Caminaba concentrado en mis pensamientos, absorto, imaginando historias que me permitieran escapar del presente. La realidad era demasiado trágica para pensar en ella; vivir en este mundo, carente de motivación, era impresionantemente vacío.

Las calles estaban solas y había un aire tétrico en el ambiente. Las luces tintineaban opacas, apenas pintando las calles de un color tenue y triste. Cuando pasaba frente a las ventanas de las casas, veía sombras que cobraban vida y se reían de mí. Yo intentaba caminar más rápido e ignorar las burlas de las tinieblas nefastas. Quizás era el reflejo de mi estado de ánimo; Era yo quien se burlaba de mí mismo.

El viento fresco de la madrugada acariciaba mi piel y por fin me hacía sentir algo: un escalofrío estremecedor y delicioso, tan placentero como el olor a lluvia o el agua caliente a la hora de la ducha. Cada paso era un pensamiento que escapaba de mi interior y se depositaba en mi conciencia; daba vueltas sobre mis ojos y regresaba hasta el fondo de mi mente, justo al lado de lo inconsciente, ahí, bajo las cosas olvidadas y los sueños ocultos. Me hacían imaginar en los planetas lejanos inexistentes de un mundo imaginario o en la mirada inquietante de un niño en medio del bosque antes de enfrentarse al lobo malvado.

La noche se hacía más profunda y penetrante, y las calles se alargaban eternamente hacia la nada, llevándome a lugares desconocidos en aquellas colonias olvidadas del mundo. Ahí estaba yo, como un punto en medio de una hoja en blanco, aislado y sin sentido. Pasaba indiferente, ignorando casi todo, pero no a las burlas recurrentes de las sombras farsantes que me llamaban “perdedor”. Trágica era ya mi vida sin aquellas deshonras.

Todo había terminado justo una hora antes, cuando delante de mí habían unos labios rojos diciéndome que se iba el amor de mi vida, que ya no había marcha atrás y que, desde ese momento, la vida no tendría sentido. En ese instante no pude hablar, pues, triste y desmoronado, mis palabras se iban con mi corazón; escurrido baja mis pies y drenando mis sentimiento. La vi partir de mi vida. La eternidad se hizo instantes y la dicha tragedia. De pronto dejé de sentir todo, y se hizo un hueco en el pecho, justo como todo mundo te dice que se siente el dolor de amores. Todos los años vividos, que eran motivo para seguir luchando, y que hace unos momentos eran tan presentes, se evanecían.

Me desplome sobre las rodillas mirando cómo se marchaba, sin poder decir o hacer nada. Las piernas perdieron fuerzas y el ánimo decayó, y la mirada se perdía. Postrado, levante la vista; Usaba una falda larga que se contoneaba cuando era llevada por sus zapatos altos. Sus pasos eran firmes y no titubearon. La vi salir, segura de su decisión, tan determinada por otro amor que la esperanza de un quizás murió en ese instante, apenas unos segundos después de que se fuera… para siempre.

Me quedé ahí por un rato, perplejo, atónito y devastado, antes de poder levantarme. No pude hacer otra cosa sino caminar, salir de esa casa tan grande para una sola persona. Me sentía perdido en ella; un náufrago en medio del mar. Así que caminé, afuera, a la nada, al vacío de la noche, buscando dejar desperdigados mis sentidos; andar sin rumbo, pero con la ilusión de encontrar algo de que aferrarme. Y así llegué aquí, a las calles de mi cuidad hermosa, que me llenaban de una magia desconocida, pero tan cierta como la lluvia en verano.

Anduve por ahí, deambulando entre calles oscuras y rincones negruzcos, entre casas y autos en las banquetas, entre el aire y el pavimento, entre sombras y luces artificiales. Caminé sin parar, y la imaginación se terminaba, y la ansiedad de encontrarme con la terrible realidad me asustaba. Aún no estaba preparado para enfrentarla. ¡No! era muy trágica en ese momento. La desolación y el saberme derrotado era muy lamentable para mí. Así que corrí, intentado huir del mi presente y alcanzar un futuro que desconocía, pero que, de seguro, era mejor que la verdad, que la terrible y cruel realidad. Corrí sin mirar a dónde, sin saber a dónde me llevaban esos pasos apresurados y abruptos. Tan intempestivo fue mi paso que me tropecé. Caí sin poner resistencia, y golpee la calle con tal brusquedad que me pareció que una grieta se abría en el piso y provocaba un terremoto en alguna parte del mundo, arrastrado conmigo a cientos de personas hacia la desdicha, que se lamentaban y gritaban pavorosos como yo lo hice en aquella noche.

