Posó sus labios en mi cuello, humedeciéndolo y excitándome. Me tomó de la cintura y con su mano derecha acarició mi pecho. Yo estaba desarmada, sin defensa, complaciente a lo que él pudiera hacerme. Permanecía en silencio mordiéndome los labios, agitada y perdida en los sueños eróticos que él provocaba.

Bajó mi blusa y expuso al aire mi pecho tibio, suave, virginal; era la primera vez que alguien me tocaba así, con pasión, con ansia, con arrebato. Dejó mi cuello y se lanzó a mi pecho, y no paró de besarlo hasta que arranco un gemido de mi boca.


La noche era cálida, sofocante, densa y llena de un aire pesado y espeso. El poco aire presente a penas si me daba un poco de respiro. Comenzaba a sudar y eso me incomodaba, pero él parecía ignorarlo; continuaba absorto en mi cuerpo.

No había pasado ni futuro, ni una historia por vivir, solo el presente incandescente y festivo. 

No había historia de romance, ni narración más allá de esta noche, solo pasión, gemidos, placer y ganas de no estar solos.

Unos minutos antes éramos extraños perdidos en un mar de personas que iban y venían sin convivir, donde nadie representaba nada y solo nos veíamos sin poder mirarnos.

De entre todos unos ojos me miraron, directa y profundamente, se asomaban con picardía y sonreía. Era alto, moreno, joven y lindo. Una sonrisa contrastaba de aquellos ojos negros, muy serios, penetrantes. Su cabello tupido caía graciosamente por un costado de su rostro, aunque solo era un mechón que escapó de su boina. Llevaba ceñida una camisa que le daba un aire de formalidad. Caminó lentamente hacia a mí, sin prestar atención a su compañero que le hablaba en vano; parecía que desde que me vio no había nada más. Yo estaba un poco nervioso y dudé por un intenté en salir huyendo, pero me ganó la curiosidad por saber de él. Cuando se acercaba yo intentaba no mirarlo, pero su mirada era inevitable y me obligó a sonreírle. Miré atrás para asegurarme que no hubiera alguien más que causara alguna trágica confusión, pero no, él venía directo a mi encuentro.

Tomé valor y decidí enfrentarlo, devolverle la provocación. Di unos pasos, hasta ponerme justo delante de él, lo miré directamente pero no retrocedió ni un palmo. Se detuvo y sin más me susurró algo al oído. Acentué con la cabeza y me tomó de las manos, y salimos de aquél lugar. Cuando se acercó a susurrarme pude oler su perfume: refrescante, como lluvia en un campo lejano; Mis sentidos se dispararon y perdí la razón. Cuando caminábamos hacia afuera me sentí pequeña, ansiosa por saborear sus labios y por olerlo de nuevo.

Me llevó hacia la playa, dejando atrás las luces, el estruendo, el bullicio y la multitud que celebraba. Nos adentramos a la oscuridad, hacia la soledad, donde antes de recostarme suavemente sobre la arena me besó abruptamente. Mis manos pequeñas se aferraban a sus brazos fuertes; no quería soltarlo.

No sabía nada de él, ni su nombre, y no quería saberlo, solo necesitaba quedarme con su recuerdo, con ese instante de placer que sentía sin premura. Esa noche pasaría y yo regresaría el día siguiente a casa, a lo cotidiano, a mi vida normal. Pero ahí, sobre la arena y debajo de aquél chico lindo mi vida comenzaba.

Continuó intensamente sobre mí, excitándome, provocando a tal grado que le pedí que me hiciera el amor en ese momento, sin esperar más. Se abrió el pantalón, bajó mi falda y me penetró. Yo lo bese sin respiro, con una locura. No quería amor, no estaba buscando que dieran la vida por mí, que me dijeran palabras bonitas ni que me dieran la mano al bajar de auto, no ahora, solo quería pasión, deseo y sexo. Era mi primera vez y buscaba hacerlo bien, dejarme llevar y solo sentir. Lo olvidé todo fuera de aquél momento y me concentré en la agitación y la algarabía de sus cuerpo. Era hermoso, pino; perfecto para ese único momento.

El siguió en los suyo, mientras yo me perdía en su placer. Sus labios eran suaves, su aliento fresco y su aroma irresistible.

Empezó a sudar, y agitarse aún más. Yo le seguí el paso. Me aferré a él. Apenas si hablaba mientras yo gemía de placer. Me preguntaba torpemente si me encontraba bien; yo estaba en la gloria. El clímax llegó y yo estallé sobre él. Me dejé llevar y sin importarme nada terminé con un alarido y muerta de cansancio.

No sé cuánto duró, pero no importaba, yo estaba ahí, sobre su pecho, acariciándolo, viviendo mi primera experiencia sexual. Sobre nosotros una noche de estrellas que servía como marco en esa única noche de encuentro; mañana sería un adiós definitivo, mañana seríamos de nuevo extraños.

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