Robert Doisneau nunca deja de estar de actualidad, y más aún en este momento cuando se acaba de estrenar el documental Robert Doisneau, a través de la lente (Clémentine Deroudille, 2016) que podéis disfrutar en Filmin, y cuando la Fundación Canal de Madrid recoge, bajo el título Robert Doisneau. La belleza de lo cotidiano, una retrospectiva comisariada por las hijas del fotógrafo, que se puede disfrutar hasta el 8 de enero. Nos centramos en ésta última para extraer las claves de la carrera del artista y que también forman parte del recién estrenado documental.

La exposición es una selección exhaustiva de 110 fotografías, escogidas de entre los más de 400.000 negativos producidos por Doisneau a lo largo de su trayectoria. En este recorrido, se nos ofrece la oportunidad de acercarnos a algunas de sus fotografías más míticas pero también a otros periodos más desconocidos de su obra.

Autorretrato con Rolleiflex, 1947 © Robert Doisneau / GAMMA-RAPHO

Robert Doisneau es el autor de dos de las fotografías más reproducidas en el mundo, ambas incluidas en la exposición, Los panecillos de Picasso (1952) y El beso del hotel de Ville (1950) que, precisamente, no tiene nada de espontánea, puesto que era un encargo para la revista Life, y una de las fotografías que él mismo más odiaba. Pero reducir la extensísima carrera del artista a estas dos famosas fotografías o a la fotografía publicitaria, ámbito en el que destacó muchísimo pero en el que no disfrutaba demasiado, sería dejar de lado la esencia fundamental de uno de los nombres imprescindibles de la fotografía del siglo XX: Doisneau fue, ante todo, un maestro único de lo cotidiano, de hacer de lo corriente algo extraordinario.

Asomarse a las fotografías de Robert Doisneau es hacerlo a una ventana que da a las calles de París. Sus imágenes nos guían por la belleza de los detalles que él admiraba y que encontraba en cada gesto, en cada mirada.

“Hay días en los que el simple acto de mirar parece ser la verdadera felicidad” – Robert Doisneau-

Esa forma especial de observar lo que ocurría a su alrededor, forma parte de su ADN ya en sus inicios, a finales de los años 20, cuando después de estudiar grabado y litografía, decidió dedicarse profesionalmente a la fotografía. El año 1931 fue crucial, pues en esa fecha comenzó a trabajar en el estudio del fotógrafo y dibujante André Vigneau, y eso le abrió las puertas para conocer los trabajos de grandes artistas como Man Ray, por el que sintió una especial fascinación.

Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, Doisneau se unió a las filas del ejército francés. Durante este periodo y el de la posguerra, trabajó junto a Cartier-Bresson y Robert Capa en la agencia ADEP, convirtiéndose en cronista del sentimiento popular de la liberación francesa.

La novia en chez Gégène, 1946 © Atelier Robert Doisneau, 2016


Armado siempre con su Rolleiflex, capturaba esos instantes que nunca describió como reales, sino como soñados, el mundo que él quería ver estaba en su cámara. Doisneau buscaba siempre las emociones, y éstas prevalecían siempre por encima de cualquier otra cosa. Esto le llevaba a rechazar cualquier norma establecida, a no seguir ningún orden y a esperar que el azar, y mucho tiempo de observación, le devolvieran la imagen que había estado aguardando con una paciencia infinita.

“París es un teatro en el que se paga el asiento con el tiempo perdido. Yo me planto allí con mi pequeño rectángulo y espero”. – Robert Doisneau-

Sus imágenes, siempre centradas en la figura humana, lo que le convierte en uno de los máximos exponentes de la fotografía social, o humanista, además de belleza y mucha magia, también desprenden ternura, algo de melancolía y, en muchas ocasiones, incluso ironía. Y todas estas cualidades están presentes en todas sus instantáneas, las de las calles, los escaparates, las de niños en la escuela o jugando en la calle, los cafés, los selectos clubs sociales, las salas de espectáculos y la agitada vida nocturna de la ciudad. Él y su cámara fueron mucho más allá para traernos la magia que también encontró en las fábricas, en los barrios de la periferia, en los trabajadores que salían de la mina, en los pastores cuidando sus ovejas o en el trabajo de los artesanos de las regiones más pequeñas.

 La información escolar, París 1956 © Atelier Robert Doisneau, 2016


Gracias a esta exposición, también podemos explorar una parte menos conocida de su obra y en la que el blanco y negro desaparece para dejar paso al color. Doisneau sentía fascinación por el color, y lo exploró durante años, pero era muy caro trabajar con él. Sería en 1960 cuando realizaría su primera serie a color tomada en Palm Springs, en Los Ángeles, cuando su amigo Maurice Baquet le invitó a Nueva York, donde se encontraba en una gira teatral. Doisneau convirtió el viaje en un trabajo para la agencia Rapho, y realizó para ella un reportaje sobre la construcción de unos nuevos campos de golf en ese famoso complejo residencial de jubilados multimillonarios. Su estancia dio como resultado un Doisneau mucho más irónico y que, sin perder ni pizca de su esencia, sacaba a relucir su sentido del humor en unas fotografías que retrataban la artificialidad del lugar y de quienes allí residían.

 Piscina , 1960 © Atelier Robert Doisneau, 2016

“Me he divertido mucho a lo largo de mi vida construyendo mi pequeño teatro” – Robert Doisneau-

Quienes se acerquen tanto al documental como a la exposición encontrarán un paseo por la fotografía de Doisneau, por su vida, por sus retratos que cobran vida con sólo mirarlos y disfrutarán de las historias que este gran fotógrafo capturó para nosotros, haciéndolas inmortales.

Publicado en Cultura y ocio
Fuentes consultadas:
http://www.robert-doisneau.com/fr/
http://www.fundacioncanal.com/