio diario. Vamos, que podemos ser hasta majos y todo.

Sorprende un poco toda esta histeria repentina anti TWD, especialmente cuando es el uso del gore y la brutalidad una de las señas de dicho serial. Aunque cueste de creer para aquellos neófitos en esto de la ficción para mayores de dieciocho, ese es el paradigma de TWD; que los verdaderos monstruos son los hombres, no los caminantes. Ya poco importa que el capítulo en cuestión arranque con un aviso sobre su extrema violencia, o que su emisión –tanto en España como en los USA- sea por canales de pago y en horarios donde los niños buenos ya deberían estar soñando con angelitos. Esta caza de brujas, porque eso es lo que es, no se produjo con Game Of Thrones y la salvaje muerte de Oberyn Martel –a mi juicio, mucho más dolorosa que la de Glenn-. No se produjo tampoco con films de salvajismo confeso –Saw, 28 Semanas Después y derivados-, y no debería producirse ahora.

La violencia no es más que un medio para producir una emoción en el espectador, y en este caso su uso lícito consiguió aquello que tanto productores, como guionistas como el propio creador del cómic buscaban: horrorizarnos. Y si, como al parecer, lo consiguieron, chapó por ellos.

Quizás ese sector enfurecido que tan machacado por Lucille dice estar no parece haberse detenido a mirar a su alrededor. Pues el cine, el cómic e incluso la televisión son hijos de su propio tiempo. Son un fiel reflejo de aquello que nosotros como sociedad toleramos, censuramos o amamos. Y obviamente, esta visión como pueblo evoluciona.

Aún recuerdo, no hace tanto, el revuelo que se levantó con el estreno de Se7en. Corría el año 1995, y por entonces la película fue tildada de “excesivamente fuerte” por diversos medios especializados. Y en cambio, si la vemos a día de hoy, a parte de pasar un rato estupendo, descubriremos que estamos muy insensibilizados a la violencia que se insinúa pero no se muestra. Diablos, si cuando empecé a ver Spartacus: Blood and Sand apenas podía mirar las sangrientas contiendas de gladiadores. Y en cambio, pasados unos capítulos, yo era el primero que gritaba: ¡Acaba con él, Espartaco!

¿Somos entonces una sociedad enferma? No más que los propios romanos. Quizás sería más acertado decir que somos una especie enferma. Pero, ¿y lo bien que nos lo pasamos?

PD: Abraham, lo peor que pudo ocurrirte fue la muerte de Glenn. Algunos no te olvidamos.

Publicado en Cultura y ocio