Compré mi primer wok en IKEA, cuando no sabía cómo utilizarlo. Lo había visto en las películas asiáticas y mi afición por la cocina oriental fueron los suficientes motivos para comprarlo. Con él preparado, y con un buen número de recetas de internet listas para ponerme manos a la obra, no tardé en descubrir que usar un wok en una vitrocerámica es como ir por el desierto con esquís: ambas cosas juntas no sirven de nada. Ahora, el wok forma parte del fondo de un armario esperando otra vida con una cocina de gas butano.

En mis horas de búsqueda de recetas al wok, vi a maestros de la sarten creando maravillas culinarias entre fogonazos, pero sinceramente, nunca pude llegar a esperar ver algo así:

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