David, permaneció ahí, en el piso, con una sonrisa estúpida, una mano sobre su ojo hinchado y sus útiles desperdigada sobre el piso.

Un puño había descendido bruscamente sobre su rostro, haciéndolo caer sobre su mochila. Cayó dramáticamente, desplomando su peso por completo. No hubo gritos ni quejas, ni siquiera llanto, solo dolor… un dolor ahogado en su garganta.

– ¡Maldito raro! – Le gritaban – ¡vete a tu planeta, niño rata!

Unas carcajadas sonaron alrededor, acompañando a la escena violenta que vivía David cotidianamente; por eso, ya no había gritos ni llanto, solo resignación.

Todos en la escuela lo habían visto caer, lo habían visto resistir la humillación y habían visto cómo se quedó ahí, sumiso, adolorido, frágil y sin amigos; daba lastima.

Se levantó. Era momento de ir a casa.

El camino fue largo y pausado, se estiraba descomunalmente. El rostro le ardía. Caminaba casi a tientas, segado por un puño agresivo, que había acumulado todo el odio hacia lo distinto, hacía lo que no entendía.

Al entrar, fue como si nada pasara, nadie estaba ahí para verlo. Era el menor de siete hermanos. A ellos, casi nunca los veía, ya que todos permanecían en su cuartos, encerrados, aislados, intentando escapar del hastío y la indiferencia de sus padres, que nunca estaban, pues había que trabajar incansablemente para mantener en pie aquella familia.

Su casa estaba poco iluminada, desarreglada, con todo tipo de cosas tiradas por el piso, cual ciudad derruida después de un tornado. Era una casa grande, heredada por sus abuelos, y la cual, había perdido su grandeza hace años. Pasó por los pasillos, puertas y escaleras hasta llegar a su habitación; el único rincón del mundo donde David se sentía seguro y feliz. Es curioso como un cachito de intimidad puede hacerte sentir libre, como si se estuviera en medio de un campo de flores con el sol esplendoroso y con un aire agradable. Así era su cuarto, con la capacidad irónica de libertad, aunque fuera el cuarto más pequeño del mundo. Ahí pasaba los días, encerrado, al igual que sus demás hermanos.

Se tumbó en la cama y se puso a imagina, a pensar qué se sentiría ser diferente, ser más alto y fuerte, más rápido y menos torpe. Quería de un golpe acabar con todos esos niños que lo molestaban día con día. “¿Por qué lo hacían?” – Pensaba – “¿Por qué siempre tiene que haber gente abusiva queriendo molestar a los más pequeños y a los diferentes?”. Mientras pensaba eso se quedó dormido.

Despertó al poco tiempo, culpa del dolor en el ojo que se había hinchado aún más. Se levantó y fue por hielo a la cocina, pero al llegar al refrigerador se dio cuenta que no había. “¿Qué hora es?” se preguntó. Vio el reloj de la sala y se percató que eran las 7 de la tarde. Su madre ya debía haber llegado del trabajo.

Fue hasta el cuarto de su mamá y tocó la puerta. Nadie respondió. Intentó abrir pero estaba cerrado. Pasaba detrás de él uno de sus hermanos, el mayor, Pedro.

– Pedro… y ¿mi mamá? – le gritó, pero no hubo respuesta. Llevaba puesto los audífonos. – ¡pedro! – insistió, pero fue inútil. El chico entró a su habitación y cerró la puerta de golpe.

“¿Cómo es que en un lugar lleno de gente me siento tan solo?” pensaba.

Ahora tendría que buscar a su papá, que, de seguro, estaría inmerso en su trabajo en el cuarto de estudio.

Bajó hacia la parte más profunda de la casa; aquél lugar parecía un laberinto, escondido entre pasillos y habitaciones. Esa parte era más misteriosa que el resto, empapada con un silencio que lo consumía todo, como si los sonidos no existieran. Cruzó un pasillo largo y llegó al estudio.

