Las vacunas no son obligatorias en nuestro país, constituyen una recomendación de salud, seguida por la mayoría de familias. Los pediatras explicamos y recomendamos las vacunas, pero son en último término los padres los que deciden vacunar a sus hijos. 

El caso del niño de Olot en la primavera de 2015, con su triste desenlace, puso sobre la mesa el debate sobre si las vacunas deberían ser obligatorias. En aquel momento pudo comprobarse que eran varias familias las que no habían vacunado a sus hijos e incluso las medidas posteriores hicieron que algunos niños tuvieran que quedar recluidos en su casa sin asistir al colegio al ser portadores de la bacteria en la faringe y poder hipotéticamente transmitir la enfermedad a los niños no vacunados. 

Recientemente he leído un artículo en el que habla de la obligatoriedad de la vacunación en una región italiana para acceder a la escuela infantil, una medida que seguramente no estará exenta de polémica. También en nuestro país en el año 2010, un juez obligó en Granada a unas cuantas familias a vacunar a sus hijos para atajar un brote de sarampión. 

El debate tiene muchos argumentos a favor y argumentos en contra. Enfrenta las libertades personales a las colectivas, pues si bien la vacunación es una decisión individual, las implicaciones acaban siendo colectivas con lo que se conoce como el efecto rebaño

Los grupos antivacunas argumentan para la no vacunación básicamente 5 razones:

1. Dejar que la naturaleza haga su curso

2. Confiar en terapias alternativas lejos de la medicina basada en la evidencia

3. Creencia en que las vacunas son dañinas y los efectos adversos numerosos y complejos

4. Nula sensación de peligro real de enfermar al no haber estado expuestos a dichas enfermedades en las últimas décadas.

5. Teorías conspiranoicas relacionadas con la desconfianza hacia las compañías farmacéuticas. 

La vacunación universal permite la posibilidad de llegar a erradicar infecciones mortíferas como en su día ocurrió con la viruela, evita epidemias que pueden resultar catastróficas y protege a las personas más vulnerables, como las inmunodeprimidas que no pueden vacunarse. Además, la evidencia es aplastante: las vacunas son seguras, han salvado millones de vidas y a efectos de salud pública, resultan coste-efectivas. 

Las cifras de las personas que no vacunan han ido en aumento en los últimos años, aunque seguramente hay más antivacunas en la vida online que en la vida offline -o al menos se les ve más-. No obstante, el incremento es preocupante y quizá en algún momento las autoridades sanitarias se planteen la obligatoriedad como ocurre en otros países desarrollados. O por lo menos para tener ciertos “derechos” como la asistencia a determinados colegios o lugares públicos. 

Bajo mi punto de vista la obligatoriedad no es la solución perfecta al problema. Una implicación de todos los actores implicados: profesionales, grupos de padres, medios de comunicación y autoridades sanitarias es fundamental para establecer puentes de comunicación y conseguir que la información adecuada llegue a buen puerto. 

Publicado en Salud