Hay un cielo plasmado en sus ojos, donde nacen las aves que nadie mas puede ver, aquellas que vuelan y mueren, aquellas que aman y viven, que juegan con su sangre como la pintura que fluye de un eterno paraíso, hogar de los moradores de los vientos y tormentas que sobreviven al viejo invierno. Todo en su única mirada.

Sus pies no están en la tierra y su cuerpo no sigue la dirección de la lluvia, no cae, no pesa, y no sabe que flota. Ya sentirá el gusto de la las cercanas nubes y mientras llega el sol naciente, esperará los colores del arco iris, que saben tal como los imagina.

Se tendió en una luna abierta, que pintó sobre mi cabeza. Hizo manar nuestra única sangre, el mas sentido de los horizontes. Un olvido olvidado que se recuerda.

Caminamos descalzos, con ojos que desnudan almas. Y hubo magia para ambos, entre el círculo de los antiguos árboles protectores. Un ritual sin sacrificios.

Trazamos rutas ayer y se caminaron hoy, quizás como una tradición obsoleta. Así tuve mis visiones, donde daba la vida y también las que no era mías. En el acto, una bala hablada en mi sien ¿Quien la habló? ¿Quien tiene una grieta en el rostro de tal calibre? Las escenas se suceden y el movimiento es tanta vida que muero sin compañía, sin escape al tiempo.

Se acabó la locura. Mi funeral no es mas que una oda a tu remota lucidez, pero también, es una sentencia para todo aquel que aspire a ella como yo lo hice.

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