Yacía ahí, sangrando de la cabeza, inerte, con la piel pálida y los ojos cerrados. Una piedra abrió mi frente y terminó con mi sufrimiento. Terminó mi vida sin ningún acto heroico, sin que nadie me viera y sin propósito. Morí tan cómicamente como lo fue mi vida; un chiste muy malo y sin gracia. Patético hombrecillo que ni bien morir podía. Por eso la que fue mi esposa se había ido. No por una mentira u otro amor; no fue culpable una traición, ni siquiera las discusiones diarias. Fue culpable la insipiente monotonía de una vida sin gracia. Así era yo, ni frio ni caliente. No había pasión, y el amor que algún día tuve, lo deposite en una persona; no había nada más. Y el día que se fue, no pode hacer otra cosa con mi vida más que terminarla.

¿Qué cuentas podría darle a Dios? Había escuchado que Dios vomitaba a los tibios. Nos habían llamado a ser sal y luz del mundo pero yo era toda opacidad, toda insignificancia. No había en mi nada de relevante y cuando tuve la oportunidad de hacer algo más lo deje ir por temor.

Un dolor de cabeza me despertó. No había muerto, para mi desgracia, pero mi vida había terminado. ¿Qué más podría existir fuera de Magdalena? Así que no quería vivir más y por eso me quedé ahí, en ese lugar, sin moverme, con la esperanza que algún ángel de la muere llegara para arrebatarme de este mundo cruel y sin motivo.

– Vaya, ya despertaste – escuché de pronto una voz que me descubría con vida – es hora de levantarte. Ya estás mejor.

Sonaba a una voz dulce, casi entrañable, como el recuerdo de mi madre, como la mañana de verano el primer día de vacaciones cuando estaba en la escuela. ¿Quién podría ser? Quería descubrirlo pero no me apetecía abrir los ojos. De nuevo me dijo algo pero no pude distinguir que fue lo que dijo. Su voz rebotaba en mi cabeza como un susurro; un canto melodioso que, sin poder evitarlo, me hacía sonreír.

– así que aun puedes sonreír, eso me parece bien – se escuchaba alegre también – está bien, si no quieres levantarte te dejare estar ahí unos minutos más, pero creo que te hará bien comer algo.

De nuevo el silencio apareció. Me había dejado aquella voz. Sentí un aroma a flores, a mañana, a primavera. La luz tenue del sol tocaba mi cuerpo y me calentaba un poco. Pude oír la brisa y el bullicio de la calle. Escuchaba pasar de vez en vez el andar de un auto, el caminar de personas y la charla mañanera de la gente. Unas aves cantaban.

Abrí los ojos y pude ver donde estaba. Era una habitación pequeña, apretada y sin chiste. La ventaba que se encontraba un lado de la cama estaba abierta y con las cortinas recorridas. No había nada más que muebles algo antiguos, desgastados y un tanto llenos de polvo. La cama rechinaba cada vez que me movía. A un lado había un buró y encima de él un vaso con agua. Era de barro, con adornos pintorescos al borde. Tomé el vaso y sentí enseguida su frescura. Probé un sorbo y mi boca se llenó de agua limpia, refrescante y satisfactoria. El olor del vaso era fuerte pero agradable, y hacía sentir que el agua tenía un leve sabor a barro. La bebí toda y la sed que no sabía que tenía desapareció.

En seguida me puse los zapatos, me revisé el golpe en un espejo que estaba en la habitación y busque la salida. Me asomé por la puerta y no vi a nadie. Caminé despacio, sin hacer ruido, hurgando para descubrir la salida a la calle. Anduve con cautela, y por fin, me topé con unas escaleras. La casa se iluminó un poco y pude ver el piso de tablero de ajedrez en blanco y rojo. Bajé los escalones apoyando mi mano sobre la baranda de metal. Los escalones eran altos y disparejos; costaba poder bajarlos con agilidad. Al llegar abajo vi una puerta abierta. De ella salía un olor riquísimo. Me asomé y miré a una anciana haciendo de comer afanosamente, muy diestra y concentrada en su quehacer. En la habitación estaban la cocina y el comedor juntos. Tenía, al igual que en el cuarto, unos muebles antiguos, rústicos y toscos. La pared estaba pintada de un color rosa mexicano muy llamativo y la cocina estaba hecha de cemento y azulejo. Había figura encima del refrigerador y, al contrario de la habitación de arriba, estaba lleno de cosas, figuras, sartenes y trastes por todo el lugar. La mesa del comedor era de madera vieja y las sillas eran de metal y plástico. No hacían juego entre sí. La mesa estaba cubierta por un mantel tejido hecho a mano y bastantes pintoresco, y sobre él, un hule protegiéndolo.

