Crítica sobre Promethea. Escrito por Alan Moore. Dibujado por J. H. Williams III.

Alan Moore, maestro del cómic, mesías de la viñeta, mago de la palabra. Decir que Alan Moore es una institución vital en el mundo del cómic es quedarse corto. Uno de los autores más influyentes en el mundo del cómic desde la década de los 90 a esta parte, su obra está plagada de títulos imprescindibles y su afán por innovar y experimentar en el mundo de la historieta es el fenómeno que marca su carrera. Podemos decir, sin riesgo a equivocarnos, que sin Alan Moore no existirían autores tan comerciales como Mark Millar (del que ya hablaremos aquí por su El viejo Logan) o tan personales como Craig Thompson. De la mano de Norma Editorial, se ha publicado en el último mes el tomo final de Promethea, título personalísimo y clave en la trayectoria del autor. Y por ello, somos lectores afortunados. Porque cualquier obra de Moore es agradecida como el agua de mayo, y más aún con su reciente retirada del mundo del cómic.

En Promethea, Alan Moore ha escogido a un dibujante apropiado (como siempre hace, uno de sus mayores dones es escoger y moldear a un artista que sea capaz de transmutar al dibujo su palabra) para desarrollar su tesis neoplatónica sobre la magia y el mundo inmaterial. Comenzando con un planteamiento ucrónico, un tiempo (año 1999) y una ciudad exageradamente post-industriales, más en el imaginario de Moebius o de Philip K. Dick, se nos presenta a Sophie Banks, una estudiante universitaria que está desarrollando un trabajo sobre Promethea, una figura a caballo entre la literatura y la realidad. Alan Moore se sirve de un argumento que bebe de géneros tan reconocibles como la ciencia ficción y el mito moderno del superhéroe para presentarnos a Promethea: un pretexto para explorar su visión de la magia.

Pero, ¿qué es Promethea? ¿Una Diosa? ¿Una superheroína? ¿Una idea que podemos invocar con un poema?

Preguntarnos qué es Promethea es un acto totalmente lógico durante los primeros momentos de la obra, pero algo que pierde vigencia a medida que vamos entrando en la historia. Vemos poco a poco que a Alan Moore le resulta molesta y le sobra esa trama que transcurre en la ciudad. Cada vez se va más al mundo inmaterial de las ideas y de la fábula, donde conviven los relatos del inconsciente colectivo con los muertos, cada vez se deja mecer y nosotros con él hacia las fronteras arcanas e intangibles del Tarot y del ocultismo, y la deconstrucción del superhéroe, algo que lleva haciendo en todas sus historias. Vuelve, eso sí, de vez en cuando, a esa ciudad y a esa vida áspera y aburrida, donde siempre llueve, hay multitudes grises sin personalidad que se agolpan en los trenes y en los bares, donde los anuncios invaden el espacio público y las amigas son insoportables. Nos transmite, así, una de las características primordiales de la ficción actual: un desprecio absoluto por la realidad. Ya lo vimos en películas tan taquilleras como Matrix o Avatar, donde el mundo real es ese Purgatorio de Dante Alighieri. Pero la razón última de este desprecio por lo real esconde un argumento menos nihilista en el mundo de Moore, que veremos a continuación.

La magia es representada de forma estética y bajo el talentazo de J.H. Williams, con todas las herramientas expresivas de las Vanguardias artísticas. El impresionismo y el expresionismo, el surrealismo pop, incluso el cubismo, sirven de reglas de juego para crear esos mundos oníricos donde reside la magia. Pero las Prometheas, porque hay muchas, están dibujadas con un estilo muy clásico, en la línea de los Marvel o los DC más clásicos. Esto guarda todo el poder de la cartomancia: el dibujo como método de adivinación, como forma de retratar la magia. El eclecticismo de estilos que encontramos en el tándem Moore – Williams hace un homenaje a las cartas y a otros muchos artistas que se atrevieron con lo oculto. Aquí están Dalí, Magritte, Remedios Varo, Leonora Carrington, Giacometti, El Bosco, Escher, Mantegna o Giorgio di Chirico. Tanto bebe de la pintura este cómic, que la viñeta ya deja de ser el lugar común de la historia y muchos números de la serie están vertebrados en unas espectaculares splash pages. Ya había comenzado a hacerlo de manera soberbia en Swamp Thing. Me gusta imaginar a ese editor airado de Vértigo al ver solamente splash pages en sus grapas.

Pero no hay nada que pueda encerrar el poder narrativo de Alan Moore. Y el cómic potencia esas habilidades como ningún otro medio.

Descubrimos con Promethea, ya que es demasiado evidente, el objetivo oculto que lleva buscando Alan Moore durante toda su vida dedicada a la novela gráfica. Al igual que su protagonista Sophie hace con la poesía, a través de los cómics Alan Moore está haciendo un hechizo, está invocando a la imaginación. Como el gigante del film Un monstruo viene a verme, la imaginación viene en nuestra ayuda para salvarnos de nosotros mismo. La imaginación como arma para vencer a los demonios que poseen al alcalde de la ciudad a la incultura. La imaginación como poder feminista que nos cura los vínculos telúricos con las fuerzas de la naturaleza.  

Siguiendo las tradiciones literarias de Goethe o William Blake, Alan Moore se convierte en un hechicero. Estamos acostumbrados a este poder de invocación en la música, sobretodo en grupos como Metallica (su último disco, Hardwired… To self-destruct invoca dichas fuerzas ciclópeas, entre ellas, al gran Atlas) u Opeth (Heritage o Sorceress son una buena BSO para leerse los tres tomos de Promethea). 

Pero Alan Moore consigue con esta obra lo que siempre se propuso: invocar finalmente a la imaginación, esa Diosa que cura y nos salva de la barbarie.

Publicado en Cultura y ocio