Si bien Jack el Destripador es muy conocido por la difusión de su figura por la Literatura, el auténtico primer asesino destripador de la historia fue el francés Joseph Vacher. Encontraba satisfacción sexual a través del asesinato y la mutilación, que combinaba con la violación, la sodomía, y el canibalismo. Con la cara deformada por un intento previo de suicidio, vagabundeaba por remotas regiones rurales del sur de Francia, asesinando especialmente a niños de ambos sexos. El reguero de sus víctimas tenía un rasgo común: vientres abiertos en canal, e intestinos esparcidos a su alrededor. Jack el Destripador comenzaría sus asesinatos en Londres al año siguiente a que Vacher fuera atrapado, actuando de un modo muy similar. Quizá, sin saberlo, hayamos estado ante el primer criminal imitador de la historia.

Periódico de la época recreando la figura de Vacher y el modo en que atacaba a sus víctimas

Pero mientras que la identidad de Jack sigue siendo una incógnita, conocemos muy bien todo lo relativo a Joseph Vacher. De hecho es la información la que despoja su figura, a diferencia de la del inglés, de misterio. Desde joven presentaba una personalidad maníaca y obsesiva, con tendencia a la depresión, que se manifestó durante su servicio en el ejército. Sus compañeros de cuartel le temían por sus arranques injustificados de cólera, e incluso uno de ellos dormía armado, para evitar que le agrediera en mitad de la noche. Ese temor se convirtió en desprecio cuando hacia el final de su servicio activo intentó además violar a un muchacho.

El rechazo social que encontró, su demencia, o, según su testimonio, la falta de reconocimiento de sus méritos en el ejército, le llevaron a un primer intento de suicidio. Se cortó el cuello, sin éxito, consiguiendo tres meses de permiso para que descansara en un hospital. Al salir estuvo cortejando a una joven llamada Louise, y ante sus reiteradas negativas a salir con él, la propuso matrimonio. Ella se burló ante lo irrazonable de la proposición, y la respuesta de Vacher fue dispararle cuatro de los seis tiros de su pistola reglamentaria.

Los asesinados estaban habitualmente en desolados paisajes, realizando labores agrícolas o cuidando ganado.

Apenas cometido su crimen volvió el arma contra su propia cabeza, disparándose dos veces. Una de las balas le atravesó limpiamente el cerebro, posiblemente agravando su demencia. La otra se alojó encima de su oreja derecha, haciéndole perder la audición de ese lado, y seccionando uno de sus nervios faciales.

Uno de los testimonios más repetidos de quienes recordaban haberle visto pasear por los escenarios de sus crímenes era su aspecto monstruoso. La foto que conservamos de él, sin embargo, parece mostrar a un hombre de rasgos normales. De hecho, la deformidad solo se presentaba cuando trataba de hablar y de comer, debido a los destrozos que se provocó con su segundo intento de suicidio. Él mismo explicaría mucho más tarde a la policía que la reacción de las gentes al verlo solía ser de horror, y que generalmente huían de su presencia.

La fotografía, aún no muy extendida, fue sustituida en los informes forenses por el dibujo que mostraba cómo había sido encontrado el cadáver. Nótese el corte en el cuello, el bajo vientre, y el pezón derecho. En este caso el asesino se interrumpió antes de acabar de destriparla. 

Pero ¿era realmente así? El juez pone en duda muchos de sus testimonios como exageraciones, explicándonos que el asesino intenta construir una imagen literaria de sí mismo, representándose como un monstruo, de frías motivaciones y refinados métodos. La conclusiones forenses, a la luz de los cadáveres encontrados, son muy distintas.

Vacher actuaba por impulso, y la motivación para asesinar a sus víctimas era sexual. Matarlas le provocaba la erección, y en muchas ocasiones ni siquiera llegaba a violarlas, porque su mismo ensañamiento al cortarles el vientre para sacar sus entrañas, o mutilar sus órganos sexuales, le hacía llegar a la eyaculación. Algunos de los cadáveres que dejo a su paso eran de mujeres muy jóvenes, que conservaban su virginidad después del asesinato, mientras que otros habían sido penetrados tanto por la vagina como por el ano, pero una vez muertos, y no previamente.

En la ilustración se aprecia con detalle el estómago seccionado y su contenido desparramándose por el suelo.

Invariablemente, a todas sus víctimas les cortaba la garganta, si bien el grado de ensañamiento varió. A algunas las había estrangulado con sus manos previamente, otras las dejaba morir tras arrojarse sobre ellas y seccionarles el cuello. El arma que empleaba era una navaja de barbero plegable, que llevaba siempre consigo. El característico filo de este útil de afeitar, unido a la fuerza física de Vacher, se traducía en cortes muy profundos, que en ocasiones dejaban el cuello prácticamente seccionado. Así sucedió con Morand, mujer de 58 años, y una de las pocas que pareció resistírsele, a la que infringió reiterados cortes. En el caso de Marie Moussier, de 19 años, la glándula tiroides se encontró a varios metros de su cadáver. A la niña Aline Alaise, de seis años, y posiblemente por su menor corpulencia, llegó a seccionarle la columna vertebral.

