Novelas de violencia

Entonces vi la tarjeta de invitación a la fiesta de esta chica, Casimira. Estaba distraído, no podía prestar atención a lo que decía Sheila, porque me aburría bastante cualquier cosa que contaba.

Era evidente que algo peor le sucedía a ella y cualquier acontecimiento ocurrido a sus cercanías -del tenor que fuese-, no bastaba para que esmerase gestos genuinos, o apropiados, a la historia que largaba de su boca sobre la muerte de su sobrino. No era que no le importaba. Pero dos catástrofes que alimentar conllevan la muerte de un ser humano –hablando mal y pronto-. De verdad, nunca me enteré qué le había pasado. Pero si sé, que venía así desde hace mucho. Peor –imagine que-, la conozco desde que nació.

Así me di cuenta que debió tratarse de una fiesta en verdad costosa. Cuándo me lo contaron pensé que se trataba de un salón, alcohol, música… eso. No se me ocurrió si quiera que esto fuera un evento caro en verdad. La tarjeta era una caja.

Yo no sabía que era una tarjeta desde un principio. Pensé que era un adorno. Lo abrí y tras una capa de estrases y lentejuelas había una tarjetita de sostenida rigidez, dorada, con el texto de invitación en relieve.

Todo el operativo daba un giro extraordinario.

De inmediato me comuniqué con Hartman y encomendé a su buen juicio toda medida para con el departamento. En pocos minutos estaba dado por enterado y un comando mixto se desplazaba por cielo, mar y tierra a la Quinta Rusiég.

Claro, Sheila habría escuchado todo. No pude manejarlo. Pronto tapé su boca y lo más dignamente que se pudo acabé con su vida. Mi próxima parada estaba prescrita. Deberíamos extraer el cuerpo de Timoteo del hospital.

Era medianoche, llegamos con las sirenas encendidas e hicimos acordar a Tropard que fingiera ser un recluso. Así, fácil, sin bullicio, arribamos a la guardia del penal municipal. Dentro redujimos a enfermeros, camilleros, médicos, y accedimos fácilmente a la morgue. Allí dejamos los cuerpos de Sheila, Albert y Sorter. Cargamos a Timoteo.

Mientras tanto el operativo Rusiég informaba de sus correctas ubicaciones y del panorama en la propiedad. Al parecer Norman Hirfman estaba enterado. Todo marchaba bien. Cuando de pronto… Iris llamó.

Frené el vehículo. Mostré la llamada a Lorenzo y pasó a la parte de atrás y rápidamente se esposó con Tropard. Bajé del auto. Me puse el arma apuntando en la sien. Y atendí.

-Creo que este asunto se te está yendo de las manos.- Dijo su voz…

-Esto no va a terminar así.- Respondí.

-Va a terminar muy mal.- Auguró.

-Diez minutos más.-… -Por favor.-

El teléfono se cortó, fue un sí.

Subí y a toda velocidad partimos en dirección al punto final de este delirio de fiebre, incomodidad, asco y muerte.

En cuatro minutos estábamos a seis metros de la puerta de la mansión, a una velocidad de 160 kilómetros por hora. Gracias a la inclinación de las escaleras, en los siguientes tres segundos, atravesamos en una diagonal ascendente cinco habitaciones, una cocina, y el ventanal de atrás. Caímos en picada mientras nos balaceaban a más no poder personal de AlbaInk Security; al menos viví para comprobar que si estaban metidos en esta bola de mierda.

Inmediatamente morí al estrellarnos contra el bunker de Hirfman. No sin antes comprobar que le caímos encima y lo dejamos inválido. De la cintura para abajo por lo menos.

El bastardo de Lorenzo no fue hasta después de un año que empezó a visitar mi tumba y, no sino diez años después empezó a hablar con la lápida. Allí fue que me enteré que luego de estrellar, puso el cadáver de Timoteo junto al de Hirfman. Y cómo acordamos no dijo nada.

Sus compañeros no sospecharon. No pudieron. Veinte años trabajando en AlbaInk Security, y esposado al patrullero en estado moribundo redimía cualquier aire de sospecha. Después de todo, él no había hecho nada.

La misma “impresenssia” de la que Norman Hirfman había presumido hacia sus adentros, era ahora la pieza fundamental de este hecho. AlbaInk retiro toda evidencia sin tocar un cuerpo, ni el de Lorenzo. Sabían, cerciorando su vida, que sería tomado por un rehén y no habría paleo por eso. (Toda publicidad es buena.)

El cuerpo silenciado de Timoteo quedó anexo al de Hirfman, y por tanto ambos casos eran uno, que fue siempre lo que quisimos. Todo en el foro de una municipalidad alejada de las voces subyugadas de medios poderosos.

La masacre del hospital quedó implicada en mi causa, sí. Pero los otros tres cadáveres, el de Sheila, Albert y Sorter pasaron de largo para todo ojo de la ley. Así fue que el trecho que conduciría la investigación a mi estrecha relación con Iris quedaba clausurado.

Un sicario clandestino, un genio solitario, y la mujer que no sentía nada… fueron, al final, la cortina de humo que tanto prometí a Iris.

¿Y el tal Tropard?

¿Quién o qué diantres era Iris?…

Nunca más se oyó hablar de ello otra vez.

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Final de “Crónicas de un esquizofrénico” de Iris Tropard.

Editado e impreso
por: AlbaInk

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Publicado en Relatos