La Navidad ya está aquí. Une época querida cuando eres pequeño, pero que a medida que creces empiezas a “tenerla algo de tirria”. Compras, colas, pensar regalos, gasto, la temida cuesta de enero (que ahora se alarga hasta marzo),… Y un largo etcétera.

Sin embargo, hay una cosa que disfrutamos todos: compartir comidas y cenas con toda esa gente, que debido al ritmo de vida actual, siempre estamos posponiendo. Es época de mesas llenas a rebosar de los más suculentos manjares. Preparadas para lanzarnos sobre ellas como si el gimnasio no estuviera en enero esperándonos con las puertas abiertas.

Mesas llenas de alimentos que degustamos con los nuestros, sin pensar en el protagonista que hace posible esto. Y no me refiero a todas esas madres/padres y abuelas/abuelos un día entero en la cocina por ver feliz a los suyos disfrutar de una noche así, que también lo merecen.

Los protagonistas de este artículo, lo más seguro, es que estén a kilómetros de esas mesas. En sus casas. Casas de campo. Con un tractor John Deere aparcado en la puerta, disfrutando de sus cenas con los suyos. Pero pensando que mañana deben madrugar ya que las ovejas tienen la fea manía de comer todos los días.

Me refiero a esos profesionales, obligados a ponerse la boina porque la sociedad los sigue viendo así. Sin darse cuenta que ser agricultor o ganadero te exige saber de meteorología, fisiología vegetal, veterinaria, mecanica,…

Ese profesional que aparca el tractor, y al llegar a casa debe gestionar las facturas. Ya que las lechugas, tomates, naranjas,… no solo crecen con tierra, sol y agua.

Ese profesional que debe estar todos los días atento a la “Bolsa de Cereales de Chicago” porque unos señores con corbata, y que solo han visto el campo a través de su Smartphone, ponen los precios de su producto. Mercados globalizados los llaman.

Ese profesional cuyo mayor orgullo es una vaca que le produce 40 litros de leche al día. Leche que tiene que tirar porque la industria no se la recoge. O, en el mejor de los casos, se lo paga a un precio por debajo del coste de producción. Por no decir esos bloggers de moda que dicen que la leche es un veneno…

Ese profesional que espera las ayudas PAC (Política Agraria Común) como nosotros la paga de Navidad. Unas ayudas necesarias ya que nosotros, los consumidores, queremos los mejores alimentos, con alta calidad pero, eso sí, baratos que la crisis aprieta. Sin pensar que la calidad se paga, y que a la hora de recortar lo hacemos en lo verdaderamente importante. Nuestro combustible. Los alimentos.

Ese profesional que tiene que ver como cada año desperdiciamos 1/3 de los alimentos que se producen, en parte porque no dan la “talla”, mientras que 800 millones de personas pasan hambre en el mundo.

Porque los héroes de hoy en día no van en “batmóvil”, ni llevan capa, van en tractor y en mono de trabajo.

P.D. Como bien nos apuntan desde la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA), que sería de la navidad sin estos héroes:

Publicado en Verde