Entumecidos y desatados en una orilla, casi expulsados por un viento que es veloz, celoso e insensible, debido al desvanecimiento de su piel, de su rostro y su mortalidad. Aparecimos quietos, frente a los fuegos giratorios, con un atractivo calor del mas allá.

Llegaron los irreconocibles, máscaras ¿niños o viejos? Él dijo que éramos nosotros.

Ellos atacaron primero, aún pareciendo reflejos, enseñaban movimientos y ciclos dignos de los astros, sincronía de espejos, carente de ilusiones. Entonces se pronunció nuestra libertad y las palabras fueron hambre que no puede ser satisfecha.

“Observo y observo a mis estrellas, las extraño, aún si nunca estuve a su lado. Estoy fundido en el cielo y mas allá. Se que ya no hay tiempo, que la chispa solo es extinción. Pronto, ustedes serán otras rocas frías, que jamás perderán un espacio en estos ojos, que se volverán al portal del polvo.”

Después de que su voz abrió nuestros oídos sordos, podíamos mirar la revelación de sus rostros, nuestros rostros. Entonces nos arrojó al fuego, o quizás nos lanzamos. Y éramos los dos, pese a que nadie nos enumeró mientras Él creaba un infinito entre sus cuatro paredes.

Aún así, no pudo detener las corrientes de aire, pues la soledad soplaba en el oído de nuestro creador. Por tanto, no supo hacernos caminar de la mano de nadie, pues nos estrangulaba el sólo hecho de sentirnos vivos. Ocho extremidades, cuatro ojos y dos corazones, que equivalían a nada menos que cuatro paredes.

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