No necesito cada día a Dios, para poder vivir con culpa. Culpas por nacer, por seguir viviendo a costas de una tierra que resiste a remezones.

No necesito un sólo día a Dios, para poder morir con miedo. Miedo de nacer, de seguir viviendo una y otra vez en un sin fin de ilusiones.

Un obsceno acto de fe, no violentar los espejos

Y enfrentarme sin levantar las manos

En un rugido de fauces y huesos,

Dictando las órdenes para la providencia .

Ese Dios, cedió y se dio cuenta

Del costo que pagó en la costilla de Adán

Y aquellos hombres rezaron por última vez,

Un ave maría e incontables aves enjauladas

Por el alma del Dios que les abandona en su propio funeral.

Publicado en Relatos