¡Toc, toc! – interrumpió el ambiente de manera abrupta. No hubo respuesta – ¿papá? ¿Estás ahí? – susurró apenas, mientras giraba la perilla y entraba despacio.

– ¿papá? – Repitió– necesito tu ayuda.

El estudio estaba igual de oscuro que toda la casa, aunque parecía un poco más densa la negrura. Entró despacio, tratando de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. El piso era de madera, así que emitía un sonido con cada paso que daba. Se veía en un rincón una luz tenue, apenas iluminaba por encima de la silla del escritorio de su padre; era la luz del monitor.

– papá – susurró de nuevo, apagando su voz con cada aproximación.

Al llegar a la silla la giró, pero no había nadie, solo estaba la computadora encendida. Había una taza de café medio caliente sobre el escritorio y unos anteojos sobre el teclado. “¿Por qué será que no puedo encontrar a nadie en esta casa?” pensó. De pronto escuchó un leve sonido que venida de la otra parte del estudio, como una pequeño picoteo. Giró la cabeza pero, naturalmente, no pudo ver nada, aunque el sonido se seguía escuchando. David era pequeño, pálido, con ojos avizores y atentos, un tanto flaco y nervioso, pero poseía una curiosidad natural, lo que hacía que su sentido del peligro se desvaneciera.

Se acercó lentamente, con cautela; no quería que lo que fuera que estuviera ahí escapara sin que pudiera saber que era aquel ruidillo. De nuevo se escuchó un “toc, toc” diminuto, casi imperceptible. Al llegar al otro extremo vio un librero algo abandonado, derruido y lleno de polvo. Al fijar su vista vio un libro que se agitaba, reproduciendo con su movimiento el sonido, el llamar de una pequeña puerta. Estiró el brazo para alcanzarlo, pero estaba algo alto para el metro y diez centímetros que medía David. Se paró de puntillas y apenas pudo tocar el lomo del libro. Se estiró más y lo alcanzó a tomar a penas con dos dedos. Jaló con mesura y… se encendió la luz. David se sorprendió y no alcanzó a sacar el libro de su lugar.

– ¿Qué haces aquí, hijo? – era su papá quien regresaba de la cocina con un pan y un vaso de leche. – ¡vaya! ¿Qué te ha pasado en el ojo?

– Me caí… no pude meter las manos y me golpee el ojo contra el piso. –se llevó la mano al ojo, como si con eso pudiera calmar su dolor.

– Ven, deja lo veo – el papá se acercó a revisarlo. Dejó su merienda en una mesita cerca del librero, tomó una silla, los lentes que estaban sobre el teclado y acercó a David hacia él. – veamos ¿que tenemos aquí? – y, colocándose los lentes, puso su mirada con detenimiento sobre el ojo de su hijo. Lo tenía tomado de la cabeza, con fuerza, y, sin mucho cuidado, le mallugaba el ojo sin piedad, más por tosquedad que por otra cosa. – oh, vaya, es un buen golpe. Tendremos que ir a la cocina a ponerte hielo

– no hay hielo, por eso vine a buscarte. Primero fui con mamá, pero no estaba. – Decía el chiquillo aquél, casi llorando– lo siento, sé que no debemos molestarte cuando trabajas, pero realmente me duele mucho.

– no te preocupes, ya estaba por terminar… veamos ¿qué podremos hacer? – se llevó la mano derecha al mentón como quien trata de resolver algún problema. – ¡ya lo tengo! debe haber algunas verduras congeladas en el congelador, eso podría servir. ¡Vamos Iván!

– David, me llamo David… – reclamó con enfado

– si, por eso, David. Vamos a la cocina

Llegaron a la cocina, sentó a David en una silla y sacó las verduras congeladas. Las envolvió en un trapo y lo acomodó muy torpemente sobre su ojo.

– Bueno creo que se ve un poco exagerado – rió un poco su papá

El hombre era alto, delgado, con el pelo negro peinado hacia un lado. Usaba lente, pero casi nunca los traía puesto; siempre los tenía sujetos con su mano derecha. Era un poco distraído.