La viejita seguía en sus cosas y no se percató de mi presencia. A la mesa estaba una niña pequeña esperando el momento de poder llevarse algo a la boca. Se veía tierna y simpática, muy obediente y callada. Ellas sí notó que me asomé, y en el instante que iba hablar, le hice una seña de silencio. Jugueteado me arremedó y se quedó callada. Giré mi cabeza y busque la salida. Justo delante de mí, había una puerta que daba a la calle, la cual, sería mi acceso al mundo exterior. La puerta era metálica y pesada, con vidrios opacos que apenas dejaban entrar la luz de sol matutino.

Caminé hacía ella y, cuando posaba mi manos sobre la chapa, una voz alcanzó mi oído.

-¿Te vas tan pronto? – Me sorprendió la voz dulce que me había despertado- ¿No quieres desayunar?

Sobrecogido me sentí descubierto, un tanto apenado me volteé y por fin pude ver a la figura de la dulce voz: era joven linda y simpática. Una sonrisa la acompañaba y unos ojos luminosos complementaban su faz.

-Te agarré queriendo escapar. Será mejor que entres, mi madre ya te espera. – me dijo mientras hacía ademanes con las manos y hacía gesticulaciones. Fascinante era aquella linda señorita.

-No quiero causar más molestias, gracias- dije tímidamente

-De ninguna manera es molestia, por lo menos quédate para que prueba las tortillas que mi mamá hizo, estoy segura que le encantarán. – insistió sonrientemente

Accedí a regañadientes, y nos dirigimos al comedor. Entramos. La señora nos miró muy rápidamente y se voltio de nuevo sin hacer ningún comentario. La niña seguía esperando y solo se limitó a seguir sonriendo. Nadie dijo una sola palabra durante un rato, pero no sentí en ningún momento incomodidad. La joven empezó a traer todo lo necesario para comer. Puso a la mesa servilletas, salero, salsas, crema, una jarra de agua de limón, platos y cubiertos. Todo era muy rudimentario y florido. Se paró y me sirvió un huevo con frijoles y, al centro, puso las tortillas recién hechas. Ella se sirvió también. Yo esperé a que le sirvieran a la niña para comer, pero la chica me invitó a empezar.

– No esperamos a que ella también coma – le dije

– No te preocupes, ya comerá – me dijo sonriendo de nuevo. Después hizo una breve pausa y siguió diciéndome – haz de disculpa a mi madre, ella siempre tiene trabajo, así que no nos acompañara a comer. – yo solo asentí con la cabeza.

Comimos en silenció y concentrados afanosamente en el desayuno. La comida tenía muy buen sabor, muy natural, fuerte y llenaba todo el paladar. De vez en vez volteaba a ver a la chica que me veía de reojo. Acabó de comer muy rápido, levantó su plato y se sentó de nuevo a la mesa.

– ¿Cómo te llamas? – me lanzó la primer pregunta, pero no pude responder… no recordaba mi nombre

– no sé – fue lo único que dije haciendo un gesto de extrañeza.

– no te preocupes, es normal que después de semejante golpe te hayas olvidado de varias cosas. – de nuevo con su sonrisa. – cuando era pequeña y mi mamá me llevaba al campo sufrí varias caída; una vez, en una de esas, me golpeé tan fuerte que se me olvidó todo durante tres días – y lanzó una suave carcajada, linda y tenue – no eres muy platicador ¿verdad?

– Disculpa, soy algo tímido, no suelo hablar mucho.

– Está bien. No te preocupes, solo que hace mucho que no hablo con nadie que tengo ganas de contarte todo. – y esta vez, una mirada diferente se asomó entre sus ojos – pero creo que soy demasiado confianzuda.

-está bien, no hablo mucho, pero sé escuchar muy bien. – y guardé silencio mientras me llevaba el ultimo bocado a la boca

– no recuerdas nada ¿verdad?