De estos tres citados, el asesinato de Marie Moussier es especialmente relevante, porque Vacher asegura haberle arrancado los labios vaginales con los dientes, y comérselos. Esta práctica caníbal parece haberla practicado también con Victor Portalier, niño de solo seis años, de quien, tras mutilarle sus partes, consume un testículo y el pene. A la joven Adele Mortureux le corta un pecho. El juez llama otra vez en estos casos a la prudencia sobre el testimonio del acusado, que parece seguir intentando construir una imagen de sí mismo más monstruosa de lo que ya es. Pero los informes forenses dejan claro que esos pedazos mutilados a los cuerpos no han sido hallados. Y mientras el sumario trata de ser prudente, la prensa de la época hace hincapié en su rasgo caníbal, llamándolo “comportamiento vampírico”. Bram Stoker publicó su Drácula en 1897, cuando los crímenes de Vacher, aunque no su autor, ya habían sido difundidos por los periódicos franceses. Por tanto no es que tomen el adjetivo de la novela, sino más bien que la idea está presente entre los europeos de la época.

Todos los cadáveres han sido desnudados, evidenciando el crimen por motivo sexual. En el caso de este chico, los restos de sus genitales no devorados por Vacher yacen a sus pies. 

“Me precipité sobre ella, y tirándola tras de unos setos, estuve golpeándola fuerte en la cabeza con un zapato, hasta dejarla inconsciente. Es posible que en la emoción del momento se me escapara el cuchillo, y la hiriese, pero no era esa mi intención. Después la violé repetidamente. Si mi crimen en este caso parece haber sido hecho con más ensañamiento, se debe a los golpes que le propiné para que muriera más deprisa, y no por ninguna otra razón”.

Vacher cometió sus asesinatos en serie, más de treinta según su testimonio, once de acuerdo a las evidencias policiales, entre 1894 y 1897. Curiosamente, la parte más llamativa de su modo de actuar le convierte en un precedente de Jack el Destripador. Prácticamente todas sus víctimas fueron abiertas en canal, desde el cuello al pubis. Ilustrativo al respecto es el hallazgo por sus vecinos de Jean-Marie Robin, de doce años, cuyo cuerpo encuentran tras seguir un gran rastro de sangre. El niño había sido minuciosamente eviscerado, y su asesino había desparramado en torno a ella los intestinos y el contenido del estómago, aún a medio digerir.

A lo largo de sus tres años de crímenes parece evidente que la sicopatía de Vacher se agrava. De las últimas víctimas se ha comido un pezón o las orejas, y al narrar los asesinatos, ya no dice que pretenda violar o matar, sino realizar mutilaciones específicas. Así lo asegura al afirmar que a Augustine Mortureux, de siete años, la asesina para cortarle los senos.

El pecho izquierdo, mutilado, yace a un lado. Esto contradice el testimonio del asesino, asegurando que consumía parte de los cadáveres de sus asesinados. 

Jamás, en sus tres años de vagabundeo, se llegó a asociar a Vacher con los crímenes que aparecían en regiones distantes del sur de Francia. Un guardia en bicicleta llegó a detenerle a las pocas horas del asesinato de su novena víctima, pero no encontró nada sospechoso en él, dejándole marchar. Claro que el problema había comenzado cuando tras matar a tiros a Louise por haberle rechazado, no se le juzgó por asesinato, sino que fue encerrado en un manicomio. Al año de estar allí se le dio el alta, asegurando los doctores que se había restablecido completamente. Pero fue al contrario, porque aquel hombre de 25 años, licenciado del ejército, sin oficio conocido, y vestido con una chaqueta negra, un pantalón a rayas, y un gorro blanco de piel de conejo, se había convertido en un maníaco sexual y en un asesino en serie, o siempre lo había sido, y ya estaba decidido a poner en práctica sus obsesiones.

No fue la policía, sino la familia de su última víctima, quien le detuvo. La joven mujer a la que pretendió matar resultó más fuerte que él, y pudo gritar llamando a su marido e hijos, derribando entre todos al asesino, y reteniéndolo en espera de los agentes policiales. Que, una vez más, no estuvieron muy finos. Incapaces de relacionarle con los asesinatos, obtuvieron para él una sentencia de tres meses de cárcel.

La prensa de finales del XIX ilustró detalladamente cada uno de los crímenes. 

Joseph Vacher hubiera podido quedar libre y continuar con sus asesinatos. Pero así habría perdido quizá la oportunidad de hacerse famoso, o de explicar sus motivaciones. Quién sabe. De motu proprio, y sin recibir ninguna presión, confesó más de treinta crímenes. Esta vez no se le admitió alegar locura, pues ese relato había sido demasiado minucioso y pormenorizado como para proceder de un loco. ¿Había asesinado a tres decenas de personas? Tan solo pudo juzgársele por once asesinatos demostrados, de los cuales uno de los cuerpos nunca se hubiera encontrado sin la confesión del propio Vacher. En todo caso una cifra enorme, si tenemos en cuenta que Jack el Destripador tiene solo cinco víctimas reconocidas. 

Cabeza de Vacher después de ser guillotinado. 

El sumario completo de su proceso puede leerse y descargarse, en francés, aquí: http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/bpt6k77016g.pdf

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