¿Ragtime? ¿Te suena? A mucha gente seguro que no, salvo a melómanos o grandes aficionados al blues y jazz. Me pasó recientemente, en una intervención que hice para un concierto benéfico en el que participaban diversos artistas, que uno de los conductores de la gala me preguntó qué iba a interpretar a la pianola que había en el escenario. Ragtime, le contesté…. ¿cómo se escribe?… ¿y qué es? Me preguntó…


Tengo la sensación que, con el paso del tiempo, grandes valores culturales que pasan a engrosar la historia con nombre propio o un género musical, un estilo, etc. parecen caer curiosamente en el olvido o se desvirtúan. La música de The Beatles o ellos mismo como identidad de grupo son cuestionados, – “no eran tan buenos” – o Beatles? Quienes eran esos…y ¿Elvis? O valoraciones peyorativas hacia artistas que ronda los setenta y algo y que por ello ahora son viejos aprovechados que siguen en el escenario… obviándose la gran contribución que hicieron y siguen haciendo a la música del siglo XX… claro, estamos en el XXI y cuasi parece una moda criticar a las “viejas glorias”. Es una sensación que encuentro en conversaciones con los adolescentes (no por ello culpables de un fallo en su base educacional, por ejemplo) o en los foros de opinión o en 140 caracteres de Twitter…lanzando precisamente eso, opiniones totalmente subjetivas que borran de un plumazo el verdadero valor de la cuestión tratada… sobre todo en la música.

Y es que la objetividad nunca hay que perderla. Te puede gustar o no una música determinada pero no hay que dejar de ser objetivo y reconocer su valía. Por suerte no podemos generalizarlo, pero sí es verdad que esa sensación que tengo está bastante presente en mi campo – la música – y en la cultura en general. Bien sabemos que el problema parte de la base de la educación y la cultura que se tiene que dar en las aulas, que lamentablemente de por sí no es buena. Quizás es que me esté haciendo mayor y esos valores culturales que me inculcaron y que continuamente buscaba, descubría y me deleitaba con ellos en mi adolescencia, ahora caen en el olvido porque no están de moda. Sin embargo, esos mismos valores han permitido que se desarrollen las músicas actuales o el cine actual, por poner dos ejemplos. Sí, me estoy haciendo mayor pues me suena a eso de “¡Yo gané la guerra por chavales como vosotros!”.

Pero no lo puedo evitar y desde mi puesto – en la banqueta del piano – sale mi lado de querer compartir lo que me apasiona. En mis conciertos suelo ser muy “hablador”. Esto es: me gusta transmitir, no sólo desde las teclas del piano, la música que estoy interpretando y lo hago con mis explicaciones. De dónde viene el tema, porqué surgió o una simple anécdota puede ilustrar al público… una especie de “notas al programa” pero con voz propia. Y creo sinceramente que el público lo agradece. Al final mis conciertos se convierten en conciertos comentados, que por otra parte suelo hacer, bien como charla-concierto con un determinado repertorio (blues piano) apoyándome en imágenes, vídeos y mi propia interpretación (“Una pequeña historia del Blues Piano”), o bien en mis conciertos didácticos dirigidos a escolares (“Un Piano de Cine”). Sí, es mi lado docente que desarrollo normalmente hacia mis fieles alumnos (algunos de ellos llevan conmigo más de 8 años) y cuya labor me gusta expandir al escenario. Es lo que se me asemeja a la función social del músico tal y como explicaba Frank Liszt en sus “Cartas de un artista”. Y por mi parte, esa función social, como en ocasiones he comentado, me gusta desarrollarla también desde diversos escritos. Es mi lado de músico – escritor, léase musicólogo, docente o transmisor de valores.

Y volviendo al inicio, con esta perspectiva afronto mi nuevo programa de concierto que estrenaré el próximo año 2017 reivindicando el Ragtime y al más grande compositor del llamado Ragtime clásico, Scott Joplin del que se cumplirán el próximo año 2017, 100 años de su fallecimiento y que hoy, 24 de noviembre hace 147 años nació. ¿Ragtime? ¿Te suena?

Sin embargo, si de repente suena en cualquier parte la melodía principal de la película “El Golpe” (The Sting) mucha gente la reconocen enseguida. Es el fenómeno que con el tiempo se suele asentar en nuestros conocimientos por el cual se relaciona un tema concreto con una película , creyendo que están intrínsecamente unidos. Esto es, se relaciona la melodía de la película “El Golpe” como propia de la misma y se llega a desconocer el título de la pieza o se atribuye erróneamente al mismo del film, cuando tanto el propio título y sobre todo la época son totalmente ajenas. “The Entertainer”, gran melodía que sirvió a una gran película de 1973 que ambientaba los años de la depresión en EEUU, pero que realmente pertenece a principios de siglo XX, concretamente 1903, y por lo tanto no fue compuesta para la película.

Pues eso es ragtime, esa característica del tema de “El Golpe”, esa sensación “saltarina” que enseguida reconoce el público, es un género que tiene vida propia: el ragtime. Y hay que reconocerle a la película que, gracias al empleo de esa pieza y otras del gran compositor de ragtime clásico, Scott Joplin, volvió la locura de dicha música al mundo… tal como comentó Eubie Blake en su día.


Casi podríamos asegurar que el Ragtime murió al cumplir su mayoría de edad, si aproximadamente contamos desde el famoso Maple Leaf Rag (1899) hasta la muerte de Scott Joplin (1917) y su desaparición temporal fue ocasionada por la fuerza arrolladora y novedosa de una jazz al que le debió su propio surgimiento. Por eso, no olvidemos que sin el Ragtime es muy probable que el jazz y mucha música popular no hubiera sido lo mismo. Reivindiquemos el Ragtime, no sólo por ser una música elegante, bella, rítmica y apasionada, sino por todo lo que aportó al mundo de la música y con ello Scott Joplin, un “Bach” en Jazz.


Scott Joplin

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