– solo muy pocas cosas. Anoche fue terrible para mí; me dejó mi esposa – le dije con resignación.

– lo siento… en verdad es terrible.

-¿sabes qué es lo extraño? que recuerdo muy pocas cosas. Solo llegan a mi cabeza ciertas imágenes, como sus labios cuando se despedía de mí, pero no recuerdo su voz. Solo veo sus labios, y su falda al irse. Recuerdo sus zapatos altos, su figura esbelta y estirada, su piel clara y su cabello largo y negro, recuerdo sus manos elegantes posándose sobre la perilla de la puerta. Recuerdo su nombre, pero nada más. Todo es difuso y confuso. Después de que se fue salí desesperado pues la casa me asfixiaba; me sentía abrumado con la situación. Eso es lo que más recuerdo, la tristeza y desesperación del momento.

Me escuchó atentamente, con unos ojos serenos y unas manos inquietas. Me miraba con ternura y seriedad. Sus ojos se posaron firmemente en mí, sin perder detalle de mi plática. Nada era más trascendente en ese instante que lo que tuviera que decir; nunca me había sentido tan importante en la vida.

-solo siento dolor, tristeza, angustia y desesperación. No hay otra cosa – mis ojos se volvieron cristalinos y me sentí muy apenado. – debo irme. ¡Gracias por la comida!

Me levante sin más y me dirigí a la puerta. No podía verla de nuevo a los ojos, pues sentía mucha vergüenza de estar contando mi historia de fracaso, aunque quería contarle todo.

Abrí la puerta y la luz del medio día entró de lleno, azotando con su resplandor a mis ojos que reaccionaron cerrándose. Levante mi mano a la altura de la cara para taparme del sol, pero ya era tarde, me había deslumbrado. Poco a poco se fue aclarando mi visión y pude ver las calles atestadas de personas deambulando sin rumbo. Caminaban sin voltearse a ver unas a otras, solo concentradas en ellas mismas. Cada uno iba solo, en ese túmulo de gentío. Solos en la multitud. Nadie habla con nadie, solo hablaban consigo mismos.

Me dispuse a salir pero no sabía hacia dónde dirigirme. De pronto una realidad pasmosa me llegó con brusquedad: no recordaba en dónde vivía. De nuevo estaba perdido en el mundo. La joven se acercó a mí y puso uno de sus manos sobre mi hombro

– No recuerdas dónde vives ¿cierto? – me dijo como para darme a entender que me comprendía.

– No, no lo recuerdo.

Pasamos de nuevo a la casa y me dirigió hacia las escaleras. Yo estaba azorado, intentando recordar algo más que la noche de ayer, pero no llegaba a mí nada. Gire mi cabeza y vi a la anciana metida en sus quehaceres de cocina y la niña sentada en el comedor. Ella mi vio de nuevo y sonrió. La chica me llevó al cuarto dónde había despertado y me sentó en la cama. Parecía yo un niño indefenso y asustado.

– Trata de descansar, si puedes, duerme un rato. Mañana será otro día y verás cómo vas recuperando la memoria.

De nuevo solo asentí con la cabeza y me recosté.

-¿Cómo te llamas? – pregunté

– Alejandra – después de escuchar su nombre me quedé dormido al instante

Me despertó el recuerdo de unos zapatos de tacón color guinda, que andaban firmes y poderosos bajo una falda color azul marino. Caminaban despacio, cadenciosamente. Eran elegantes, estéticos, con líneas suaves y la punta en forma de pico. Le calzaban tan bien y elevaba su postura gallardamente que la hacía parecer una dama de la realeza, una duquesa distinguida; Magdalena los usaba frecuentemente. Se veía increíble, hermosa, altiva. En mi mente se dibuja su silueta enmarcada con esos zapatos. Los escuchaba en mi cabeza, retumbando entre mis tímpanos. Se oían cada vez más y más fuerte; llegué a pensar que se detenían atrás de la puerta, pero solo era el recuerdo abrumador de Magdalena.

Era media noche y la luna estaba inmensa, Pletórica. Iluminaba la habitación como si fuera de día, solo que en un tono azul brumoso. Esta vez no me sentía perdido, sabía perfectamente donde estaba: en la habitación pequeña de una casa que no conocía, pero que me servía de refugio.

