Definitivamente ninguna cultura ha sido tan extremadamente pudorosa como la sociedad victoriana de los siglos XVIII y XIX, la burguesía más decorosa de cuantas ha conocido la vieja Europa y los Estados Unidos.

Como hoy en día, la vestimenta era una manifestación de poderío, y la competencia por lucir las mejores galas impulsó la industria hasta limites insospechados. La máquina de coser,  los tintes químicos y los nuevos materiales procedentes de las colonias y protectorados, permitieron diseños más intrincados y prendas cada vez más sofisticadas y delicadas.

Por aquel entonces el cuerpo femenino no podía ser mostrado en público a menos que incorporará tres capas de ropa. Entre tanto paño, encaje y bragas de muselina, enseñar un tobillo por debajo de los 6 kilogramos de enaguas era casi una locura, por lo que cuando la natación recreativa se volvió moda allá por el siglo XIX, muchos fueron los puritanos que pusieron el grito en el cielo.

Y es que ya se sabe que la moral y el decoro del ser humano es algo muy frágil y el mundo podía llegar a desestabilizarse si alguien enseñaba demasiada pantorrilla. Como me encantaría poder viajar al pasado y enseñarles unas fotografías de los últimos modelos de bikini, trikini, tanga brasileño y por qué no, el escandaloso traje de baño de Borat.

Sin embargo, las cabezas pensantes de la época pronto idearon diversas soluciones para preservar la modestia e intimidad de las féminas, siendo las máquinas de baño una de las más originales.

Las máquinas de baño.

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No me preguntéis por qué se llamaban máquinas de baño si no tenían maquinaria alguna, pero ese era su nombre.

Este artilugio no es más que lo que veis, una suerte de vestuario sobre ruedas que permitía que las mujeres principalmente, y los hombres, pudieran cambiar su ropa en la más estricta intimidad.

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Y es que de casa no se podía salir sin un traje completo, y desabrochar semejante despliegue de trapos no debía ser una tarea fácil.

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Obviamente la primera medida para preservar el pudor no fueron las máquinas de baño sino las playas segregadas por sexo, lo que hacia el veraneo mucho menos interesante.

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Las máquinas de baño fueron un recurso utilizado por la industria del turismo, quienes para ganar clientela, ofrecían estos cubículos con la esperanza de convencer a las señoras y caballeros de que gracias a ellos la inocencia prevalecería.

El funcionamiento.

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No es que vaya a explicaros cómo desvestirse y ponerse un traje de baño, no creo que sea necesario, y sinceramente tampoco sé si podría, pues estoy seguro de que un traje victoriano debía llevar manual de instrucciones y montaje.

No, en realidad quería contar cómo funcionaban estas “máquinas de baño”, pues como veréis tienen ruedas. Tirados por caballo o arrastrados por los trabajadores, estos vestidores entraban y salían del agua según el cliente conviniese.

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Caminar en traje de baño por la playa tampoco era algo deseable, por eso, después de cambiarse de ropa, las señoras eran transportadas dentro de la máquina de baño hasta el agua. Una vez allí, podían descender y disfrutar del mar, así como broncear sus medias piernas, cuello y brazos.

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Con tanto ir y venir, pronto se decidió dejar las máquinas de baño dentro del agua por largos períodos de tiempo y transportar en carro a los bañistas.

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Conforme los años pasaron, la sociedad fue abriendo su mente y las máquinas de baño fueron cayendo en desuso. Desposeídas de sus ruedas, la mayoría fueron reutilizadas como vestidores, un elemento característico aun hoy de muchas playas.
Fuente: Allday.com

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