Es fácil confundir el dinero con el éxito, una de las muchas creencias que la sociedad de consumo nos ha inculcado.

Tener la casa más grande, el coche más lujoso, la ropa más elegante y la tecnología más puntera puede hacerte feliz durante un breve espacio de tiempo, pero si basas tu felicidad en cosas, es probable que antes o después te sientas pobre.

Bob Marley decía que “La grandeza de un hombre no se mide en la cantidad de riqueza que posee, sino en su integridad y capacidad de influir en los demás de forma positiva”.

En esta historia con moraleja, el dueño de esta pequeña tienda de comestibles nunca amasó fortuna alguna, pero sin duda vivió según estos principios, ya que consiguió cambiar la vida de muchas personas, símplemente a cambio de una canica.

La canica roja

canica roja

Eran los años de la Gran Depresión cuando el Sr. Miller regentaba una pequeña tienda de comestibles en un diminuto pueblo de Idaho, USA.
En aquella época, el dinero y la comida escaseaban y muchas personas habían recurrido al trueque para hacer negocio.

Un día, mientras esperaba para comprar unas patatas, pude ver a un niño pequeño de unos 7 años, con la ropa limpia pero muy desgastada, mirar atento un cajón lleno de jugosas manzanas.

Tal era el deseo que se reflejaba en su cara, que yo misma no pude evitar mirar aquellas lustrosas manzanas rojas, y mientras las contemplaba, tampoco pude evitar escuchar la conversación entre el pequeño y el Sr. Miller.

– Hola Barry, ¿cómo estás hoy? ¿Te ayudo?
– Hola Sr. Miller, estoy bien, gracias, solo miraba las manzanas… se ven muy bien.
– Son muy buenas, Barry… ¿cómo está tu mamá?
– Bien, cada vez más fuerte.
– Genial, ¿quieres algo?

manzana roja

– No Señor. Solo miraba las manzanas.
– ¿Te gustaría llevarte algunas a casa?
– No, señor. No tengo nada para pagar.
– Bueno, ¿no tienes nada que cambiar por ellas?
– Todo lo que tengo es mi mejor canica.
– ¿De veras? ¿Me la dejas ver?

canica azul

Barry le mostró su tesoro, pero el Sr. Miller no pareció muy impresionado y poniendo cara de falso disgusto le dijo.

El único problema es que esta canica es azul, y a mi me gustan las rojas -dijo- ¿Tienes alguna roja en casa?
– No exactamente, pero tengo algo parecido.
– Hagamos una cosa, llévate esta bolsa de manzanas a casa y la próxima vez que vengas muéstrame esa canica roja que tienes.
– Seguro que lo haré. Gracias Sr. Miller
– dijo sonriente mientras se marchaba corriendo con su bolsa de manzanas.

Al ver mi cara de desconcierto, la señora Miller, se acercó a charlar conmigo.

– Ese era Barry, un niño bueno con una madre enferma. Hay dos niños más como él en nuestro barrio, sabe, todos ellos en una situación de extrema pobreza. A Jim le encanta hacer trueques con ellos pidiéndoles canicas a cambio de patatas, manzanas, tomates, o cualquier otra cosa. Cuando vuelven con las canicas rojas, él decide que en realidad no le gusta tanto el rojo, y los manda a casa con otra bolsa de comida y la promesa de traer una canica color naranja, verde o azul en la próxima ocasión.

colores

Me fui del negocio sonriendo, conmovida e impresionada con ese hombre. Continué visitando aquella tienda y entablando cierta amistad con la amable señora Miller, hasta que un verano me mudé a Colorado. Una vez allí perdí el contacto, pero jamas olvidé la historia de las canicas.

Muchos años después, regresé por aquella localidad para visitar a unos amigos, y mientras estaba allí, el señor Miller falleció. Recordando el pasado, decidí asistir al velatorio acompañando a unos amigos para presentar nuestro más sincero pésame a la familia.

Delante de nosotros había tres jóvenes, con buen aspecto y muy bien vestidos, con traje completo y camisas blancas. Parecían conmovidos. Con tranquilidad saludaron a la Sra. Miller, la besaron en la mejilla y le mostraron muestras de apoyo y cariño. Después, de forma respetuosa y ordenada prosiguieron para despedirse del Sr. Miller.

Cuando llegó nuestro turno, la Sra. Miller con los ojos brillando, me tomó de la mano, me condujo al ataúd y me dijo.

Recuerdas aquellos niños de los que te hablé hace años, han venido desde lejos para despedirse, y decirme cuánto aprecian los trueques que Jim hizo con ellos y el juego de canicas y colores. Ahora que son mayores entienden cuán generoso fue Jim, y han venido desde lejos para presentar sus respetos y pagar su deuda.

Nosotros nunca hicimos ningún buen trato, ni conseguimos hacer fortuna – confesaba entre lagrimas – pero hoy sé que Jim puede considerarse el hombre más rico.

Con amor la señora Miller tomó los dedos de su esposo y abrió su mano. Allí estaban, tres preciosas y relucientes canicas rojas, símbolo de las tres vidas que la generosidad y buen corazón del señor Miller cambiaron.

La moraleja de esta historia es tan cierta como sencilla:

“No seremos recordados por nuestras palabras, sino por nuestras acciones; pues la vida no se mide por la veces que respiras, sino por las ocasiones en que te quedaste sin aliento.”

Fuente: Wimp.com

Publicado en Miscelánea