Me levante un poco sudoroso, ausente, pensando en aquellos zapatos que había visto por última vez la noche anterior, cuando ella estaba marchándose de mi vida. Los recordaba muy bien, pero no podía recordar el rostro de Magdalena. Podía ver su silueta de espaldas, su cabello largo y oscuro, su falda que caía sublime sobre sus caderas y llegaba hasta sus tobillos; veía sus manos, sus brazos, y podía oler su delicado perfume a flores; recordaba sus labios rojos, pero no podía ver su rostro.

Recordar esos zapatos me trajo de nuevo a la desdicha, a lo que había huido una noche antes. Nada parecía existir fuera de aquella noche, haciéndome resaltar el dolor que ahora llegaba de nuevo, aun ahí, al amparo de mi nuevo hogar. Sentía de nuevo el hundimiento en al pecho y el ansia de salir corriendo, de perderme en la nada y olvidarme de mi pesar, pero no me había funcionado bastante bien la última vez, así que me quedé ahí, intentando pensar en otra cosa, como la hermosa sonrisa de la chica que me hospedaba: Alejandra. Imaginaba muchas cosas de ella; el no saber nada al respecto de su vida me ayudaba, pues me permitía crear una historia para ella, como su edad, pues aunque su rostro era joven y tenía una actitud simpática y desenfadada, su voz advertía la seriedad de alguien mayor. Parecía no concordar una cosa con la otra, su voz era suya, sin duda, pero con más experiencia, con más heridas que las que se muestran en su rostro de chica linda.

Pensé toda la noche en Alejandra, en su cuerpo esbelto, en su sonrisa de niña tierna, en los hoyuelos junto a su boca de labios delgados, en sus ojos que provocaban querer amarla para siempre. No conocía nada de ella y lo imaginaba todo. Cuántas preguntas y cuántas historias faltaban por saber, pero mi mente llenó todos esos huecos con historias fantásticas de amor y de aventura, con realidades alternas y pensamientos mágicos. Así fue, hasta ver de nuevo salir el sol por la ventana y escuchar el bullicio de la gente afuera, en el mundo real.

Me había salvado de nuevo; una noche había pasado y el dolor que parecía tan trágico hace unas horas se había disuelto en el recuerdo de una ilusión. Tal vez había esperanza para mi vida, para recuperarme de una terrible pérdida. Había llegado rápido, bajo la exuberante alegría de unos ojos risueños y una sonrisa contagiosa.

Me levanté dispuesto a salir de ese lugar y enfrentarme a mi pasado, a mi desventura y recobrar mi memoria. Me puse al espejo para ver de nuevo la herida en la frente que parecía haber sanado casi del todo, por lo que me quité el vendaje. Mi rostro había cambiado, estaba más pálido, pero parecía haber rejuvenecido, a diferencia del día anterior, cuando tenía la cara rota; una angustia de lo desconocido y el fantasma del recuerdo sobre mis hombros. Ahora, frente a mí, me podía reconocer diferente, con una ilusión y con la decisión de no olvidar la pérdida de Magdalena, sino con la determinación de aceptar lo que había sucedido una noche anterior.

Bajé las escaleras y me asomé de nuevo a la cocina para buscar Alejandra y agradecerle por haberme recibido, para despedirme de ella y para saber si podría volver a buscarla otro día. Solo estaban la anciana, que seguía afanosamente cocinando, y la niña, que, de nuevo, estaba esperando que le sirvieran de comer. Saludé a la chiquilla con un gesto y ella me respondió de igual manera. La observé mejor y pude ver que en realidad no se parecía a Alejandra: ella tenía unas facciones orientales, una tez más pálida y el cabello lacio. Alejandra en cambio tenía una piel morena y el cabello crespo. Voltee a ver a la señora y la saludé, pero no hubo respuesta. La señora estaba inmersa en su quehacer, concentrada en preparar la comida para el día. A pesar de la edad que aparentaba, en su rostro se notaba mucha vitalidad, aunque su cuerpo ya estaba quebrado y doblado hacia adelante, aun así, no había perdido la voluntad de servir a otros.

– ¿me buscabas? – Alejandra me sorprendió de nuevo por la espalda.

– Si, quería darte las gracias. Al fin creo recordar como regresar a casa. – Le sonreí amablemente y le miré con ternura –Dale las gracias a tu mamá por mí, lo quise hacer personalmente pero creo que no me escuchó. – me miró extrañamente y me asintió con la cabeza

– Te acompaño a la puerta – me dijo al fin – creo que aun estas un tanto afectado por el golpe… ¿no quieres que te acompañe?

