Empiezo aquí un comentario de las películas de Drácula de la productora británica Hammer Films. Soy un entusiasta del terror de esta época y más de esta productora. Así que empezamos con esta Drácula vuelve de la tumba (1968), tercera vez en la que Christopher Lee encarnaba al señor de los vampiros. En esta nueva entrega, Terence Fisher había
dejado la dirección en favor de Freddie Francis, que dirige con corrección
esta entrega en la que sólo tenemos como estrella a Lee, quien, por
lo que he leído, quería dejar el personaje pero se vio obligado a
continuar en él en solidaridad por los trabajadores de la saga.

Si el Drácula de la Hammer encarnaba
mejor el mal absoluto
, en esta entrega esa lucha contra el mal
reviste una revisión interesante. Por un lado, tenemos a un cura que
es incapaz de gobernar a su rebaño: nadie acude a misa, pese a que
el vampiro fue destruido hace un año (los hechos acaecidos en la
anterior entrega). Pero los parroquianos no quieren acudir a la
iglesia porque la sombra del castillo la alcanza a determinada hora
del día. El cura, que parece que ha perdido la fe en su trabajo,
tiene que ser rescatado por el obispo (llamado “monseñor”), que
acude al lugar para asegurarse de que todo va bien. El monseñor
insiste en subir al castillo para exorcizarlo y así tranquilizar al
pueblo, pero una vez arriba (no hay camino, hay que escalar… ¿cómo
lo construyeron entonces?), mientras sella la entrada con una cruz,
el cura que le acompaña tiene un accidente y despierta a Drácula,
que permanecía en el hielo (como se vio en la película anterior).
Así que la culpa de que Drácula vuelva a rondar es de estos dos
personajes.

Drácula rompe el eslabón más débil
de la cadena, el párroco, y lo convierte en su ghoul. Le obliga a
desenterrar un féretro y a buscar un lugar donde esconderlo, que
será el sótano de la posada donde trabaja nuestro protagonista.
Paul está enamorado de la sobrina del obispo, Maria, a pesar de que
la relación no es muy bien vista por la familia de ésta por ser
Paul ateo. Drácula, a través de su esclavo, consigue a su primera
víctima femenina, la camarera de la posada, pero enseguida se fija
en Maria, que pasará a ser su obsesión.

Aquí el conflicto entre el bien y el
mal tiene un nuevo elemento: el del ateísmo de Paul. Paul se
caracteriza como un hombre de acción, que se gana la vida como
puede, pero también tiene inquietudes intelectuales y estudia. Pero
para combatir al mal se necesita la fe, y Paul no la tiene. Cuando el
moribundo obispo le pide jurar por Dios a Paul que protegerá a su
sobrina, él sólo le puede dar su palabra, pero la enemistad inicial
que había entre ambos termina superada. Es interesante ver cómo ese
ateísmo es por una parte una ventaja para Paul (cuando se enfrenta a
los supersticiosos pueblerinos) pero también un inconveniente, ya
que no puede destruir con sus rezos a Drácula. En ello tendrá una
especial importancia el papel del padre, que es uno de los mejores
papeles de la película. Un hombre bamboleado por su fe, en horas
bajas, alcohólico, que por momentos es un pelele, que es esclavizado
por el vampiro, pero que consigue sobreponerse al dominio mental de
Drácula. El punto de inflexión parece ser cuando éste le ordena
quemar el cadáver de la camarera. Cuando el párroco lo echa al
horno de la posada y tiene que volver a poner al fuego sus botines,
vemos que la piedad y la humanidad han vuelto a restaurar su alma
corrompida. Él será quien, con sus rezos, acabe finalmente con el
vampiro.

Christopher Lee sigue interpretando al
chupasangres en su peculiar estilo hiératico-salvaje. Si bien no es
algo que nos encaje de primeras, es cierto que a medida que le vemos
en el papel es cada vez más convincente. Su Drácula es una bestia
que caza, que no tiene sentimientos, y que utiliza a sus esclavos de
forma absolutamente tiránica. Sus ojos inyectados en sangre, sus
movimientos bruscos… Sólo le vemos afectado por la pasión que
parece desarrollar por Maria: en el ataque a su alcoba los modales
finalmente son de un amante.

La dirección de Francis es muy
contenida
y sigue el patrón de Fisher casi al milímetro. Quizá se
abuse un poco de las noches americanas que son en algunas ocasiones
demasiado evidentes. Los decorados no son tan interesantes como en
otras entregas, puesto que se limitan casi exclusivamente al entorno
del pueblo bajo el castillo de Drácula, en especial de sus tejados,
por los que se conectan las casas de Paul y Maria. El color
estridente y la sangre de pega son marca de la casa y de nuevo una de
las cosas por las que más recuerda el espectador la película. El
libro The Hammer Story: The Authorised History of Hammer Films
habla de ella como de un “triunfo menor del estilo sobre el
contenido”, y estamos de acuerdo con ella en parte. Si bien es
cierto que Drácula, Príncipe de las Tinieblas resulta una
película más redonda, no puede decirse que ésta sea una mala
película. Las interpretaciones son correctas y el film cumple lo que
promete: capturar al espectador en su telaraña.

Para terminar: dos curiosidades sobre la cinta. Una: la productora Hammer recibió la visita de la reina de Inglaterra durante el rodaje de esta película, así como un premio por su aportación a la industria británica. Y dos: fue la primera de las entregas del vampiro de la Hammer en pasar la censura en Australia.

Os dejo su tráiler original por si os apetece verla:

Publicado en Cultura y ocio
Fuentes consultadas:
https://es.wikipedia.org/wiki/Dr%C3%A1cula_vuelve_de_la_tumba