– ya sé que hacer – se dijo a sí mismo. Fue a buscar cosas por los cajones de la cocina.

– papá… escuché algo en el estudio. – dijo suavemente David

– aja, debió haber sido un ratón, hace años que no hacemos limpieza profunda en la casa – contestó muy despreocupadamente – ¿Dónde habré dejado las tijeras? – se dijo así mismo.

David se quedó ahí, esperando a que le vendaran de nuevo el ojo. “Que difíciles es hablar con alguien aquí” pensaba.

Esa noche no cenó. Permaneció en su habitación, pensando; quizá por eso eran tan libre ahí, porque podía, incluso, escapar de sí mismo… imaginando.

Al recostarse en su cama se mezclaron dos cosas, sueños e imaginación, como si una fuera la continuación de la otra. Empezó por imaginarse volando en una nave espacial, donde era el capitán. Volaba hacia Plutón, el planeta que dejó de serlo hace tiempo, o al menos eso había escuchado. “¿Cómo un planeta puede dejar de ser planeta?” pensaba “acaso, ¿estaba demasiado lejos y salió volando hacia la oscuridad del espacio? eso tengo que descubrirlo”. Después de llagar a júpiter, y de rescatar a la princesa Mádelein de los soldados marcianos que habían conquistado ese planeta, se adentró al sueño, y fue ahí donde escuchó una voz en su cabeza: “búscanos, estarás mejor con nosotros”.

La mañana siguiente solo recordaba el leve sonido de una voz, como si su propia imaginación lo hubiera creado, pero estaba muy profundo en su recuerdo.

Ese día lo esperaba un mundo indiferente, además de otra rutina con los brabucones. No sabía que era peor: la gente que lo ignoraba todo el tiempo, sin siquiera notar su presencia, aun cuando estuviera justo a un lado de él; o aquellos que se sentían superiores y que, por alguna razón que no entendía del todo, lo molestaban y golpeaban todo el tiempo.

Y así fue, otro día absurdo y sin sentido, lleno de gente que lo fastidiaba por ser pequeño, o que lo ignoraba por la misma razón. “¿Por qué no puedo ser grande como los demás?” pensaba.

Llegó a su casa cansado, sin muchas ganas de seguir en la escuela. Una vez le había comentado a su mamá acerca de eso, pero su madre le dijo que tenía que ir, que era su obligación, solo así podría ser alguien en la vida. Y claro que él quería ser alguien en la vida, era una de sus fantasías frecuentes: ser una persona poderosa, no para dominar al mundo, sino para que nadie más pudiera verlo con desprecio o indiferencia.

Llegó a su casa con mucho apetito, pues había perdido su lonche en manos de unos tipos sin mucho que hacer, así que no pudo comer nada en la escuela. Fue a la cocina, pero no encontró nada, tendría que esperar a que saliera su mamá del trabajo para poder saciar su hambre, y para eso, aún faltaban como tres horas. Al parecer, era el único en su casa que no sabía preparase nada, bueno, no es algo que nadie le hubiera enseñado en sus 8 años de vida. Fue de cuarto en cuarto tocando las puertas de sus hermanos para ver si alguien pudiera hacerle algo de comida, pero nadie respondió, “¿Qué acaso no vive nadie en esta casa?” pensaba. No había más remedio que ir a buscar de nuevo a su papá.

De nuevo, estaba en la parte de abaja de su casa, en lo profundo de aquél lugar. De alguna forma ese rincón de la propiedad tenía un ambiente distinto, no solo triste y apático como toda la casa, sino que existía algo más en ella. En especial un pasillo antes de encontrarse con la puerta del estudio, ese pasillo, parecía distinto. En él, el aire era pesado, seco, por eso se percibía que el sonido no entraba ahí; David se sentía en otro mundo, como si entrara al portal de otro universo.