– Te lo agradezco mucho, pero ya has hecho suficiente por mí.

– Nada de eso, me dio gusto conocerte – y sonrió… sonrió de nuevo para mí.

– Cuando me encontraron ¿no tenía alguna cartera, alguna identificación o algo en mis bolsillos? – le inquirí

– oh, es verdad. Espera – y salió corriendo cual chiquilla. Se metió a una habitación y en seguida regresó presurosa. – Solo encontramos esto – y me entregó unas llaves. – no había nada más.

– ¡Muchas gracias! – fue lo único que atiné a decir

Abrí la puerta; de nuevo me deslumbraba la luz del sol, pero esta vez estaba preparado y cerré los ojos un instante antes, así que el impacto no fue tan cebero. Sonreí un poco y, antes de dar el primer paso afuera, me giré para ver a Alejandra.

– ¿Puedo volver otro día a visitarte? – dije con nerviosismo

– Con gusto te recibiré. – Y sonrió – me has hecho compañía en esta casa tan vacía – ahora fui yo quien la miró con extrañeza.

– Nos vemos – dije y salí sin decir nada más.

Por fin salí de aquella casa que me era extraña y acogedora a la vez; fue breve el tiempo pero me sentí protegido de este mundo cruel, como aislado, muy íntimo conmigo mismo, ensimismado, y la compañía de Alejandra me ayudó para hacer frente a mi situación.

Regresé a las calles y, por largo rato, solo puse atención a mis pensamientos, que iban y venían de un lado a otro, de Alejandra a Magdalena, del pasado al presente, de un fantasma a la realidad. Así camine sin ver por dónde iba, y sin hacerle caso a las sombras y figura que transitaban por la calle junto a mí, que cada vez se hacían más tumultuosas, y aumentando el bullicio de las calles. Era un murmureo continuo, nefasto y ensordecedor. Me sacaba de mí y me hacía regresar al mundo; me forzó a poner atención a lo que había a mi alrededor… y entonces pude verlo, algo tan extraño que por un momento pensé que seguía dormido en aquél cuarto que una vez fue mi refugio: la gente a mí al redor parecía hecha de aire, de imágenes, de solo recuerdos. Pasaban unas sobre otras, sin chocar, fluyendo entre sí, como si no estuvieran ahí, solo la idea de lo que eran. Cada uno estaba solo, al igual que yo, abstraídos, dentro de sí, y nadie parecía notar a los demás; nadie se veía y nadie se escuchaba. Mi corazón se aceleró, comenzaba a hiperventilarme y a perder la conciencia. Me aparte fuera del rio de almas y me senté al borde de una ventana. Traté de calmarme y a tratar de tomar el control de mi respiración. Cerré los ojos y me concentré en respirar. Poco a poco deje de escuchar las voces murmurantes y los sonidos normales de las calles citadinas regresaban a mí. Abrí los ojos y todo parecía normal de nuevo; solo un momento de desvarío por el golpe en la cabeza.

Recuperé la compostura y me concentré en el presente, ya no más pensar en recuerdos o añorar aromas, por ahora solo confiar en mis sentidos, y percibirlo todo, en el aquí y ahora. Así que seguí mi camino y trataba de encontrar algo conocido, pero todo me parecía extrañamente nuevo, como si fuera la primera vez que pasaba por aquellas calles. Estaba en algún lugar céntrico, pues había muchos lugares comerciales, tienditas y fonda. La calle estaba cerrada a los vehiculos y había mucha algarabía. Yo parecía un fantasma en medio de la festividad de aquel lugar, pues contrataba mi apatía con la alegría de las personas. Las calles estaban adoquinadas, y había en el corredor banca y mesas, palapas y arbustos, artistas callejeros y vendedores ambulantes. Yo me sentía de nuevo perdido en un mundo desconocido, en unas calles ajenas a mi realidad. Las fachadas de las casas eran molestamente coloridas y la luz del sol me calaba en la piel. Caminaba dando tumbos y trastabillaba con las cosas. El regocijo de las personas empezaba a molestarme y las sonrisas se me encajaban en la cara como agujas; era un recordatorio estrepitoso de mi infelicidad. Había dejado mi refugio de soledad y conformidad y ahora me enfrentaba de nuevo ante la desdicha de mi vida y al confrontarse con la realidad del mundo me dejaba en desventaja.

