Hace unas décadas el concepto de pareja en nuestra sociedad era, por supuesto, monógama e implicaba  el matrimonio como muestra social y personal del compromiso adquirido de convivencia y fidelidad.

Hoy en día el concepto de pareja es mucho más amplio y no pasa necesariamente por formalizar legalmente la unión. Este cambio no sólo es evidente en la forma sino en el fondo, en lo que se espera de esa relación de 2. Si antes vivíamos con el concepto de “para toda la vida”, asumiendo la fidelidad como un eje básico  para el éxito de la pareja, hoy en día ni todo el mundo se casa, ni los que lo hacen asumen que será para toda la vida. 

Aun así la fidelidad en la mayoría de las parejas sigue siendo una expectativa mayoritaria. Salvo casos realmente anecdóticos estadísticamente nadie acepta el engaño como parte de los acuerdos de la vida en pareja.

Muchos argumentan que una infidelidad no es exactamente un engaño si no hay una implicación emocional.  Algo así como que “una canita al aire” o un “affaire” no significan mucho porque la verdadera relación que nos importa es con nuestra pareja con quien sí tenemos un compromiso.

  • ¿Es esto así? 
  • ¿Afecta a una pareja una infidelidad aunque sea algo puntual? 
  • ¿Puede  la pareja sobrevivir a este suceso? 
  • ¿Qué desafíos se imponen para el que engaña? 
  • ¿Y para el cónyuge “víctima”?

Va por delante que me consta que hay parejas que establecen como norma la libertad de tener relaciones sexuales con terceros. Ahora está de moda el concepto “poliamor”. Tengo mi propia opinión al respecto pero, objetivamente, lo que he observado en este tipo de parejas es que casi siempre hay uno que está convencido y otro que acepta  “pulpo como animal de compañía” por no perder su relación. Dicho lo cual, este artículo habla de aquellas relaciones en las que se sobreentiende que ambos se comprometen a demostrar fidelidad.

El precio del engaño

Cualquier tipo de engaño es nocivo para una relación. A nadie nos gusta que nos mientan y cuando lo hacen y nos damos cuenta, es difícil que el nivel de confianza con esa persona sea el que teníamos antes del engaño. Es aquello del : “perdono, pero no olvido”. Puede que no rompamos la relación porque evaluamos pros y contras y quizás no nos merece la pena perder a ese socio, amigo, empleado, etc., pero es fácil que la sombra de la sospecha esté siempre sobrevolando nuestras cabezas.

Cuando el engaño se da dentro del marco de la pareja el engaño se vive como una traición y una deslealtad. Es algo más que aceptar que nuestra pareja ha tenido sexo con otro, lo vivimos, además, como una violación  de nuestra intimidad. Como si alguien hubiera invitado a nuestro espacio íntimo y privado a alguien no deseado.

Muchos hemos afirmado antes de vivir esta situación que jamás toleraríamos este tipo de situaciones y que de ocurrir supondrían inmediatamente el fin de la pareja.

¿Es así? ¿Estarías tú dispuesto o dispuesta a perdonar una infidelidad? ¿Podrías vivir con la huella emocional que deja haber sido engañado y con el estigma social que supone aceptar que nos han puesto los cuernos?

¿Son iguales todas las infidelidades?

Por supuesto no es lo mismo que el engaño haya sido algo puntual  a que sea algo mantenido en el tiempo. No porque la gravedad sea menor o mayor en un caso o en otro, ya que eso lo juzga cada uno según sus propias circunstancias y vivencias, sino porque en el primer caso solemos estar más dispuestos a aceptar que quizás haya alguna circunstancia que se pueda considerar ( no que se deba) como atenuante. Es decir, que nuestra predisposición a perdonar es mayor si la acción es un hecho aislado y único. 

Cundo la infidelidad ha sido prolongada  a la acción en sí le sumamos la decisión de mantener el engaño,  las muchas mentiras  y farsas para encubrirlo y una especie de alevosía y falta de respeto continua. Aquí no solemos encontrar atenuantes, sino muchos agravantes.

Este es el primer detalle que hace que el cónyuge “inocente” decida seguir o no con la relación a pesar del engaño. La mayoría de las veces, en estos casos, lo asumiremos como un desliz e incluso nos llevará a plantearnos por qué ha pasado y si hay parte de “responsabilidad” en lo ocurrido.

Aunque sufrir una infidelidad no es algo deseable por la gran herida emocional que infringe, algunas parejas que deciden seguir con su relación a pesar de ella encuentran la forma de transformar este hecho en una oportunidad para hablar con más sinceridad y honestidad de la relación en sí, del compromiso, de las expectativas y deseos de ambos. Paradójicamente se enfrentan con más verdad a su propia relación tras la mentira.

Aún así la confianza no es algo que se recupere pronto y al final el tiempo dirá si la pareja es lo suficientemente madura en su relación como para poder dejar atrás lo ocurrido y recomenzar la vida en común.

En el segundo supuesto no obstante cuesta mucho más perdonar porque la reiteración implica algo más profundo.  Repetir el engaño supone que la tercera persona no es algo casual ni accidental sino alguien con quien se tiene una implicación mayor, aunque sólo sea a nivel sexual.

En mi próximo post hablaré  de qué implica para la pareja sufrir una infidelidad mantenida en el tiempo y qué cosas han de considerar ambos miembros de la pareja si deciden no romper su relación a pesar de este hecho. Mientras tanto te animo a comentar tu opinión sobre este tema que sigue siendo tabú para muchos.

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