Llegó a la puerta del estudio y de nuevo se dispuso a tocar, pero notó algo curioso, la puerta tenía un detallado diferente al resto. Eran unas figuras muy prolijas, con patrones muy estilizados y de color claro. La puerta misma era de un material más pesado que las demás. No lo había notado antes, y no sabía si siempre habría sido así. Tocó.

– Pase – la voz de su padre se coló por aquella madera pesada; Se escuchó así, simple, seco – Pase – de nuevo se escuchó muy levemente.

David entró despacio, al parecer, era una manía que tenía al entrar a algún lugar. De nuevo la habitación estaba oscura, y la luz del monitor resoplaba con prudencia. No había nadie, no estaba su papá, o no lograba verlo.

– ¿papá? – Susurró apenas – ¿Dónde estás? – y aunque no escuchó respuesta, entró.

La puerta tras de él se cerró sola, despacio, imperceptible para David que daba unos pasos sin percatarse de lo que pasaba a su espalda. Al entrar, la habitación se veía más iluminada, como si pasara luz natural por algún lugar, así que no hizo por encender el apagador. La tonalidad de la luz era amarilla y de un sabor fresco. Se podía ver cada detalle en la habitación, como si la luz lo cubriera todo. Había estado ahí una decenas de veces en su vida, pero, en ese momento, sentía como si el lugar fuera nuevo, como si nunca hubiera conocido aquella parte del mundo. Existía un silencio muy profundo y solo lo interrumpía el sonido de la madera al ser pisado por David. Recordó el sonido de la otra vez. Pareció escucharlo de nuevo, aunque muy leve, como si el sonido fuera un recuerdo. Se acercó con desconfianza; no era normal aquello que vivía, incluso para un chico de su edad era notorio. Acercó una silla, la misma que había usado su papá el día anterior para examinarle el ojo. Puso un pie sobre ella y se empujó hacia arriba. Se apoyó con firmeza del librero y buscó con cuidado el libro que había emitido el sonido. Leyó los títulos despacio, pues, aunque sabía leer, era algo que hacía con dificultad. Después de un rato de leer solo un par de títulos, optó por intentar ver algo más que solo el nombre, así que pasó su mirada por todos los libros con detenimiento, buscando algún detalle para identificarlo. Al fin lo logró, ahí estaba, era el único libro que tenía las marcas de sus dedos encima de la fina capa de polvo. Empezó a leer el título.

– Le…yen…das… de… bio… ta – se dijo así mismo con una voz pausada. Continuó – Los… ar…bo…res… y… el … ni… ni… ni…

– y el niño perdido – le dijo una voz detrás de su oído, a penas susurrado.

David giró abruptamente y cayó de la silla. Naturalmente, no había nadie. De pronto todo se escureció, como si una nube hubiera pasado sobre el sol y la habitación se hubiera ensombrecido. David intentó levantarse, pero un dolor agudo en su pierna lo tiró al piso otra vez. Dio un leve grito y las lágrimas surgieron. Se tomó la pierna y lloró un rato, y después de unos minutos, entendió que nadie vendría a su encuentro. Como pudo alcanzó una silla con rueditas que había cerca y puso su rodilla sobre ella; al parecer el tobillo era el problema. Utilizó la silla como una especia rara de patín y se empujó hacia afuera. Siguió por el pasillo librando los obstáculos en el piso. “¿Por qué siempre está tirado todo?” pensó.

Llegó a la cocina y empezó a buscar unas tijeras. Sentía que la pierna se le iba a caer. Empezó a imaginar que tendría que utilizar un palo en vez de la pierna, como si fuera un pirata, aunque le faltaba un ojo de vidrio. Empezó a desesperarse, pues el dolor no paraba, y no lograba encontrar las tijeras para cortar su pantalón y revisarse la pierna; En realidad, no tenía idea de qué podría hacer después de revisarla. El dolor se hizo más punzante y llegó el momento que no pudo moverse más. Quedó tirado sobre la mesa durante un rato, hasta que llegó su mamá. No supo cuánto tiempo había trascurrido, pero, para él, fueron años.