Llegué a la plaza de la ciudad y la luz solar brillaba aún más. Mis ojos se cerraban con el reflejo enceguecedor del brillo astral. Me senté sobre la fuente en medio de la plaza para tomar un descanso; me abrumaba tanta luz. Una sed comenzaba aparecer y el calor se hacía presente. Tenía unas ganas inmensas de tomar el agua de la fuente que se veía fresca y transparente. Empezaba a sudar y la respiración se hizo lenta, pesada. Aparecían luces brillantes en medio de mi visión. Desde que salí de aquella casa parecía que todo era agobiante: el sonido, la luz, la gente, el aire, mis pensamientos, los recuerdos, las sensaciones y las ausencias.

Nada me parecía reconocible. Yo estaba como la noche en que la vida se terminó, cuando Magdalena me había dejado. Empecé a buscar entre la gente rostros conocidos, gestos que pudieran evocarme algún recuerdo, caras que me trajeran alguna sensación de vecindad, de empatía, de un lugar común. Todos eran ojos misteriosos, apagados, difusos y sin apego. Las manos eran irreconocibles y los andares sin simpatía. En verdad me sentía en otro mundo, en otro espacio, carente de pertenencia.

De pronto, como si el mundo fuera un lugar de coincidencias, un sonido me llamó la atención. Unos zapatos guindas de tacón retumbaban entre la banqueta que iban caminando con calma, poderosos, y su sonido entraba por mis oídos y retumbaba entre mi cabeza. Se escuchaban cada vez más y más fuertes, imponente andaban pasando entre la gente. Levanté la vista y vi esos labios trágicos que una vez fueron un placer, pero que ahora eran el recuerdo brutal de la miseria.

La vi, ahí, delante de mí, y el tiempo se hizo lento, y la observe: hermosa, majestuosa, inverosímil. Su cabello largo, suelto, bien peinado, enmarcando su rostro recio pero elegante; unos ojos increíblemente expresivos y una boca deseable, para morder y besar, para vivir de ella y de sus ideas. Alta, atlética, con unas piernas eternas, y una cadera para robarme el corazón. Nadie en el mundo es como ella y es una suerte que la haya encontrado, de nuevo, delante de mí. Se presentaba impactantemente. ¿Qué esperanzas podría tener yo, de conservarla? ¿Qué podría haber hecho para seguir a su lado? Ninguna, nada, no había forma de que pudiera conservar su corazón. Ella era majestuosa y yo un piltrafa de hombre.

Caminó hacia mí y me vio directo a los ojos… pero enseguida pasó; no fui nadie, no me vio, era nada. No hubo respuesta ni expresión, no cambio su andar, ni su gesto. Me sentí morir de nuevo, y nada tenía sentido otra vez. Giré la cabeza y la vi alejarse sin siquiera voltear. Fue terrible, fatal. El corazón se volvió a destruir y no había forma de recuperarlo de nuevo. Otra vez esos zapatos se volvieron intensos ante la tenuidad de la mujer de mis olvidos, y solo la silueta de su persona se desvanecía en el horizonte que se perdía.

Me desplomé sin ganas de levantarme nunca más. No había fuerza en mí. Todo el mundo se desapareció y me quedé sólo, bajo la oscuridad que de algún lado apareció. Fatídico día, trágica vida la mía que aparecía ente mis ojos, palmo a palmo, momento a momento y no había nada que pudiera recatar como valioso, salvo los instantes con Magdalena y que había desperdiciado. La había perdido y no había forma de recuperarla de nuevo, no tenía vida para hacerlo.

Una visión apareció frente a mí, como culmen de la revisión minuciosa de mi vida: yo había muerto la noche que Magdalena me dejó, en realidad mi vida había acabado y ahora solo era el despojo de mi recuerdo, el remanente de una persona, un fantasma.

La casa aquella era un refugio de almas en pena, un instante detenido en la eternidad de la vida, que se repetía una y otra vez, y que estábamos condenados, los que caíamos en ella, a permanecer ahí, como expiación de nuestra vida sufriente. Nadie nos percatábamos de nuestra muerte cíclica, no teníamos conciencia de haber fallecido, tal vez como una forma de escapar de una realidad, de no querer darnos cuenta de lo que habíamos perdido. De alguna forma pude salir de aquél lugar para enfrentarme a la infelicidad, pero es tan punzante y abrumadora que preferiría olvidar de nuevo, ser solo una bruma en el recuerdo de alguien, un fantasma en la cotidianidad del mundo

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