En 1807, tras la sangrienta batalla de Eylau, Jean Baptiste de Marbot despierta tras varias horas inconsciente. Había sobrevivido, pero se encontraba cubierto de sangre, rodeado de cadáveres y completamente  desnudo. ¿Cómo había hecho para perder la ropa durante la batalla? Fácil, había sido dado por muerto y completamente saqueado.

guerra muertos 4

Entre 3’5 y 6 millones de personas perdieron la vida luchando en las Guerras Napoleónicas, que tuvieron lugar entre los años 1803 y 1815. ¿Pero qué ocurrió con todos aquellos cuerpos?

Al igual que hace la naturaleza cuando un cuerpo se descompone, tras la batalla daba comienzo un macabro ritual en el que soldados, saqueadores y alimañas daban cuenta de los caídos en estricto orden.

Los primeros de todos eran los propios soldados vencedores, que recogían las armas, el calzado y todo objeto de valor que pudieran encontrar, para así compensar su pequeño salario.

Tras ellos, y si la batalla se realizaba en casa, llegaban las mujeres de los fallecidos, esperanzadas por hallar con vida a sus parejas, o al menos su cuerpo y pertenencias para darles sepultura.

Sin embargo, muchas batallas se celebraban lejos de casa y la segunda oleada de saqueos la protagonizaban los vecinos de localidades cercanas. Estos saqueadores buscaban todo aquello que los soldados hubieran podido olvidar o llevar consigo.

guerra muertos 3

Por último, llegaban los profanadores de cuerpos, quienes sacaban provecho de la venta de diversas partes del difunto, generalmente los dientes. Armados con un par de alicates, los profanadores arrancaban los dientes a los soldados. Pero no solo los de oro, que casi nadie podía permitírselos, sino también las piezas dentales normales que después serían utilizadas para hacer dentaduras postizas.

Es sabido que tras la batalla de Waterloo, el comercio de dentaduras vivió uno de sus mejores momentos. Y es que, debido a la gran cantidad de jóvenes fallecidos, el mercado se inundó de gran cantidad de material en muy buen estado.

Dentadura antigua fabrica a partir de dientes de Waterloo

Dentadura antigua fabricada a partir de dientes de recogidos tras la batalla de Waterloo

Tras este macabro ritual de despojo, y dependiendo de las condiciones meteorológicas y estratégicas, los ejércitos designaban un contingente para sepultar someramente o quemar los cadáveres. 

El objetivo era prevenir las epidemias y sanear la zona. Sin embargo, con batallas de más de 10.000 cadáveres, esta tarea podía llevar días o incluso semanas. Pronto el hedor atraía a las alimañas que comenzaban a dar cuenta del festín.

 

“Se requiere un gran trabajo para enterrar todos los muertos… Imagínese en el espacio de una legua cudadrada nueve o diez mil cadáveres; cuatro o cinco mil caballos fallecidos; líneas enteras de mochilas rusas; piezas rotas de fusiles y sables; el suelo cubierto de balas de cañón, obuses y municiones; veinticuatro piezas de artillería, cerca de las cuales yacían los cuerpos de sus servidores, caídos en el intento de llevárselas en su retirada. Todo esto era lo más destacable en un terreno cubierto de nieve”. – Descrioón perteneciente al número 64 del Boletín de la Grande Armée. 2 de marzo de 1807, tres semanas y media después de la amarga y difícil victoria de Napoleón en Eylau,

guerra muertos 1

La tarea no era menos intensa si se optaba por quemarlos. Se cuenta que para quemar los cuerpos tras la batalla de Waterloo, el ejército tuvo que contratar a más de 50 personas que trabajaban de sol a sol. Las piras funerarias ardieron ininterrumpidamente durante una semana, alimentadas los últimos días únicamente por la grasa humana de los propios cuerpos.

A pesar del buen trabajo realizado, un año después todavía podían encontrarse huesos desperdigados por el antiguo campo de batata. Pues bien, de esto también se supo hacer negocio. Varias empresas se dedicaron a recoger los restos y fabricar fertilizantes a partir de huesos humanos y equinos. Un millón de toneladas de abono salieron de Waterloo, según publicó en 1822 una periódico local.

Por sí creías que esto ya no podía dar más de sí, con el paso de los años ha surgido un último escalón en la escala carroñera de la muerte ajena: los cazadores de recuerdos.

Este gremio se dedica a peinar los antiguos campos de batalla en busca de cascos, cartas, munición, libros, corazas, y cualquier otra cosa que pudiera ser objeto de colección para museos y aficionados. Mejor aún si estos objetos presentan marcas de bala, metralla o violencia.

Y es que, como puedes comprobar, el mercado de la guerra no se limita únicamente a la fabricación de armamento sino que, tanto entonces como ahora, existen muchas personas que saben hacer de la muerte un negocio.

Fuente: labrujulaverde.com

Publicado en Cultura y ocio