No fue fractura, solo un esguince, lo suficiente para tenerlo en cama algunos días. Sus hermanos se enteraron de lo sucedido hasta el día siguiente. Se hizo un rol con cada uno de ellos para atenderlo. Era extraño verlos asomarse por la puerta y que le preguntaran si necesitaba algo, sintió como si se entrometieran en su mundo fantástico. No los despreciaba, pero después de ocho años de indiferencia, el verlos, ya no era algo especial; eran extraños ante sus ojos.

Una semana después, sus hermanos, ya no volvieron aparecer por su cuarto, por lo que para comer algo, tenía que bajar. Para ir la cocina daba pequeños saltitos apoyándose de la pared o en los pasamanos de la escalera.

Una tarde, cuando regresaba de la cocina, se encontró sobre su cama un bastón de madera. Estaba hecho de ramas de árbol, pero unidas muy fuertemente. Pensó que quizás era obsequio de alguno de sus padres, ya que, si alguien pudiera recordar su existencia, serían ellos y no sus hermanos.

Esa noche, cuando se encontraba profundamente dormido, escuchó de nuevo voces en su cabeza. Despertó súbitamente, como si alguien lo hubiera llamado. Ya con los ojos abiertos, no pudo escuchar nada. Era de madrugada, por lo que intentó dormir otra vez, no obstante, no tuvo éxito; en su cabeza solo había una cosa, el libro.

Estuvo pensando en el libro un par de horas o más; la curiosidad lo consumía. Era un pensamiento constante y profundo. No había forma que pudiera conciliar el sueño, así que decidió ir por el libro. Era domingo, a las 6 la mañana, lo que hacía más fácil su tarea sin que nadie se percatara de su presencia.

Salió de su cuarto muy calmadamente, utilizando bastón como apoyo. Bajó las escaleras haciendo un escándalo exagerado, aunque nadie lo escuchó. Siguió por el pasillo con mucha decisión y abrió la puerta. Entró sin avisar. No había nadie. La luz estaba prendida. Había decidido que nada interrumpiría esta vez su tarea, así que puso el seguro. Tomó la silla y se alzó hasta él. Todo parecía normal. No había sonidos extraños, ni luces distintas, no se sentía ningún ambiente diferente, solo había determinación y curiosidad a su máxima expresión.

Ahí estaba, listo para ser tomado. Lo sujetó en sus manos y giro su cabeza; no haba nada, ni ruidos, ni fantasmas, ni sonidos. Regresó su atención al libro y vio la pasta; era gruesa, desgastada, antigua, con letras en negro, muy grandes y sobrias. Sin autor. Desprendía un olor a campos frescos, a lluvia sobre tierra mojada; un olor bastante agradable. Cuando iba hojear el libro, escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. “esta vez no me interrumpirán” pensó, era demasiada su ansiedad. La puerta sonaba, era inevitable una interrupción. Se escuchó como la perilla giraba. David regresó al libro y lo abrió. En ese momento la puerta se abrió. Era su padre, que levantó la vista y vio como un libro caía del librero, pero no había rastro de David. Se acercó, lo tomó y lo puso encima de su escritorio, puso su maletín en la silla y se dirigió de nuevo afuera. Antes de salir, vio un bastón en el piso, “otra vez los niños” pensó. Salió y cerró la puerta.

Así se quedó el estudio, sólo, con una silla cerca del librero, un bastón en el piso y un libro en el escritorio. David no apareció de nuevo, y, lo extraño, es que nadie notó su ausencia. El recuerdo de él era escaso y al poco tiempo su memoria se dispersó. Nadie nunca más lo recordó.

Ese día, cuando regresó su padre a trabajar, vio que el libro estaba abierto en el primer capítulo, y decía:

“Y aunque era una creatura diminuta, con aspecto descuidado y con ropa muy grande para su tamaño, su corazón y su valentía no tenía comparación…”

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